Una reflexión entre macabra y razonable

Y ahora que hemos acabado de hablar de política, de sus cuestiones y derivadas, de las utopías y los sucintos ideales que las componen, qué les parece si hablamos de algo más serio. Yo apruebo más que nadie todos los esfuerzos que se hagan por tener un mundo mejor, y ello lo observo en los resultados, juzgando así si el método es bueno o malo, o si es quizás el ente lo que falla; pero creo con toda sinceridad que no hay nada más pedante que una mirada humana ni nada más complejo que una de sus innumerables teorías. ¡En fin, no voy a ponerme ahora a describirlas ni a decir de qué pie cojean! Lo cierto es que yo tenía una idea, que desde hace tiempo bullía en mi mente, sin yo haberlo notado; una pequeña y pasajera reflexión, nada importante.

Todo empieza con el ser humano (ya me entienden, ese ser errante, narigudo, de pequeños ojos negros y huraños, de modales en ocasiones exquisitos y la mayoría de las veces en nada diferentes al común comportamiento animal). Pues, bueno, resulta que ese ser inteligente, noble, orgulloso, que con el hierro forja espadas para la guerra y con el oro preciosas joyas como pretexto, llega un día a la suprema conclusión de que el rey es un demonio, eso es, un verdadero demonio que esclaviza a sus súbditos y los hace padecer los peores males como fruto de su locura. ¿Qué hizo el ilustrado, o mejor dicho, ese populacho ramplón, analfabeto y chabacano? Echarse a las trincheras, asaltar la Bastilla, hacer rodar unas cuantas cabezas, deleitar a la humanidad una vez más con el excitante brillo de la sangre... «¡Sabia decisión! Era necesario todo esto para derrocar la monarquía absoluta, para conseguir nuestros derechos y libertades.» Lo indudable es que esa magnífica y gloriosa Revolución sólo trajo más estúpidas guerras en la encrucijada de Europa, incitar en el vientre de un pobre general el hambre soberbia y venerable de extender por toda Europa los ideales franceses, el sufragio universal, y liberar a los pobres y desgraciados campesinos de las manos de sus explotadores. «Muy bien, ya lo hemos conseguido; con el transcurso de los siglos, Europa goza de todas las bendiciones de la libertad».

Pero ahí no acaba la historia; llegó uno de esos hombres iluminados, que se llama Karl Marx, el cual pone las cartas sobre la mesa. Tras un minucioso estudio de la historia, llega a la conclusión de que el proletariado ha de poner fin a la lucha de clases, que había ido repitiéndose desde que nació el mundo. «¡Soberbio! ¡Maravilloso! La Revolución Francesa sólo fue el primer paso; el problema de ahora es que hay que echar a esos aburguesados millonarios de sus palcos del teatro, despojar a sus pomposas mujeres de sus abrigos de visón, etcétera, etcétera, etcétera.» Y el inmortal Lenin, muy juiciosamente, pone por obra la sacra doctrina que habría de solucionar el mundo. No obstante, parece ser que sus doctos sucesores no lo hicieron tan bien: la doctrina marxista se vino abajo, la U.R.S.S. desapareció de la faz de la tierra para nunca más volver a aparecer. Bueno, no pasa nada, cualquiera puede tener un error; nada, nada, a revisar las doctrinas marxistas se ha dicho. «¡La sabiduría humana no conoce límites!».

Y todo eso nada más que en el siglo XX, ahora tan sólo es agua pasada; la historia nunca se volverá a repetir porque la conocemos bien. ¡Ahí es adonde yo quería llegar, por cierto! Nos sabemos muy bien la historia de nuestros padres, pero no tenemos ni la más remota idea de los problemas que zarandean la actualidad. Indudablemente, el ser humano es un ente que vive con retraso: los hijos se dedican a arreglar las barbaridades de sus padres, haciendo nuevas barbaridades que habrán de solucionar sus hijos. En medio del supremo caos reinante en nuestra sociedad surgen nuevos ideales; ahora es la Unión Europea. Y yo me pregunto, si es que conseguimos poner fin a todas las injusticias sociales, a todas las dictaduras, creando sobre las ruinas de nuestros padres un nuevo templo, ¿qué nuevo error cometeremos?. La historia de la humanidad, siendo sinceros, nada tiene que ver con esto. Es la historia del ser humano; después de todo, ¿qué es el mundo? Nada, sólo un conjunto de seres vivientes que dejan su huella en esta tierra encantada pero que se marcharán tan rápido que su memoria no quedará en la mente de nadie. Todos estamos sujetos a los mismos males, a los mismos problemas, la vida está a la orden del día. ¿Cuándo será que los seres humanos digan: ¡ya basta! ¡Hemos arreglado el mundo!? ¿De verdad quedará alguien vivo que lo pueda disfrutar, quizás nuestros descendientes? Claro, resulta ridículo pensar así; resulta ridículo, pero no hay nada más cierto. Después de todo, habrá que hacer algo en este mundo mientras estamos. Al que con veinte años se vaya a la tumba para esperar la hora de su muerte, de puro consciente que algún día habrá de morir y que nada de lo que haga le servirá en la otra vida, lo desdeñamos con la mirada. Enseguida salen esas potentes voces filosóficas que se lucen en mitad del discurso, pero que no entienden nada de lo que dicen; no están a la altura de tan inmenso pensamiento.

Ciertamente, no apruebo que debamos cruzarnos de brazos a esperar a que el cielo caiga sobre nosotros. Pero sí plantearnos hasta qué punto el orgullo ha engrosado nuestra sabiduría hasta convertirla en monstruosa locura, y de qué suerte nos vemos impedidos por él a no hacer nada más que arreglar unas cosas para estropear a otras. Al que se lo dijeran se moriría de risa, y más si es una mente obtusa del siglo XII. «Sí, es cierto, despreciamos vuestra rigidez religiosa, no obstante, nosotros maltratamos a nuestras mujeres, asesinamos a los niños antes de que nazcan, hacemos desaparecer a los ancianos cuando ya no sirven para nada, mientras cada uno corre en busca de lo suyo, de su felicidad utópica, que se nos antoja con orgullo la misma que buscaba el viejo Aristóteles»

Pongamos por ejemplo a la Santa Inquisición, cuya polémica ha significado importantes críticas contra la Iglesia. Ciertamente, después de muchos años, el ser humano ha conseguido abolirla, y reducir ese tribunal supuestamente cristiano a memoria tan baja y despreciable que con seguridad ninguno de nuestros contemporáneos la defiende. Pero lo más ruin y despreciable, no me canso de decirlo, no es que hayamos conseguido quitarles los hábitos negros a cuatro sádicos inquisidores, sino que ahora nos podamos cruzar con esos inquisidores por la misma calle. Porque el verdadero problema no es la Iglesia, ni la política, ni nada de esto, sino el ser humano mismo. Y vuelvo a insistir, no ya sólo elementos como la Inquisición, sino la guerra, la violencia de género, la discriminación de la mujer, la discriminación racial, el despotismo, la barbarie, la insolidaridad y yo qué sé más animaladas humanas, que conducen seriamente a nuestra raza hacia la destrucción.

En fin, no digo más; sólo quiero disculparme por utilizar la ironía en algo tan macabro como el transcurso de la vida humana, pero si lo hago es para que nos animemos a reflexionar, y que la opulencia y grandiosidad del mundo que hemos construido no vende los ojos de la Razón como ya hemos vendado nosotros los de la Justicia.
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1 comentarios:

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Anónimo
admin
03:12 ×

El Presidente del Colegio Público de Abogados de Buenos Aires, Jorge Gabriel Rizzo se declaró “nazi” y lo demostró en la última asamblea de delegados. De los que lo avalaron, ya no le queda nadie, salvo unos pocos y algunos acomodados. Tendrían que dar explicaciones sus más allegados y obsecuentes: Santiago Montaña, Eugenio Cozzi, Ricardo Nissen, Daniel Fábregas, Enrique Marega, Laura Calogero, Ricardo Monner Sanz, Luis Marras (h), Julio Decoud (h). Los tres primeros ocupan cargos de importancia en los Consejos de la Magistratura y si tienen las mismas ideas discriminatorias de Jorge Rizzo deberían ser removidos del cargo. Hace tiempo que los que avalaron a Jorge Rizzo se alejaron de él por su autoritarismo, fascismo y ahora nazismo. Los nombrados deben dar explicaciones y/o renunciar a sus cargos ya.
Dra. MÓNICA VIVIANA LANG
evargentina@yahoo.com.ar

Congrats bro Anónimo you got PERTAMAX...! hehehehe...
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