El bien y el mal en la guerra

De pronto, aparece un ejército entre la niebla. Al frente, la mirada tersa y pronunciada del conquistador; sabe que el mapa por el que desfilan sus ejércitos ha sido escenario de numerosas batallas de la historia. Muchos otros, como él, abrazaron ese pensamiento de poseer lo que ningún hombre ha creado, lo que ninguno de nosotros puede decir que le pertenece. Sin embargo, la sangre se derrama, las mujeres lloran la pérdida de sus maridos e hijos, las naciones se unen en un gemido atronador; el rostro heroico de Europa se muda en asombro. Esos grandes hombres, cuya huella dejaron tan nítida en este mundo que hoy compartimos, acabaron muriendo sin honor. Porque la muerte pone fin a la gloria, pone fin al pensamiento, a la idea, y si existe el más allá, de nada habrá servido su intrusión en el curso de la historia.

Los que profesan aún esta edad viril, y les entusiasma la marcha acentuada de los tercios, el estruendo del hierro con que debaten las espadas, el bramido de los cañones, puede que contemplen serenamente sus severas imágenes. Mas luego, cuando fenece la temeridad por la evidencia de la derrota, cuando se hace patente la ruina de la patria, los mozos observan apáticos la entrada del poderoso y le dan la bienvenida envuelta en desprecio a las filas triunfadoras. A los combates, sigue la furia, el saqueo, la violación, el pavor de una ciudad sumida en el desasosiego y la indolencia; los invasores entran en las casas sin la menor cortesía, se llevan a las mujeres, injurian al pueblo vencido, hurtan lo que les es de provecho y luego se largan; si antes alguno era rico, a no ser que alquilase su alma al enemigo, se tornaba en pobre, aunque patriota; entonces, el lugareño miserable y trabajador, atribulado por la muerte de los suyos, se revela contra el mundo, abandona su casa derruida por las bombas, con lo justo para un día de viaje; bien se dedica al tránsito de caminos o a la resistencia poética.

Desde ese momento en que la ciudad roza la locura, surgen los nacionalismos, los ardores de venganza, las protestas, las reuniones clandestinas, los pleitos en las carreteras, los panfletos propagandísticos. La naturaleza provinciana se indigna soberanamente; y es por eso, que de la aparente derrota, surge un levantamiento, de la miserable debilidad, la fuerza del flaco orgullo. El descontrol de la rabia se hace obvio; la guerra estaba destinada a fracasar, el hombre mismo tenía ese sino. Porque durante la historia los hombres han querido algo, sin saber qué, sin saber de dónde vienen ni adónde van, sin saber qué pintan en este lienzo barroco; por lo común, queremos civilización, queremos democracia, y eso para nuestro entendimiento, se nos antoja un pensamiento bello. Pero si acaso supiéramos que la guerra no es más que un síntoma del hombre...

¡El hombre, ente ilustrado, perfecta razón venida de los confines del universo a poner orden en un planeta anárquico! Puede que la naturaleza, la materia, por sí misma, no haga daño a nadie; la materia hace siempre lo justo, pero no la idea. Existe la idea del pecado, o como se quiera llamarlo; y no es solamente una idea, sino una realidad. Si somos muy optimistas, pensaremos que el hombre aspira a algo bueno; pero, después de tantos siglos, después de tantas guerras, al final de tantos engaños, abundando los desastres naturales, la siega de nuestra mala siembra, empezamos a pensar: ¿cómo poder hacer lo bueno, siendo malos por naturaleza?

Ante una situación semejante, podemos ignorar lo que ocurre y seguir viviendo en podredumbre de ideas; otros, en algún grado de mayor nobleza, tratarán de huir del mundo. Todo el mundo debería huir del mundo, para encontrar algo que le pusiese remedio.
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