Visita a Castalla, pueblo alicantino


En los inicios de la primavera, he tenido la oportunidad, yo, invariable escritor, de visitar un pueblo cercano. Un pueblo del que muchos me hablan y me fuerzan a visitar, pero que curiosamente al perpetrar yo en él no encuentro ninguna cara conocida. He redimido un momento para soltar el lápiz y echarme a andar por sus ancestrales callejas, sus taciturnas iglesias, confiando en que mi compañera la austeridad no se viera infamada por la temprana salida de nuestro tálamo. Esperaba que nos hiciéramos compañía mutuamente, y que el anómalo vagabundeo valiera la pena... Y ahora que puedo hablar, lejos de todo prejuicio y después de haber gozado de mi actividad analítica, le recomiendo a usted el pueblo de Castalla sin reparos.

No hay más que subir por la empinada cuesta hasta la plaza de San Antonio, donde usted podrá encontrar a algún que otro coleccionista, natural de Alicante, tal vez un maestro pintor que trasladó su estudio de la capital, o un joven escritor, que frustrado por el veloz paso del tiempo en la urbe, acude adonde el aire es inveterado y la vista evocadora. No se sorprenda usted, señor, si al sentarse cómodamente en un poyo de piedra a contemplar el pueblo desde lo alto, le interrumpe un lánguido ladrido de perros, pues considero que es voz necesaria de esas calles vetustas y tortuosas, la única voz que sustituye a los afónicos muros, que si pudieran hablar, gruesas hazañas y milagros nos contaran.

Desde lo alto se observa un cúmulo de casitas pretéritas y destartaladas, que se dijera que las han abandonado. No obstante, no ofenden a la vista del visitante más que ese polígono industrial, anacronismo inequívoco, un poco más allá de la torre de la iglesia, que da comienzo a la región urbanizada. De repente, tañe una campana inmemorial. Es la campana de la iglesia, que se escucha en la plaza. Algún optimista presumiera que aquel tañido inquebrantable haría surgir de sus moradas a los habitantes de Castalla, pero, curiosamente, permanecen en sus hogares. Lo que sí se puede apreciar es, si no su cuerpo visible, sí esa presencia provinciana fundida en el humo prosaico de las chimeneas, ventanas furtivas que se cierran al pasar, lejano trote de caballos, abajo, en el pueblo. Si tropezamos, por fortuna, con algún extraño, siempre sentado, descubriremos que no habla nuestro idioma. En Castalla sólo se dejan ver solitarios turistas, andariegos soñadores, todos preguntándose dónde está esto o aquello, pero en diferentes idiomas. No obstante, por ese común sentimiento de singularidad, cualquiera que pasee por la calle Mayor, o quizás emprenda el vía crucis hasta el castillo, si encuentra en el camino una cara humana, la saluda. Al que viene por primera vez al pueblo le suele resultar gracioso que ninguno de cuantos semejantes halla ose confesarse habitual vecino de Castalla... Uno empieza a preguntarse: ¿qué habrá sido de ellos?

Cuando se nos presenta un noble galgo, cuyo amo lo ha abandonado por una de esas calles desiertas, nuestro primer impulso es huir a la voz de sus ladridos. Recordamos esa voz mostrenca de los pueblos; los perros que ladran de noche... Nos preguntamos si querrá decirnos algo. «¿Cómo soportas esta vida de perro, compadre?» pienso, clavados los ojos en el escrupuloso mastín, no aguardando una respuesta concreta. Se percibe en sus ojos la melancolía; el pobre no puede hacer nada sino ladrar, perseguir miradas extrañas, despertarse de mañana para ir en busca del propio sustento, del propio cariño, de encontrar doquiera un amo al que lamerle los ojos. No conoce más que a los extranjeros, a los hostiles, no discierne a los hombres de ahora de aquellos pretéritos cristianos que asaltaban la fortaleza. Sí, sin duda, aún contempla las inveteradas almenas al sol, aún los viejos muros parcialmente derruidos. El tiempo no transcurre para estos formidables muros, tampoco para los perros...
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