El artista en la cima

Los campos anochecidos, llenos de lucecillas fluctuantes y murmullos remotos, contemplan el concierto de la noche: los caminantes, austeros, meditabundos, advierten con sorpresa que una brumosa esfera de tiznes blancos, con algunas hendiduras, empieza a definirse allá en el cielo y se torna cada vez más blanca; igualmente, la bóveda celeste va adquiriendo un tono pálido, apagado, como si la tiniebla le constriñese a desaparecer y ella aún quisiera expresar su luz nocherniega, torturada, llena de vicios y monstruosas formas que aunque se asemejan a la claridad, no pueden medirse con el esplendor del mediodía. Resignado el viajero, que camina por los aledaños y sendas que circunscriben el pueblo, emprenderá su retorno hacia su inhóspita posada. Se cruzará con algunas catervas de labradores, que regresan de velar los viñedos y que extienden por todo el aura campesina sus hoscos comentarios, sus ramplones consejos, las confesiones bucólicas de algún garrido mozo a su compañero; todos andan algo alborotados a esas horas, y anuncia su llegada el rezongo de sus mastines bravos y cautelosos.

Las luces en las tabernas han expirado, las plazas se han quedado desiertas y los desarrapados gitanos trasladan sus cachivaches del pueblo a la montaña; ya no queda nada que hacer en el pueblo, volvamos a nuestra casa. Mi casa es una enorme crujía que llega hasta una escalera de caracol, la cual se retuerce en raras complicaciones, hasta descubrir una puerta de madera de pino, donde aparece funesto un aldabón representando el rostro de un hombre. Como de costumbre, llamo a la puerta con el bastón y aparece menguado mi pobre criado Arquímedes. «¿Qué hay de nuevo, Arquímedes?», le interroga una voz grave. Arquímedes no responde, persigue a su amo con la mirada, que ha entrado sin demoras y ha penetrado en la quietud del santuario; va tras él, y encuentra en su camino su sombrero de copa y su bastón; los toma en sus manos con la mesura de un sacristán y acude con sigilo a depositarlos en el guardarropa. Mientras tanto, el caballero se mueve en la oscuridad, se quita los guantes y los deja caer sobre el diván; enciende una lamparilla, y aparece, iluminada, la mesa; en el centro de la mesa hay unas gafas macilentas y deformes, la pluma estilográfica y una tabaquera de piel; innumeras cuartillas de papel, formando dos inmensas torres, se ciernen a los lados. La lamparilla, situada estratégicamente en un costado de la mesa, propalaba su luz anacarada sobre los estantes llenos de libros y las paredes empedradas de fotografías, diplomas, hojas de periódicos, esquelas, anónimos, letreros y finalmente el retrato detonante y contemplativo de un mancebo, con un breve epígrafe que rezaba, Juan José Núñez, hijo mío por la voluntad de Dios, y escritor por la suya propia.

Arquímedes parecía un busto que de repente había cobrado vida; acostumbrado a la monótona aparición de su amo, mascullaba con enorme conato sus tartamudeos de fantasma, haciendo a veces temblar los muebles y los objetos... Observaba a su amo, que había ensartado el ojo en el retrato de su hijo, acercándole las gafas para ver más preciso su aspecto. «¿Va usted a escribir, señor Núñez?», murmuró, como temiendo que le escuchara. El señor Núñez hizo resaltar las arrugas últimas arrugas de la vejez en su expresión enojada, ofendido de que su criado le llamara por su nombre... «Quiero decir..., señor». Núñez no respondió palabra, acercóse a la mesa en ademán de respuesta, tomó lápiz y papel, y dijo:

—Hace días que no le hago hablar a la pluma, por más que me obceco en rematar los renglones y emperifollarlo de metáforas, no consigo hacer más de lo que haría un botarate como mi hijo. Tú debes consolarme, Arquímedes...

—¿Yo, señor? —abrió los ojos el fantasma— Yo no sé decirle nada, carezco de espíritu artístico y para mí es igual ocho que ochenta. Lo natural sería que el señor vaya a preguntarle a las hadas por qué la tinta no destila de sus dedos.

—Sin embargo, te pregunto a ti —replicó el señor Núñez, señalándole con el cigarro que acababa de sacar de la tabaquera— Tú debes de saber hasta qué punto he extendido mis tentáculos, has leído y releído todos mis libros, mis artículos, conoces mejor que yo mismo todo de lo que soy capaz de hacer y hasta si te lo propusieras podrías plagiarme tan perfectamente que el público no se daría cuenta.

—Señor, tanto honor... —musitaba abochornado.

—No creas que te estoy adulando, sí, conozco tu temple, tu madera de escritor fecundo; tú enterrarás a los grandes con un memorable epitafio que les hará rabiar en la misma tumba durante siglos. Por eso quiero que me auxilies en esta hora de prueba, quiero saber si estoy tan desgastado que ya no me queda nada que decir...

—¡El mundo se aburre de los grandes genios! Usted, señor, ha conquistado la cima, no tiene por qué torturarse; las musas están con usted.

—Sin embargo, uno debe saber cuándo ha llegado su hora, y si la labor emprendida calará en las futuras generaciones...

—¡Señor! —se escandalizó el asistente, nada acostumbrado a la frustración de su amo— ¡Escritos como los que usted ha hecho, artículos como los que usted ha hilvanado, refranes que usted ha inventado, novelas tan espinosas y tan bien tratadas, aún no sé cómo no le han dado el premio Nóbel! No hay gacetillero con tanta gracia, ni novelista que maneje mejor los personajes; no hay filósofo de espíritu más retorcido, ni dramaturgo más ocurrente que usted; y poetas, que los hay miles y muy malcarados, usted los tiene a todos como sus súbditos y ninguno le replica en verso contra verso.

—Aludes a mis éxitos con tan amplia superficialidad que me sublevo, ¡no es eso lo que yo quería decir, Arquímedes! Es la Historia la que me preocupa, Arquímedes, la Historia. ¿Tú crees que mis escritos podrán transformar el futuro en los siglos venideros?

—De los siglos venideros ya darán cuenta los escritores venideros... ¡viva usted el presente, señor mío!

—¡No, no y no! ¡Ningún presente! ¡Haces que me sienta despreciable! En verdad me asombra que después de tantos años conmigo aún participes de esas zarandajas epicúreas, nauseabundas... ¡bah! ¡Es degradante! Siéntate, y escucha...

Nunca había visto Arquímedes a su amo, hombre capaz, melancólico cuando hacía falta y sarcástico las más veces, tan alterado, tan lleno de ira y tan decepcionado. Lo sentó a la fuerza frente a él, y meneando el cigarro que aún no se había dignado a encender, lo observó entre las dos torres de cuartillas.

—Verás, ingenuo, del presente se han dicho muchas tonterías desde los tiempos de los romanos; atribuyéndole toda clase de disparates, los humanistas resucitaron su efecto vivificador, su impulso a disfrutar de las naderías juveniles que anidan en el corazón como pájaros trashumantes que cualquier día echan a volar... Se dice muy sencillo cuando se es joven, tú aún tienes esas espaldas muy rectas, tus huesos carecen de achaques, tus ojos todavía no han enrojecido y la calva no ha devorado tus vanidosos cabellos; pero cuando seas un viejo raquítico y loco, que se arrastra por la vida, mientras esos tunantes se alegran de su lujuria hollándote como a un gusano, entonces sabrás lo que te digo. Pero entonces, Arquímedes, nunca tengas nostalgia de la juventud, es lo peor que le puede pasar a un viejo, querer vencer al tiempo. De modo, que si el tiempo no es nuestro, sino que avanza sin nosotros por delante, y el escepticismo es camino que no nos interesa, lo único que puede importarnos en la vida es contribuir al bien del hombre.

—Nada más cierto, señor.

—¡Ah, ya veo que me entiendes! Entonces, ¿qué me dirías si todo lo que he hecho en mi vida se convirtiera en pasto mostrenco de las futuras generaciones, y los hombres pudieran interpretarlo y reinterpretarlo como a ellos les viniera en gana, sin tenerme a mí ningún respeto porque estaré tres metros bajo tierra?

—¡No se atreverán!

—¡Sí se atreverán, tú no conoces a los seres humanos! Basta que relumbre una minúscula idea política, un asqueroso interés económico para que manden toda mi obra a una biblioteca miserable, para que cuatro exaltados intelectuales se aderecen la vida a base de críticas nefandas que harán sobre la memoria de un muerto... ¡yo no estaré aquí para rebatirles! ¿Quién se levantará y les dará el mentís a esos críticos literarios, cobardes, cicateros, que después de muerto, bailan sobre mi tumba sin la menor decencia?

—Lo ignoro, señor, pero creo que podrá importarle a usted bien poco; estará muerto...

—Desde luego que entonces no me importará, pero ahora me mueve la ansiedad de evitarlo antes de que mi ángel haya partido...

—¿Y cómo puede usted asegurar lo que ocurra en el futuro?

—¡Por Dios Santo, Arquímedes, nadie habla de asegurar nada, sólo de estar al tanto de las añagazas de la muerte! Ni el propio Cervantes logró que se le celebrara en su época, cuando los escritores caminaban a gatas y manejaban la espada como demonios... ¿Qué podremos conseguir nosotros?

—No sé, señor, es muy profundo lo que dice, que en el futuro se base todo el sentido de una vida...

—¡Claro que es profundo! ¿Acaso crees que se le hubiera ocurrido a otro hombre antes que a mí? ¡Es una necedad! Los escritores no cuidaron de hacer valer su obra, porque ni siquiera se imaginaban que sus descendientes serían lobos rapaces, críticos vergonzosos, devoradores del arte, charlatanes que trastornan el verdadero espíritu de la obra. Dicen que la obra de un hombre lo hace inmortal, pero es el embuste más grande que se ha dicho en nuestro época. ¡La naturaleza mató el cuerpo y nosotros matamos el espíritu!

—Siendo como dice el señor, no sé qué debemos hacer...

—Pensar, Arquímedes, pensar... Dios me ha concedido este amargo instante de mi vejez para contemplar la obra que he hecho y poder decir con él que todo es bueno. Ahora, amigo mío, vámonos a investigar por el mundo, desde ahora soy un muerto que ha resucitado para ver en qué sucias manos se ha dejado mi obra y qué se está haciendo con ella. ¡Vamos, Arquímedes, empaqueta todo lo que tengas! ¡Tomaremos el tren de medianoche! ¡Nos vamos a Madrid! ¡Veremos si este mundo es tan reverente como dicen!

Arquímedes, muy agitado, olvidándose tan pronto de aquella confesión silenciosa para caer impensadamente en todo un viaje, se levantó de su asiento entre tropezones, tartamudeos y cumplidos. Fue a su habitación, y extendió toda su ropa por la cama, repitiéndose continuamente que su amo se había vuelto loco; al cabo regresó lleno de bártulos, y encontró al señor Núñez en el pasillo, otra vez con el sombrero de copa y el bastón. Se puso un gabán negro que le llegaba hasta los tobillos, ayudado por su criado, enseguida sacó un reloj de bolsillo y murmuró: «¡Las once y media! Tenemos el tiempo justo». Su criado, ante la repentina excitación que le había venido, asombrado de la presteza de su amo, subió de nuevo a su cuarto, alegando una excusa cualquiera, para poder recobrar el aliento y dar el adiós a sus libros. Mientras tanto, abajo retumbaban los gritos de su amo, «¡Arquímedes, apresúrate!». Salieron de la casa cuando todo estaba en sombras, y Arquímedes se entristeció sobremanera al tener que dejarla abandonada. Preguntó a su amo qué pasaría con sus libros, a lo que el señor Núñez respondió, «Si sus autores se hubieran dado tanta prisa como yo en morirse y resucitar, no habrían venido nunca a esta casa; deja que los muertos entierren a sus muertos»
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