El día en el que el ser humano desaparezca de la tierra

tierra sin humanos
No lo ignoremos; un día el hombre desaparecerá de la tierra. Cuando hasta el último suspiro de esta humanidad se sosiegue, y no quede más en el mundo que melancolía y silencio, entonces, tal vez será momento de que hablemos. Brotará sólo un espíritu, y será desapacible; seremos el recuerdo de épocas postreras que intenten jugar como nosotros a ser dioses. Después de todo, dirá la Nada en el futuro, nuestro intento de existir no estuvo mal... Podrán nuestras ruinas apenas revelar a cuantos seres queden en este desolado desierto cuán miserables fuimos en materia de justicia, cuán desalmados entre la familia, cuán descomedidos en el disfrute de las pasiones; descubriremos a nuestros sucesores, en ese aire sacro que se antoja quimera, la leyenda de nuestra caída. Cuando el ser racional que estos mundos habite se detenga y reflexione un instante, pensará que estos hombres no son más que engendro clásico de su imaginación fina, y sus filósofos negarán nuestra presencia pretérita.

Algo parecido hemos hecho nosotros; todo transcurre antes y después del ser humano. Mal nos citó Protágoras cuando dijo que el hombre es la medida de todas las cosas... Más bien son las cosas las que miden al hombre, las que lo satirizan desde su indudable entelequia, murmurando de él en su tonillo más burlón «Pobre majadero, aún no tiene idea de nada». Los grupillos se abrirán a su paso, precisas miradas de la más postrema elocuencia le recriminarán «¿Qué has hecho?» A lo cual difícilmente responderemos, cuánto más si nos preguntaran el porqué... Y, en cierto modo, es cierto. Somos los únicos, en este sutilísimo cosmos, que tenemos afán de conocer, y la propia naturaleza humana impele un poco más de sentido común a la hora de clasificar nuestra existencia.

Desde el primer chispazo de la vida, han dejado sus huellas por esta tierra hombres y mujeres, errantes, manicortos, peregrinos, hasta ingenuos excursionistas que vienen para pasar el rato... Podríamos describir a cada hombre, a cada sujeto que ha colaborado en este imperio de los seres humanos. Con todo, si nos esmeramos en esta obsesión, aun alardearemos de nuestros inventos, de nuestras excelsas artes, de nuestras letras de oro, de nuestros polvorientos manuscritos de filosofía... ¿para qué ha servido? ¿quién necesitaba la evolución? ¿no habríamos sido mejor simples animales sin prejuicios ni conciencia? Pero las glorias de unos y de otros se separan, también las nubes blancas y humildes, dejando al sol alumbrar la tierra, como silencioso testigo de nuestras malas obras, como la furtiva pupila del ojo de Dios.
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