Por qué siempre escribo de cosas tristes. Una apología.

Me he propuesto cambiar el mensaje, no porque no me suene bien, no porque carezca de cierto sabor desagradable —que es lo que le hace a uno sentirse como en casa— pero tal vez sea porque esta cualidad de la mente para poner por todo lo alto la desdicha y sofocar cualquier palabra de esperanza, está ya algo pasada de moda. No es que yo siga con las modas, ni los usos ideológicos, todo metáforas de un mismo sentir crónico; pero, como quien dice, para variar... quiero cambiar de mensaje.

Los que ya me conocen, habrán observado cierto dramatismo en mis discursos; gracias a él, que aunque no tenga mucho de hipócrita manifiesta una gran garra sarcástica a los oídos que la merecen, conservo estos manuscritos que por sí solos fueran menos que cuartillas polvorientas de una oficina. Como saben, lo que en un principio se inicia ufano y esperanzador, acaba decisivamente en una solemne odisea. ¿Qué quieren ustedes? No puede uno remediarlo. Yo no sé por qué será... ¿puede que sólo los grandes asuntos sean los que merecen el cuidado y atención de mi pluma? ¿quizás mi vista caprichosa se desvíe tras lo más funesto de las sociedades? No sé yo; sólo sé que no quiero ser así, o al menos, no lo quiera Dios, que sean los desgraciados los que escuchen esto y no los hijos de la pedantería; y es que estos se sienten tan satisfechos de su propio mal, de su íntima iniquidad, que jamás se dan por aludidos, sea por parecer humildes o porque son así de insensatos; lo cierto es que nunca escuchan los que tendrían que escuchar.

La verdad es que yo no he conocido muchos sordos a lo largo de mi vida. Supongo que sabe usted a qué clase de sordera me refiero y no tendré que consumir la inspiración en especificar... Pues, como digo, no soy capaz de entender que se pueda estar delante de una cosa y no verla, a menos que haya cierta nube que cubra nuestros ojos. Cuando da la casualidad de que los más de los hombres están sumidos en esa nube, a un servidor se le antoja una niebla formidable. ¡Niebla he dicho? Alguien escribió algo que se llamaba con ese nombre... Curiosamente, los seres humanos, aunque de análogas directrices y siempre de diferentes pareceres, llegan a veces al común acuerdo de que algo es verdad. Yo no cedo mi pensamiento a nadie, tampoco tomo el de otro; pero nuestras ideas coinciden. A mí me maravillan las coincidencias, y que se las llame con ese nombre. Tal vez sea una coincidencia que las malas sociedades generen hipocondríacos del alma y el espíritu, que aunque la cosa esté tranquila, alcen la voz para criticar esto o aquello. «¡Ay, nunca se puede estar a gusto!», dirá el político para sus adentros, porque para sus afueras sólo expondrá lo que se espera oír de todo diputado cuando se pone en pie para hablar.

Pues como decía ya voy notando cierto sabor realista en mi paladar, algo que he degustado recientemente y se ha posado con dulce ternura en mi yermo estómago. No sé si esto es el preludio de mis grandes confesiones, pero quiero decir algo que no suelo decir. En este mundo ególatra que a la merced de mi musa escribe y rubrica toda suerte de inmoralidades, he encontrado gente cabal. No digo que sean de mi dictamen, ni que yo esté de acuerdo en todo con sus disposiciones éticas, pero al menos no están del todo mal encaminadas. Son entes extraños en esta sazón desquiciada, minúsculos luceros que fulguran en la parca tiniebla... Me refiero a ciertos polluelos, muy bárbaros ellos, que traen en su redivivo arrullo la eterna inocencia del mundo, aunque como una sombra añeja, quizás una libra de sabiduría. Es curioso que hablo precisamente de mi generación; de estos muchachos innovadores que sulfuran al mundo con su doctrina de librepensadores, estos que se burlan de sus ancestros mojigatos y que sin reparos estudian su ciencia desde una óptica moderna, esas juventudes que insisten en la problemática real de los tiempos contemporáneos (cuando los más de ellos viven lejos de la realidad), ecologistas, gimnastas, liberales, ofensores, estudiosos sólo de apellido, antiamericanos de pura cepa, crédulos adictos del Partido Socialista. Pues bien, entre toda esa mole de vaciedad y engaño que he criticado desde que cogí la pluma, aparece una generación que bajo su apariencia estoica, tiene algo que me ha conmovido.

Si hay algo digno de elogio en esta época, que ya es difícil encontrarlo, es esta juventud respetuosa, considerada, que trata a todo el mundo por igual, y siente un cariño especial por los desamparados..., esa es la parte buena; la parte mala, que no es tan mala, es que este pensamiento trascendente se merma a una decreciente minoría. Pero no pasa nada. La historia está llena de épocas en las que había minorías cuya única existencia hacía posible la manutención de la comunidad social; son las minorías las que salvan a las mayorías. Las minorías son como árboles cuyas hojas se han podado, pero que volverán a aparecer. Algún día todos pensarán que nuestro camino es el camino, que nuestra ideología es la ideología, y que no hay más en el mundo que tenga sentido. Eso es con lo que sueñan las minorías, y en el momento en que se propalan sus dictámenes, sus especulaciones morales, en ese momento en que las polillas empiezan a carcomer los andrajos de la colectividad, se extiende la idea y la minoría fracasa. Entonces, cuando la minoría es mayoría, vuelven a retoñar pequeñas y débiles minorías, casi impalpables, que denuncian lo que antes era una minoría.

Es obvio que las minorías están en constante disputa unas contra otras, y que por motivos escolásticos, si no providenciales, alcanzan el ambicionado poder recabando de sus súbditos la obediencia sumisa, la cual no saben ya a quien ofrecer. ¿Qué haremos? La marginalidad de la razón en los tiempos modernos y la colectividad del pensamiento avanzan a pasos agigantados; los políticos pronuncian largos y complicados sermones a falta de otro pasatiempo de inventiva, el pueblo responde lo propio haciendo merced a unos o a otros. ¡Pero lo cierto es que no queda idiosincrasia en este mundo! ¿Dónde está ese temple de las mentes inmutables, con ese fuelle de ranciedad, de pensamiento antediluviano? ¿por qué el populacho perezoso e ignorante se ancla en las telarañas del Estado para que lo enseñen y lo remolquen? ¿Alguien tiene idea de adónde nos llevan? ¿O mejor aún, saben en realidad los políticos lo que se hacen? No pienso ponerme a discutir esas leyes que sacan, y esas reformas prosaicas que quieren hacer; ya he dicho que no quiero ponerme dramático.
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