Un tsunami por año nuevo: reflexión sobre una catástrofe natural

Tsunami demuestra el poder de la naturaleza en Indonesia
Una desgracia acaba de pasar; un tsunami ha azotado las aguas del Océano Índico. Eso quisiéramos, que pasase de una vez para siempre, y habiendo removido la tierra y el mar como lo ha hecho, que hubiese pasado de perfil. Mas no se ha dado el caso. Este tsunami, maremoto, o como quiera se llame, convida al mundo a sentarse y reflexionar; ejerce tal influjo sobre la sensibilidad de muchos, que no basta con aprovechar la debacle para reunir asambleas, organizar debates y tratar de averiguar las causas lógicas de la catástrofe, sino que reposadamente acabamos cayendo derrotados en el sillón, impotentes, incapaces, sabiendo que a pesar de todos nuestros esfuerzos siempre habrá cierto grado de imprevisión que hará que todo se vaya al garete. Es el momento, pensamos, de poner en tela de juicio la invulnerabilidad de la primacía humana.

No quisiera parecer irrespetuoso con las víctimas de la guerra y el terrorismo; pero lo cierto es que hoy en día nos enfrentamos a una enemiga mayor; alguien que estaba aquí muchos siglos antes que nosotros y que continuará, sólo Dios sabe en qué forma, después de que el ser humano haya caído. Aquello que no toleramos de ningún modo entre los habitantes de la civilización -la masacre indiscriminada, el genocidio-, la Naturaleza no tiene escrúpulos en hacerlo sin el permiso de nadie: aniquilar países enteros es su sino. Desde que caímos en este mundo ruidoso, no han dejado de suceder desgracias; la situación es obvia, los elementos se rebelan de forma natural contra el orden de las cosas. Porque la naturaleza, lector, también es desorden.

Me pregunto si el hombre, engendro milagroso de la escala evolutiva, será capaz de acometer a tan inefables terroristas, escondidos en la atmósfera, debajo de la tierra, debajo de los mares. Las rimas de Shakespeare han conmovido a la humanidad durante siglos; sin embargo, el ligero contacto de las placas en el fondo del mar puede provocar lágrimas de mucha mayor envergadura. Es demasiado pronto para pasar de la supervivencia a la vivencia; aún no hemos vencido al universo físico; la civilización es sólo un pequeño lapsus del universo. La época de los cataclismos, a mayor o menor escala, continúa. Y moriremos.

Yo sé que no es momento de analizar si nos encontramos al borde de la decadencia humana, pero tal vez sacuda nuestras mentes obtusas si abrimos los ojos a lo que sin ninguna duda está ocurriendo, y a lo que no encontramos más que una mera razón sísmica. Bien nos decía Platón cuando dijo que los hombres somos prisioneros de esta gran cueva (el mundo) y que tan sólo vemos nuestras sombras, y por causa del fuego, los reflejos de lo que está fuera. A todo hemos hallado una explicación lógica para poner fin al muy desgastado mito; sin embargo, eso nos confina a este mundo irreconocible, del cual sólo el hombre, a falta de creer en su Autor, se considera dueño soberano.

Nada hemos arreglado, lector, estamos igual que antes; podemos eludir las causas espirituales y apocalípticas de estos sucesos, acusando que son fatalistas, hasta irracionales, y que no tienen la menor cabida en esta humanidad ilustrada y tan digna de conmiseración. Incurrimos en un grave error; ignorando las causas no se detiene el paso de la muerte. ¿Pues quién de nosotros puede dar una explicación a tales agravios de la tierra? Seamos honestos, en el más arcano fondo de nuestra mente, se nos dibuja la hipótesis de un castigo incognoscible atribuido a causas de fuerza mayor. En este avance escalonado de la raza humana, hemos dejado la fe enclavada en un peñasco de nuestra remota historia, para mermar nuestro conocimiento a la insulsez de ideas confusas que se diluyen en nuestra mente a modo de idea lógica.

Creo que deberíamos regresar a nuestro pasado; nunca hemos dejado de venerar a la Grecia clásica, ni a los romanos, ni a los filósofos cristianos, a los humanistas y reformados, a los ilustrados y a los inventores de utopías; sin embargo, no quisiéramos pasar otra vez por lo mismo. Nos horroriza la sola idea de que pueda haber algo de importancia en el estudio de lo viejo. Me pregunto, en estas horas tristes para la raza humana, si acaso ha servido de algo. No hemos aprovechado suficiente lo que nos enseñaban nuestros antiguos, y por ello, estamos destinados a fracasar. Su nombre fulgura cual una estrella en las páginas de nuestra historia, quizás sólo por su valor sentimental; pero tantos esfuerzos por desentrañar la mentalidad humana, tantos esfuerzos por posponer las guerras y disfrutar la paz, tantos años de sacrificio, tantas razones sacrificadas a pensar por alcanzar una vida más cómoda; tantas ciencias que hemos inventado; tan titánicas filosofías, tan recordadas letras, tan inmensas construcciones; las glorias, las artes, los nuevos placeres, las devastaciones, los saberes; todo aplastado. ¿De qué sirvió tanta cautela y enseñanza a lo largo de los siglos, si esta generación perversa ya no se acuerda de su historia?

Falso. Es cierto que se acuerda. Pero para hacer de ella exposiciones, debates, para clasificarla y criticarla, para endiosarla en lo más alto de la gloria sólo por ser de nosotros antecesora. Mas, ¿qué hemos aprendido? ¿de qué ha servido nuestra peregrinación por la vida? Yo veo al hombre, errar cual hijo bastardo por los paisajes de la vida, esmerándose por darle a todo un sentido, por formar un imperio que le ayude a sentirse seguro. Pero en su mente está marcado el recuerdo del Edén, el pináculo de su existencia; cuánto más ahora ese pináculo, del cual cree no estar muy seguro, se ha vuelto el colmo de su desvergüenza. Atiende a lo que digo, escudriñando las épocas pasadas, las fruiciones del presente y nuestro ineludible porvenir, creo que estábamos mejor en el paraíso.

Hoy nos hemos despertado tarde, como es costumbre a primero de año. Es ya un hábito en nosotros la vigilia del placer, un primordial sacramento. Ni siquiera te detienes a pensar que eres un ente afortunado. Has llegado vivo al 2005, pues el año anterior entre los seres humanos y la naturaleza hemos hecho estragos. Pronto se pondrá de moda esta frase: La naturaleza destruye el mundo y nosotros destruimos el resto. ¡Feliz 2005!
Siguiente
« Anterior
Antiguos