Debate nacional. Arquetipo de un ciudadano español

En estos precisos momentos, toda España debate sobre si a la unión entre homosexuales debiera calificársele matrimonio. Nadie habla de otra cosa, aparecen opiniones a favor, opiniones en contra, opiniones relativas, opiniones imparciales, un cúmulo de opiniones; hay quien apoya, quien critica, quien simplemente no está de acuerdo con nadie y quien le importan tres pepinos las decisiones del Estado. Vivimos en un país admirable, por su historia y sus aptitudes marciales, pero mediocre, chabacano y sin el más mínimo conocimiento en materia de moral.

«¿Es que no están ustedes de acuerdo en que los gays se casen?» pregunta uno con ánimo de engendrar polémica. Y las masas indoctas, pachangueras, en las cuales subsiste la democracia, se lanzan a cuestionar, criticar, ofender, defender, gritar, juzgar y señalar. ¡Qué estupendo tropel de acciones honestas, laudables, dignas de coronar de fama a quien cultiva tales virtudes! En nuestra amada España, que siempre se sale de la norma, está bien visto ser político, pero no me refiero a participar en campañas electorales, ni presentarse a diputado, ni ser asiduo de un partido en concreto, no; está bien visto ser político de nombre, político intelectual. Nos faltan, sin duda, moralistas, filósofos, futbolistas de élite y hasta escritores, pero no nos faltan políticos. Los encontramos en todas las esquinas.

Yo intentaré describir a ese arquetipo del ciudadano medio español. Tendrá que tener un nombre sonado, y rayar apenas los cincuenta años; en su juventud habría sido contrario al régimen, sin la menor duda, y habría sido militante de las últimas tendencias político-morales, hippy o comunista, o las dos cosas. En cuanto al carácter, habría sido un joven encantador, aventurero, valiente, donjuán por las noches, poeta en ratos de soledad, y si es que leía algún libro, que no lo sacaran del ensayo. Por supuesto, obtendría como fruto de sus travesuras una esposa fiel, charlatana, caprichosa, que lo traumatizara, aprovechando el hechizo de sus encantos. Así acabaría el pobre intelectual, consternado al llevar una vida monótona, prosaica, de ir todos los días a la oficina y ver el partido del Real Madrid los domingos. Su vejez le viniera como un inmenso alivio, un bálsamo para sus penas y quebrantos caseros, un remedio para el alma que está llena de recuerdos. Ya no le queda sino pasear, y como tiene un montón de amigos por aquí y por allá, se entretiene hablando de toros y de política, sobre todo, de política. Laureando su fama de viejo intelectual, pese a que nunca tuvo gusto por los libros, denuncia esto o aquello, insulta, hace declaraciones, y cómo no, cuando aprueban una ley que no concierne solamente a los homosexuales, él se levanta como héroe progresista, defensor de los desamparados, desfacedor de entuertos y se lía a lanzazos contra gigantes molinos de viento, que aunque se le antojan gigantes, no por ello dejan de ser molinos.

El español siempre ha tenido la necesidad, si no el prurito, de llevarle la contraria a alguien; para eso se ha cuidado de establecer multitud de pensamientos a priori, como dicen los metafísicos, y a partir de ahí forjar sus razonamientos; ni por un momento dudan de sí mismos, son hombres de mucha fe. Si estuviéramos en los tiempos de Larra, nos iríamos al café a prodigar nuestra sabiduría; pero no, ahora la prodigamos por doquier, y siempre que podamos acalorarnos y abrir polémica, no hay que desaprovechar la oportunidad. Todos hemos experimentado la satisfacción inefable de plantar batalla a una horda de discutidores natos, y siempre creyendo que hemos topado con un argumento irrebatible, lo incestamos a boca de jarro en las sienes del otro. Curiosamente, parece que las palabras rebotan, como si dos cíclopes de idéntica fuerza lidiasen por la eternidad para ver quién es el más fuerte. La lucha no tiene fin, es un vicio; la propia vista de la sangre excita al asesino a seguir cometiendo crímenes. Aunque todos creen que saben algo, ya nos parece algo anticuado la famosa sentencia de Sócrates.

Y ahora, como siempre, han hablado los que menos saben de moral y de dicciones, que en realidad son el verdadero asunto que nos ocupa. Han hablado los filósofos, como Fernando Savater, argumentando premisas de muy alto contenido filosófico, razonamientos lo hartamente cultos como para ser interpretados, que no entendidos; aunque esto tampoco importa. Han hablado los políticos, siempre dóciles en su trato con el populacho, a quien manejan sin el menor decoro; han dicho, creo que con mucho acierto, lo que convenía decir: que no tienen ni la más pequeña intención de atacar a la familia ni sus bases religiosas. Esto tampoco tiene mucha relevancia... Pero, ¿quién tendría que hablar? ¿es que acaso alguna vez nos pondremos de acuerdo?

Con tantas opiniones subjetivas, ya deberíamos tomar conciencia de la versatilidad del ser humano, que si bien todos tenemos sentido común, no todos pensamos de la misma manera. Debiéramos más bien cuestionarnos otra cosa; el sofisma no radica en los razonamientos, que llegan a distintos mundos, sino en cuál es la raíz de que pensemos así. ¿Por qué otros seres humanos como nosotros (de hace dos días, no hablo de esos homúnculos que encuentran los antropólogos) no pensaban de la misma manera? Alguien seguramente me dirá: «¡Es que usted no se da cuenta de que estamos avanzando en el terreno de la tolerancia y la libertad democráticas! Me sorprende mucho de usted...» Pues permítame que le responda, si no es muy grosero por mi parte: si sus bases para justificar sus razonamientos morales residen en el fanatismo de nuestros ancestros, estamos afirmando que la moral es tan variable como puedan serlo nuestras diferencias, y que cualquier día que al ser humano le vuelva a dar la pájara, volverá a ser moralmente correcto, por ponerlo por caso, el antisemitismo.

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