Monólogo de un empollón anticuado

¡Que me lo digan a mí, que soy del todo un absurdo, un abnegado, uno de esos entes raros que como llega la primavera, avanza en el curso escolar, y hasta me crecen flores de la sien, de la misma manera que unos puntos negros, emblema de sabiduría, se dibujan en mi frente! Si ya decían esos tunos que rondan los pasillos, esos cínicos faranduleros que van por el mundo galanteando a las graduadas, que eso del estudio y la madurez está pasado de época... ¡Ah, pero mientras ellos sucumben en el abismo de la secundaria, contentándose con un lacónico paseo entre clase y clase para ver de cerca a los superdotados, yo me desternillo de risa bajo esta nueva atmósfera, en la cumbre del espíritu académico, donde todo imberbe sueña llegar algún día cuando sea mayor de edad!

Pues no eran antes las clases de literatura tan sólo clases de literatura; era una pendencia casi espiritual entre la ciencia y la necedad, entre el conocimiento y la majadería; ora uno refería un chiste verde, ora se lanzaban tizas unos a otros, ora se insultaban, ora se peleaban, ora cometían toda clase de disparates y desatinos. ¡Qué lujuria, qué desvergüenza! No sé cómo los eminentes almanaques de las bibliotecas no se alzaban en cruenta revolución contra aquellos exterminadores del arte, aquellos profanos colegiales, todos en deliciosa armonía y unidad, para someter bajo sus pies a los déspotas, a aquellos locos que ocupaban los pupitres. «¡Abajo el alumnado irrespetuoso! ¡Que se nos devuelva nuestra honra y mérito! ¡Por nuestros antiguos!» no me extrañara que gritaran, todos unidos, desde el sonadísimo Miguel de Cervantes hasta el más ínfimo autor de literaturas.

¡Ah, pero eso era llevar el asunto hasta el extremo! Allí había un minúsculo remanente que no merecía ser restregado por la sangre, había inusuales fulgores, luceros, luminares, en mitad de las tinieblas, una voz tenue que brotaba con dulzura, que consolaba su marginación leyendo las atronadoras rimas de Bécquer.
Siguiente
« Anterior