El largo deterioro de las humanidades en España

Me pregunto: ¿hay alguno a estas inconmensurables alturas de la existencia que no se haya dado cuenta ya de que los hombres tienden a la mayor necedad de la Historia? Porque hoy uno no puede pasar por un curso académico, presumiblemente bien fundamentado, sin reparar en el número ignominioso de incultos con que cuenta España en sus escuelas. Confieso que el conocimiento se ha convertido en algo necesario, pero no porque algo inspire a los jóvenes a alcanzar la sabiduría, sino que la consideran importante para recabar de este mundo vetusto sus abominables propósitos. Hoy día más o menos no hay quien no persiga a la gente culta, —aduladores hay en todas las esquinas— que no escriba de cuando en cuando una carta, o que haya dejado la huella somera de sus dedos mustios en un libro. Pero el conocimiento no es más que un pretexto para alcanzar esos valores, que el común de las sociedades ha considerado inefables, mientras que las escasas minorías se retiran en masa a los cuartos oscuros, a las recogidas bibliotecas, al lugar donde nadie les oye hablar y susurrar los términos de la dialéctica, esa que tanto se detesta, esa lírica pretérita algo pasada de moda, con la que reviven sus experiencias y se revisten de cierta nostalgia, que luego les hace caminar por el mundo exterior como seres invisibles, sonámbulos, impactados por la luminosidad de los saberes que alimentan el alma.

Yo me encuentro entre la común minoría, pero aún dentro de ésta, más o menos disimulada por cierto respeto contemplativo, aunque existan almas que conocen muy bien el asunto que nos ocupa, y sepan apreciar esos coloquios sublimes, encuentro quienes merman la grandeza del pensamiento al impasible análisis, al mero comentario de una historia dichosa y magistral, probablemente indigna de ser manipulada por el apetito introspectivo del crítico literario. Pienso que obras cuya luz revela la misma inmortalidad que en su tiempo expresaron sus creadores no son material mostrenco para que anden por ahí de un lado a otro, de las tertulias radiofónicas a las bibliotecas, de las groseras bocas de los escolares a las necedades que se profieren por televisión. Televisión... ¿se dan cuenta de lo que esto significa? ¿no comprenden el atentado que comete contra las letras inveteradas, gloriosas, este vocablo innombrable? Ciertamente, las letras milenarias, cuyo eternal origen no me aventuro a encasillar, han llegado a una época anacrónica. Por primera vez aparecen elementos como el ordenador y los viajes espaciales en nuestros relatos, sin entrar en detalles como el miserable modelo de sociedad que los acoge. Pero creo sin duda que estos nuevos siglos de pareceres inequívocos, el renacer de las teorías obsoletas, sean símbolo claro de nuestra inminente decadencia. Como la historia ha demostrado sin discusión, la fatalidad vela por el futuro de Europa. ¡Y cómo si no habrían de sobrevivir unos seres tranquilos, ingenuos, que a estas alturas aún creen en las utopías, y callan a todos los que reniegan del pluralismo subjetivo! Estarán esperando cómodamente a que me retracte, porque es necesario que antes de una solemne caída en picado, se ascienda antes. Y en ese ascenso... ¡ah! ¡no hay quién se atreva a dudar de que la teoría es una verdad como un templo, un importante fruto de nuestro inmortal cerebro! Qué necedad temer a la Parca, lo mismo a la Razón... el ser humano es más inteligente, venera a una nueva diosa: la Locura. Su atractiva sacerdotisa, la Equivocación, inspira a los hombres pensamientos de los que luego se arrepienten. ¿Qué desgraciado se hubiera atrevido a avisar a los bolcheviques de que su gobierno estaba destinado al fracaso? ¿Quién le hubiera dicho a Franco que con la muerte acabaría todo? Si es que ese hombre todavía vive, siento una profunda admiración por él.

Cuando uno analiza la historia estrechamente, y llega a familiarizarse con sus reyes, sus héroes, sus personajes oscuros, sus filósofos, siente profunda conmiseración por los incultos, estos amadísimos zánganos que ocupan los pupitres de los institutos. ¡Qué mal andará el Cielo de talentos, para que a ninguno de los nuestros se le vea con uno! ¿O no será que se ha propagado la incultura, la mezquindad, la bajeza humana, aún entre nuestros políticos, nuestros académicos y gente de letras? Dicen que es necesario el transcurso de los siglos para que se venere debidamente al artista, casi siempre adelantado a las épocas, aunque comparado con la nuestra siempre se retrasa. Siempre nos reservamos el privilegio, merced a nuestro ego, de clasificar a los pensadores en sus sociedades, justificando que tal genio pensaba así por esto y aquello, por ser de unos o de otros, pero que su época lo enemistaba inconscientemente con la cordura y los derechos humanos. No digo que nunca acertemos, pero a veces el historiador, el periodista, o quien sea, se pasa de listo. Hoy día la ciencia es corrupta, como casi todo, y las artes, en manos de hombres indignos, son arteramente usadas como instrumento de superchería. Nos damos tanta maña en describir la Historia; aprovechando que lo pasado es demasiado antiguo y que por consiguiente descansa bajo toneladas de tierra, les imputamos a los fósiles toda suerte de mentiras, que ni ellos creyeran de haber estado vivos... ¡Si nuestros antepasados irracionales levantaran la cabeza!

Sin duda, mejor conocerá la historia el que la vivió. Pero, como siempre pasa, cuanto más nos separa la distancia, más nos valemos de nuestro artificio, que ese sí lo tenemos todos, para hacer que parezca lo que nadie sabe como lo que a la mayoría le conviene. Y desterramos a las minorías, reminiscencias de nuestro pasado común, aludiendo que detienen el progreso del mundo. Como dijo aquél, para avanzar, siempre hay que llevarse algo por delante...
Siguiente
« Anterior