Sobre la elección de Joseph Ratzinger, el Papa filósofo

No pude decir nada cuando murió Juan Pablo II, pero esta vez he advertido la fumata blanca como singular presagio de buenos tiempos. Este brevísimo cónclave revela sin duda la rapidez con que la conciencia del mundo resuelve sus asuntos; un nuevo papa para un pueblo huérfano, un líder eclesiástico que ponga fin a la desacreditada reputación de la Iglesia.

Las campanas anuncian la apoteosis de ese momento histórico; nunca podrá decirse que no se hizo bastante ruido... Joseph Ratzinger pasará a la historia como el primer papa del siglo veintiuno, aunque más que la intriga de la elección se recordará el curioso nombre escogido de Benedicto XVI. Quién sabe el misterio que se oculta en un nombre de ese calibre, añadiendo además su ascetismo germánico, su humildad paternalista, su implacable catadura de pontífice a la antigua. Sé que hay quien se ha valido de la retórica para calificarlo de inquisidor, palabra muy denostada en estos días por el agrio recuerdo de sus primeros portadores. Pero eso no es esencial, lo que importa es que aún permanece ese aire anacrónico de teatralidad, que envuelve a casi todos los papas. Te hace recordar los valores antiguos, pretéritos, hechos para hombres robustos, de sangre fría, de fe vigorosa..., no lo que hay ahora. El criadero de pequeñas habladurías, de programaciones televisivas, en suma, del despliegue mediático y obcecado, han convertido la elección del papa en un hecho proverbial, algo de que la Historia puede jactarse. No me gusta que los políticos prácticos importunen el transcurso de los momentos solemnes con sus toscas declaraciones, pues los días históricos son los que hacen del mundo un lugar habitable, un lugar digno de ser recordado. —¡qué sería este mundo sin una historia personal!— Basados en utópica felicidad, los ministros progresistas se deshacen del ingrediente salvaje, el sabor añejo que conmemora los años decimonónicos; qué fácil es olvidarnos del polvo que ha vuelto al polvo... Y no es que lo antiguo tenga un valor moral en sí mismo, sino que no se dijo con astucia para engañar a los siglos venideros; tenemos miedo de que los muertos nos engañen. Pero en medio de estos caóticos momentos, de tan denigrante tiniebla, aparece una humareda blanca, un rasgo de esperanza, las ideas que ya brotan del interior de la cabeza, la decisión de los cardenales que se pone de manifiesto...

La Iglesia, sólida monarquía que ha sobrevivido a largos siglos de revoluciones, tiene un nuevo guía, un pastor que conducirá a las almas por el camino de la rectitud. No he visto nada que subsista con esa energía si no es la naturaleza; conquistadores y reyes han nacido y han muerto sobre este mismo universo occidental, todos pusieron en su bandera el honor de una vulgar idea que creyeron que merecía la pena... Un religioso algo conservador, igual que nuestro Ratzinger, dijo hace unos dos mil años que si esta obra era de los hombres caería por sí sola, pero si era de Dios, nada se podría hacer contra ella. Años enteros de persecución, eternos escrutinios entre la plebe para diezmar al mundo de gente sacra; de semilleros de discusión nacen innumerables sectas, pero la higuera aún no se ha secado. La vid verdadera tiene pocos pámpanos fieles, algunos se los ha llevado el fuego, otros el destello de la tentación, pero aún permanecen sanos como el primer día, los cimientos de la Iglesia.

He escuchado dramáticos comentarios sobre la elección del papa, principalmente de políticos y clérigos afines a nueva forma de doctrina; que los cardenales de la liberación se quejen resulta comprensible, pero los políticos... Estos sagaces incrédulos, que nada tienen que ver con la Iglesia, se creen con derecho a opinar, a criticar, a poner en tela de juicio lo que sucede en un país extraño, una nación volátil presta a desaparecer de este mundo y sus gobiernos; se identifica a la Iglesia con un estamento, de carácter político, un sector de la población al que conviene controlar y no tener muy al margen por su desventurado puritanismo. Estos políticos de ideología progresista pretenden manejar el gobierno del Vaticano como una democracia vulgar, que no entiende de mandamientos divinos, sólo de la desorientada voluntad de las masas. Permítanme que formule una pregunta a los que piensan que debería haber salido un papa menos ortodoxo: ¿qué papel juega Dios en todo este asunto? Porque si me responden que Dios no existe, vana es la Iglesia como institución, sus cimientos se tambalean, ya no tiene nada que esperar, ni en esta vida ni en la otra, y tiende a desaparecer... Entonces, no valdría molestarse en la elección de ningún papa. Directamente digamos: ¡abajo la Iglesia!, justificando cierto derramamiento de sangre en que es algo tan necesario, si no predestinado, como la Revolución de 1789. Si me responden que aunque Dios exista, los que verdaderamente llevan las riendas del asunto somos los hombres, apaga y vámonos. Sin duda, en estos tiempos es cuando hay más diversidad de opinión, más acogimiento de las demás culturas, pero por eso mismo hay más confusión y equivocación... ¿qué quieren que hagamos? Dios está totalmente al margen, él se dedica a la cómoda tarea de observar a los hombres en sus tribulaciones, sin intentar solucionar los problemas del mundo. Entonces, lo mismo, si anteponemos el bien de la humanidad a los designios de Dios, destrocemos sus instituciones, rompamos sus ligaduras, el que sea del mundo, que se quite la máscara y se multipliquen los incrédulos...

Es una desgracia que los hombres manejen los asuntos de Dios, que crean que todo depende de lo que hacen con sus manos, de lo que piensan sus cabezas. Si Dios hubiera querido otro papa —resulta paradójico que el Padre de la Trinidad se moleste en la tarea de encontrar un padre para sus propios hijos—, lo hubiera puesto. ¡Quiénes somos los hombres para imputar de esa elección al simple programa religioso de los cardenales, en su mayoría conservadores, a la decisión de la más alta clerecía! Si alguien tiene algo que alegar, que contienda con Dios. Aquí en la Iglesia las cosas funcionan así, aún existe la autoridad, aún existe el gobierno absoluto... El mundo, que cree haberse desecho de esas telarañas monárquicas y autoritarias, no sabe que nada puede escapar a la Providencia, y que la democracia no invalida los propósitos de Dios. Dios pasa por alto la necedad popular de los hombres que creen haberse librado de un poder mayor al de sus viles naturalezas, no sabiendo que aún a pesar de todo, Él sigue poniendo y derrocando autoridades, sigue levantando y sepultando, sigue reprendiendo y enseñando. La única manera de librarse de la autoridad celestial es la total anarquía, cosa tan poco práctica que resulta vergonzoso planteársela.
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