El misterio del solitario, de Jostein Gaarder

Quien haya leído El misterio del solitario, estará de acuerdo conmigo en que es una obra con doble vertiente: iniciar a la juventud ignorante en las sórdidas veredas de la filosofía y despertar pasión por la lectura. Puede que esto segundo lo consiga, pues dado que el libro no encarece la elocuencia ni se enmaraña en confusos párrafos de aburrida dialéctica, su autor Jostein Gaarder se mantiene incólume ante la escrupulosa mirada de la crítica. Pero en cuanto a la primera premisa, a mi juicio el más encomiable propósito de la obra, creo que no recaba de las nuevas generaciones más que una parca opinión, una escuetísima respuesta que confina a la insignificancia el supremo esfuerzo del autor.

Confieso que no tenía el gusto de conocer al escandinavo, ni siquiera le había oído nombrar. Desde el principio había destacado su falta de notoriedad, su reconocimiento como inmortal filósofo... «¿Qué tiene que decirme a mí este noruego? ¡Qué sabrá este desconocido lo que es metafísica!», manifestaba yo con voz ligera. Reparando en el volumen del libro, que aún puesto de perfil me parecía inaceptable, fui demorando su lectura hasta que me apremió el tiempo. Desde que abrí la primera página, abnegando mi voluntad al ejercicio académico, advertí el lenguaje tímido, despreocupado, del autor, el tono triste con que manejaba adjetivos y metáforas, el análisis superficial y hasta cínico con que recomienda los lugares memorables por donde pasan Hans Thomas y su imprevisible padre. Acababa yo de leer Doña Berta, de Clarín, y cómo no, me sublevaba por aquel léxico vulgar y detonante, aquella traducción barata de un anónimo noruego; dejaba el libro, preñado de una indignación sobrehumana, un elevado enojo por aquel delito contra el glorioso idioma cervantino. Yo habría aceptado a Aristóteles, a los ilustrados, a los positivistas, incluso, o hasta el perfeccionismo alemán; cualquier cosa menos ese cuentecillo interminable de infantil fantasía... Pero a medida que iba leyendo, me interesé y acabé devorando sus páginas con desmedida ansiedad.

Tal vez no produjera en mí el efecto adecuado al principio; porque estos escritores que escriben para los que no han leído un libro en su vida se toman unas licencias que el populacho ignora pero que las minorías enseguida catalogan y reprenden. Cuando se alimenta la juventud del muchacho a base de este género de novelas, después de que lo convierten en un lector obcecado, si es que no lo era antes, se encuentra que ya no hay una lectura coetánea que sea conveniente a su estatura. El trato pueril que le da a la lengua es lo que consigue seducir a esa horda de iletrados, a esos pequeños genios (no sólo inmigrantes, sino españoles de ralea) que nuestro país acoge en sus escuelas con los brazos abiertos, exhibiendo esa piedad y dulzura permisivas con que algunos políticos infames cultivan al pueblo de cara a las elecciones. De ahí que se obtenga el fruto de la segunda vertiente, cosa que me parece una vil adulteración del lenguaje, una detestable mala caridad, cómo diría yo, algo así como un rey que vende a la patria por estar en paz con su enemigo.

En cuanto al primer propósito de la novela, que como he dicho declina en un fracaso deplorable, tiene que ver en parte con el segundo. Manejar asunto de tanta prestancia como la cognición de nuestra existencia no es cosa de niños; hay que obligar al lector a ascender en la escala intelectual si es que de verdad tiene interés en plantearse cuestiones platónicas o de análoga idiosincrasia. No pretendamos hilvanar esos amasijos de sabiduría y dudas existenciales en un cerebro precoz, que a mi modo de ver es el de un estudiante de instituto. ¿Qué ocurre? Que el escritor que hoy día emborrona manuscritos sin cesar pero que no abriga esperanza de que los puedan leer, ora por la sublimidad del lenguaje, ora por la grandeza del pensamiento, es inestimable, concibe discursos con inapreciada prodigalidad, y escribe para su goce privado.

Pero en fin, pasemos a consideraciones concretas en el tema de la novela. A mi parecer, Jostein Gaarder parte de la inquietud de las tres grandes preguntas de la filosofía. Aunque no me considero una autoridad en esta materia, ni creo que llegue a serlo nunca, pienso que el que suscribe también tiene derecho a opinar —¿no es lo que hacen todos los necios en las democracias?—, a inquirir en el recóndito entresijo de la humanidad, el auténtico sino del hombre y su génesis.

El autor sin duda nos embarca en un mundo donde impera la fantasía, encarnada en un curioso personaje, pequeño, rumoroso, que va de un lado a otro como una sombra, formulando preguntas a escogidas personas según el juego lógico del Destino. No voy a entretenerme en reiteradas pesquisas de la acción y el tiempo narrativos, si el lector tiene paciencia para leer esta reseña, la tendrá para leer el libro. Así que, trascribiendo en la historia del comodín prácticamente todo el pensamiento escéptico de Gaarder, vamos a explicar la analogía de la isla mágica con el mundo en que vivimos.

Ahí en las mientes de Frode ululan pícaros entes de ficción que exigen de su amo y autor, el fenómeno de la vida, una prosopopeya; esta especie de gnomos no dejan de recordarme al pobre Augusto Pérez, héroe unamuniano de la nivola Niebla. Es siempre esa incomparable semejanza de los especimenes nivolescos (y el que la haya leído sabrá lo que le digo) la que inspira a los autores, una y otra vez, a lo largo de la historia; sólo hace falta tener un poco de curiosidad por la vida, ese instinto de filósofo que tienen algunos escritores. A mi parecer, considerando cierta discordancia entre el pensamiento de Gaarder con Unamuno, estimo que éste último hace más el énfasis en la soberanía de Dios para otorgar o reclamar la vida, para estudiar desde su trono de Salamanca. No veo esa actitud en la novela de Gaarder, ni tampoco que quiera resaltar la autoridad del Creador sobre sus criaturas; más bien defiende lo contrario.

El autor, con su curioso modo de indagar en las cosas, manifiesta una vergonzosa opinión sobre la existencia de Dios. Aunque este caso ya se viene estudiando desde los comienzos del positivismo y las primeras teorías darwinianas, no hay evidencias científicas lo bastante sólidas como para justificar el suceso de la muerte de Frode, a mano de sus propias creaciones. A mi juicio, tomando por unos momentos el parecer de Gaarder, tanto la existencia de esa baraja personificada como de la gran familia humana son una completa paradoja sin la presunta existencia de su hacedor. No sólo es que las cartas viven en la realidad, sino que el propio náufrago de la isla mágica las mantiene vivas. Aunque ese monstruo de la sabiduría, ese comodín que desde un primer momento del que se me antojaba cierta similitud con la serpiente del paraíso, les hace comprender a las cartas su verdadero génesis.

Hay otro pensamiento al cual me opongo; a la presunta imposibilidad que tienen las criaturas a convivir con su Creador. El verdadero embarazo se encuentra en que una vez que se dan cuenta de que son puramente ideas, y que por ende no son seres reales, les molesta la presencia cercana, estrecha de su verdadero ideólogo. Antes desconocían su origen, pero igualmente le tenían respeto a Frode; de ahí su miedo al hallazgo del comodín y sus maneras estrambóticas de celebrar la fiesta; según he creído entender la bebida púrpura —qué poco me gustan estos elementos de magia— era lo que los mantenía ajenos a las preguntas existenciales, y que trasladándolo a términos humanos, hablamos del universo artificial que nos impide dejar libre albedrío a nuestro pensamiento para que divague sobre cuestiones inmutables.

De modo que ya tenemos dos facciones: una formada por Frode que insiste en que las cartas permanezcan en la ignorancia y la otra por Comodín. Por un lado, Frode representa a Dios; por otro, Comodín encarga al filósofo. Luego según este dictamen Dios insiste en que los seres humanos continúen en la ignorancia de no saber quién es él, porque el día que lo conozcan lo mataran. No obstante, y respetando la óptica particular del autor, yo opino lo contrario: las criaturas que conozcan a su hacedor y no quieran convivir con él, morirán; y las que estén dispuestas a aceptar su condición de seres inexistentes gozarán de poder cumplir su sino, el verdadero propósito para el cual fueron creadas, esto es, según Frode, su entretenimiento y distracción en esa isla solitaria.

Esta historia de niños hasta los niños la entenderían; resulta una opinión, no infantil, sino disparatada, esa de pensar que la obra se vuelva contra el artista y lo mate. No es el muñeco quien mata al niño cuando se da cuenta de que es muñeco, sino que antes de eso el niño lo mataría; ¿pensamos acaso que el niño, descompuesto por el portento de que un objeto de juego le hable y razone, se acobardará ante la supuesta rebelión de su marioneta? De ninguna manera, antes trataría de convencerle de que aunque sea racional nunca podrá ser lo suficiente como para vivir sin él, y que en el momento en el que el muchacho deje de existir, el muñeco habrá perdido su verdadera utilidad. Todos sabemos cómo tratan los niños a sus juguetes, y cómo ejecutan en ellos toda clase de personificaciones... Esta vez nos ha tocado a nosotros ser juguetes, y a Dios utilizarnos según su voluntad; solamente debemos guardarnos de la rebelión. Porque toda rebelión contra el fundador del universo es perder el juicio y provocar catástrofes universales. No voy a hablar de las maneras en que se manifiesta la ira de Dios.

En la historia de la isla mágica se acaba la historia, pero no en la de los seres humanos; el filósofo escéptico considera que la aparente irracionalidad del mundo se debe a que los hombres lo hemos desprovisto de su creador. No suelo reírme durante la lectura de una obra filosófica, pero cuando reparé escolásticamente en la frase de Dios ha muerto, y nosotros hemos sido sus asesinos no pude hacer menos que sonreír. Nunca he pensado que una idea mía pudiera matarme, así que si yo soy una idea de Dios, tampoco puedo matarlo. La presunción humana ha llegado hasta tal punto que ahora creemos que Dios es idea nuestra, cuando nosotros somos idea suya.

El examen de este libro fue algo grandioso, aunque en mi opinión fui un poco parco de palabras, un poco superficial en mis andrajos retóricos. Por eso he escrito este artículo.
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2 comentarios

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Anónimo
admin
20:45 ×

Buena crítica.
Mala califición de los lectores ya que no todos son ignorantes, igonarente es el que llama ignorante.

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Samuel
admin
21:04 ×

Sí, también es ignorante el que llama ignorante (me incluyo), pero la diferencia es que unos lo saben, mientras los otros se creen sabios por haber aprendido cuatro cosas. Hay ignorantes e ignorantes.

No todos los jóvenes son ignorantes, no, pero costaba encontrarlos en mi clase de bachillerato, que es cuando escribí esto, ¡qué digo!, allí todo el que leía algo lo hacía por obligación. No conozco su experiencia, pero en este aspecto la mía ha sido desalentadora.

Un saludo.

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