Casco antiguo de Alicante: Santa Bárbara y San Nicolás

Hay un rostro sombrío, inmóvil, que preside las risas del mar. Es una enorme roca, que se cierne sobre el monte Benacantil, y como si representara la faz de un pretérito sarraceno, les recuerda a los bañistas que la tierra donde ellos viven fue tierra conquistada. Hace ya muchos años, cuando los cristianos velaban por la gloria de la patria, los piratas berberiscos venían y saqueaban nuestras costas. Siempre hemos sido la puerta de África, la puerta del mar, que nos trae en sus mareas una laguna de cólera, nauseabunda, hoy recogida en el aire rancio y espartano de la Historia, camuflaje técnico de los recuerdos de la Naturaleza.

El castillo de Santa Bárbara es una ruina medieval; desde la arena, desnuda de gentes y bañada por el sol, se divisan siquiera sus murallas, complicadas, envejecidas, que se vierten en diversos caminos, habiendo perdido la total simetría. Ahora son sólo monumentos, recuerdo uniforme que nos recuerda el olor místico de nuestros ancestros. El sol sigue brillando, los barcos en lontananza han mudado sus velas por los motores y descansan sobre el agua como si no pasara nada; las gaviotas, a veces, se adentran en tierra, y descubren a unos seres extraños, de habla insólita, vestidos de manera aún más extravagante. No saben quiénes son; escuchan los ladridos de una enorme máquina de hierro, que pasa bordeando la costa, un tranvía moderno, retoño de sus longevos padres, los ferrocarriles. Aún quedan algunos estacionados al sol, un poco más allá, en una estación de aire melancólico; hay piedras en el suelo y unas vías prietas, eternas, que conducen al infinito. Si en su tiempo los juzgaron por monstruos, los de ahora ya no saben cómo calificarlos. Las gaviotas prefieren escapar de los ruidos de la ciudad y de sus incesantes mudanzas.

Había unos jóvenes en la playa, que reían, que jugaban, que combinaban el juego con la risa; mientras tanto, el moro los miraba asombrados. Las piedras no dejan de asombrarse de toda la parafernalia humana, que siempre está en movimiento; han visto levantarse imperios y derrumbarse, han visto a los hombres degollarse unos a otros y a los amantes abrazados; el mundo no les trae novedad. Algún día caerán nuestros edificios, y se harán viejos; igual que nosotros contemplamos con superioridad esas callejuelas medievales, que algunos pueblos conservan, nuestros predecesores harán de nuestra pequeña locura existencial un retablo de historia. En cada pueblo aún viven, escondidas, algunas casas vetustas; el progreso no ha conseguido abolirlas del todo. Ellas nos verán marchitarnos, verán marchitarse una vez más nuestras flores, como fueron testigos de la vejez del medioevo, mientras almas caritativas de siglos posteriores se esforzaban por mantenerlas en pie.

Si un turista curioso acude de visita al castillo, comprobará que la mano del hombre lo ha hurgado recientemente. Es algo degradante. Pero hay algo que los hombres no pueden exterminar, pues no está a la vista de los ojos: el sonido. Puede entrar en alguna cámara del castillo, y rezar un monólogo; sus palabras se volverán inmortales, como son todas las que se han pronunciado entre esas cuatro paredes. Se sentirá un soldado cristiano, dispuesto a defender la fortaleza del acoso de los “infieles”, de las voces del mar. Arriba hay un enorme terrado, unos cañones sombríos que miran la línea del horizonte. Puedo imaginármelos irritados, despidiendo andanadas, embriagados en una nebulosa de pólvora y en los gritos airados de la guerra, que resuenan en los muros de Santa María.

El concierto de la guerra es un espectáculo grandioso, pese a las vidas que ha costado. Ha marcado la historia de los baluartes, ha dado carácter a la prosa baladí de la arquitectura, ha dado trabajo a los desvalidos, esperanza a los rezagados, pasión a los fuertes y un motivo de encomio a los artistas. Hay otros edificios de no menor belleza en mi patria, que esconden la paz y el recato: hablo de las catedrales. Los alrededores que circunvalan la catedral de San Nicolás, son casi siempre tortuosos; rondan mendigos, parásitos y prostitutas, que juegan como hijos del diablo a esquivar los peligros y a proclamar sus angustias. Las callejuelas horripilantes, desgastadas, son un vivero de humedad durante el día, y por la noche les resulta fácil cubrirse de tinieblas y vedar con las sombras las iniquidades que se cometen. No obstante, la vieja catedral, un edificio noble aunque no muy sonado, sigue acogiendo bajo sus puertas longevas, a las limosneras; adentro, los fieles se adentran en la oscuridad piadosa, espiritual, reminiscencia de las catacumbas de antaño. Toda la iglesia se halla en un aura de misterio, de lobreguez arcana, y los inocentes pasos del visitante retumban en las bóvedas inmensas y ornamentadas. Se escucharán algunos susurros de beatas, arrodilladas en los confesionarios, donde se recogen y evalúan las más terribles añagazas del pecado.

Sería imperdonable que dejásemos a los místicos en sus arrobamientos, sin apenas preguntarles qué les mueve a esa desdicha, ese rictus de fantasma que los hace caminar como momias. No sabemos si eran santos que de repente cobraron vida, igualmente ignoramos si eran personas cuerdas que aspiran a convertirse en esculturas; pero lo cierto es que aquí nadie se enmascara, que todos antes o después pasan a ocupar una urna. He apreciado espadones romanos, que sin ser objetos sagrados ni merecer siquiera el reposo de que se los exhiba, han pasado gran parte de su vida como un elemento pintoresco de nuestros museos. ¿Qué eran aquellas hojas de hierro, promotoras de la guerra, oxidadas por haber vagado por nuestras costas durante siglos? Nada, no eran nada, ni siquiera conocemos quién fue su dueño, es más, aunque lo hubiéramos sabido, nunca certificaríamos que fueran de algún personaje notable; lo único que sabemos es que han derramado sangre, y han hecho honor a su sacrosanto oficio, de ensartarse en las mismas sienes del enemigo. Pero no trastornan al público, sólo son historias, cuentos que nos ha contado la Historia; sin embargo, hay mujeres que se desmayan a la sola vista de las cámaras de gas donde los nazis exterminaban a los judíos.

La Historia transcurre, nos han quedado manuscritos, y los hallazgos y las mismas iglesias y que se alzan ante nuestros ojos verifican la verdad escrita. Alguien pensó que sus hijos después de ellos poseerían la tierra, y tuvieron la amabilidad de dejarles constancia de su paso por la tierra, para que no los olvidasen. Con el tiempo, los hijos tuvieron hijos, y así los padres fueron abuelos estando muertos, y luego sus hijos envejecieron, y trajeron nuevos hijos; los padres manifestaban todo su interés por que sus hijos siguieran las mismas huellas, pero los hijos se revelaron contra los padres, y los nietos contra sus padres, y los nietos de los nietos, de la misma suerte, no quisieron ser diferentes. Los hijos de los hijos fueron mudando el mundo, y en todos los aspectos de las artes retomaban los que unos habían comenzado, cual si fuera material mostrenco. Se crearon las propiedades y se enojaron unos con otros, porque querían olvidar a sus padres, y queriendo huir de la locura de las generaciones crearon sus propios imperios, y sembraron las tierras y los desiertos con hombres que desconocían que hacían allí y de dónde venían.
Sólo nos quedan las ruinas de lo que ha sido poner una idea encima de otra, idea tras idea, año tras año, vida tras vida, hasta que todas las ideas se erosionaron por el paso del tiempo, y sólo quedó eso, historias y recuerdos, lágrimas de la naturaleza, ciencias nefandas y tabúes horrorosos, glorias efímeras y fugaces pensamientos, cosas que dejaron los hombres al pasar, castillos y catedrales.
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1 comentarios:

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g.p.a.p.
admin
23:15 ×

no me parecio muy buena la historia espero que la mejoren att: g.p.a.p.

Congrats bro g.p.a.p. you got PERTAMAX...! hehehehe...
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