Para qué sirve la filosofía política

Queridos lectores, me temo que estemos viviendo una época que ni las más sagaces mentes ni los más brillantes intelectos de la historia hayan podido sospechar ni por asomo. Hemos escalado una cima común, inspirándonos en la utopía que abriga todo ser humano; mas ahora me atrevo a pensar que si Voltaire o Rousseau levantaran la cabeza, no alcanzarían a comprender cómo sus futuros descendientes hayan podido convertir su etérea locura existencial en una horripilante ciencia de la vida.

Pienso que si los muertos pudieran hablar, más de un ingenuo botarate de los que hoy por hoy manejan el gobierno se iría a acostar bastante mosqueado; alguno medianamente docto en la materia consultaría con la almohada: «¿No nos habremos equivocado al seguir el camino trazado por Marx? Y si no nos hemos equivocado, es que Karl Marx deliraba, y creía puerilmente en el puro afecto de los seres humanos y el trabajo colectivo». Sea un verdadero trasnochado o un pensador político con dos dedos de frente, ciertamente su sueño será apacible, dormirá pensando que no es su responsabilidad convertir el mundo en un lugar habitable. Y lo mismo pensará el capitalista acérrimo, si es que aún raya la dignidad. Porque aunque el mundo no siga igual dentro de veinte años, el ser humano siempre será el mismo: un ente empeñado en constituir como dogma la locura, y en hacer alarde de todas las necedades, disparates y majaderías que hacen de sí mismo un sujeto prosaico; lo antiguo queda antiguo, y lo moderno...

«¡Pero acuéstate, hombre de Dios! Vuelve a tu choza». Esa visión lastimera del mundo presente, que encierra la historia en la misma evidencia, hace que unos hombres sabios y taciturnos caminen por el mundo sin que se les conozca, en silencio, sin haber hecho nada relevante para todos, pero sí muy notable para su ego; piensa que hace suficiente contemplando el sol, cosa que los atareados secretarios de Estado, por más que se esfuercen en que nuestro oficio se amplíe a dicha visión gloriosa, no han visto, ni han sentido, ni creo que saben siquiera lo que es; piensa que si el mundo llega a ser algún un día un lugar decente, el propio agotamiento de las inteligencias humanas se mermará hasta tal grado, que jamás seremos capaces de apreciarlo. Él, en cambio, acepta desde el principio su fugacidad, que su cuerpo está destinado para siempre a ocupar un cómodo alojamiento en un pequeño huerto, apacible y melancólico; y si hay otra vida, se esfuerza en obtenerla, antes que dejar sobre esta tierra sangre, sudor y lágrimas para que sus bisnietos ya no guarden su memoria, y sus acrisoladas e infinitesimales teorías, las cambien por cosa trivial, según se les antoje, que es lo que sucede a lo largo del tiempo con todo, considerando la sutileza que los hombres nos damos para ello.

Pero, en el fondo, todos han hecho algo noble, hasta sin proponérselo. ¡Quien dijera al sufriente don Miguel de Cervantes que sería largamente recordado! No, nosotros no le recordamos, pero el mundo sí evoca su memoria, añora los días en que anduvo por esta misma tierra de España, cuyo aspecto actual manifiesta el desgaste de las piedras, la afonía de sus iglesias seculares, de sus lienzos renombrados, que parece que nos miran con impertinencia. No quisiera pasar a la historia como una mirada amarga, aunque por el paso del tiempo desteñida y venerada, que se sabe incapaz de hacer entender a los hombres el dolor del aguijón en que dejó clavada su esperanza. Y por más que nos inspiren nobleza, magnificencia y bizarría, esos cuadros de la historia, para siempre inmóviles, son reflejo de toda la obstinación humana en querer reparar lo irreparable. ¿Qué ha quedado? Belleza, Historia, una belleza que subyace en lo más profundo de la tierra, una historia cuya eterna reiteración brinca con furtiva melancolía, de unas bocas a otras, incapaces de paladear su agridulce.

Creo no pecar en el más hondo existencialismo, pero analizando presente, pasado y futuro, sólo saco esta conclusión: la mejor política es la de saber que nada podemos hacer, y que si lo hacemos, peor.
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