Qué diablos leen los niños. El fantasma de Cervantes está cabreado

«¿Alguien dijo que los niños ya no leen...?». Así comienza el editorial de este mes en librosenred.com. Como queriendo justificar una denuncia que a estas horas viene siendo irrefutable, señala los éxitos de la escritora británica Joanne Rowling en el mundo literario, sus romerías a la búsqueda de editores, sus esfuerzos para emerger de la pobreza y el anonimato. De esta suerte, haciendo un sutil hincapié en la teoría de la supervivencia, anima a los innúmeros escritores que se mueren de hambre por no recabar de su prosa más que una fruición privada. Indudablemente, habrá quien escudado por estos testimonios, haga su propio examen especulativo, «Si lo hizo la tal Rowling, ¿por qué no puedo hacerlo yo?». Entonces, cuando ya andaba al borde de la frustración y la clausura escéptica, volverá a los despachos de los editores a lamerle los zapatos y suplicarle por un temerario lanzamiento de cincuenta ejemplares.

A mi juicio, esta historia agravada por la sensiblería y la ficción, no tiene el más mínimo precedente ni nada que pueda serle útil a un aprendiz de escritor. Indudablemente, habrá que empezar a preguntarse no ya si los niños leen o no leen, sino qué farragosas fantasías les meten en la cabeza o si tomándoles por excusa las utilizan para inculcarnos sus trivialidades en la buena literatura. Creíamos que las historias de magos y aprendices de brujos estaban ya enterradas desde que Cervantes satirizó con el agudo aguijón de su pluma los libros de caballerías, y con ello, los magos que convertían las hazañas del Quijote en puras locuras de hombre perturbado. Sin embargo, los hemos sacado del baúl y todos los hechizos medievales, así como las películas americanas han dado vida y color a someros dibujos de entelequia. Naturalmente, concibo el pensamiento didáctico-psicológico que llevan en sí los cuentos fantásticos, inyectando en el niño una especie de sentido estético, una fe incorregible en los presagios y secretos de pipiolo, como si todo ese mundo colorido y maravilloso fuera todo lo que hay en la vida. Señalarán muy sabiamente los entendidos este dictamen, en el cual yo no difiero para nada, si bien le resto importancia en cuanto a su pábulo furtivamente pedagógico. Yo no discuto los presuntos adelantos de la psicología, ni es mi labor el hacerlo; sólo describo tardamente los frutos funestos de la cosecha, las repercusiones de sus científicos arbitrajes, y concluyo que aunque en el estudio sociológico son harto instruidos, son igualmente peces en la percepción de lo visible.

Yo soy del pensamiento de que hay que pasearse entre la plebe para conocer sus aullidos, navegar por el estómago dañado después de administrado el veneno, y no hablo de hacer vanos estudios de paradigmas y otros elementos que podrían tratarse de excepciones. El que un libro se venda a gran escala, sirviéndose de la corrupción publicitaria para su éxito, no determina la calidad del libro, como tampoco la mayoría determina lo que está bien o está mal. Sin duda estamos en una época en que no se tienen en cuenta las concepciones de los filósofos, así kantianos como socráticos, acerca del populacho proliferante, que ha de tener siempre un criterio subjetivo, irracional y fácilmente manipulable. El efecto devastador de las versatilidades de los editores hace que cuando surge un escritor medianamente admisible, por no decir del montón, toquen concierto delante de él y el sonido tronador del bombo anuncie su paso a kilómetros de distancia.

No sólo es que Harry Potter es un libro infantil, sino que los niños lo leen encantados y seguirán leyéndolo hasta que encanezcan. Hace poco leí en un periódico que había un enorme porcentaje —no recuerdo el número— de profesores de secundaria que habían leído esa gran obra fantástica y sin embargo no habían puesto sus dedos en el Quijote. Y esto, señores lectores, se publicaba durante este año, cuando se cumple el cuatricentenario de la Obra Maestra de la literatura española y universal. Ahí tienen los grandes éxitos de los psicólogos, cuyas recomendaciones se tienen en tanto, que ya son muchos adultos los que se dan por aludidos al referirse a la lectura de obras instructivas. Cervantes no nos lo perdonará.
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