La política como comedia o número de circo

Yo podría lo mismo representar el papel de un socialista que de un dictador; para cualquier hombre de teatro es fácil encarnar los tópicos tan desgastados con los que nos asombra el mundo. Hay muchos hombres en la comedia, que no se resignan a una interpretación baladí, sin estilo propio, sin su esprit... Por ello es que nos vemos continuamente acosados por el conato de la pasión, la pasión de pertenecer a un grupo determinado, por deshacerse del esfuerzo de la originalidad. Hay quienes son fieles devotos de la Iglesia, pero la Iglesia es un término sobremanera abstracto que no me atrevo a encasillar en cierta comunidad de gentes o en fieles de alguna calidad; también podríamos echar mano de los seguidores de Nietzche, Marx o incluso Bakunin, y no encontraríamos nada disímil al común fervor con que perpetúan sus doctrinas.

El mundo vive en constante vejez, asiéndose de pensamientos acoquinados que penetran en los siglos presentes con una certera vanidad pero una patente inquietud al verse a sí misma anacrónica y desgastada... La historia no hace más que repetirse es una frase muy bonita, pero indagando en el verdadero porqué de su fácil alusión nos encontraremos que la empleamos para justificar nuestra propia ranciedad, queriendo hacer ver al mundo que somos de alguna manera modernos. Pero la actualidad es pura fantasía, un disfraz retroactivo de nuestros políticos, que falsifican con rotunda desfachatez nuestra historia exagerándola, examinándola, olvidándola y transformándola a su antojo si es preciso, generando una sombría nebulosa en nuestras miradas. El populacho sabe muy bien dejarse engañar por las mentiras neronianas, las falsas verdades y las verdades contadas a medias.

Siendo sinceros, las grandes masas que gozan de tantos derechos y libertades no rayan ni un mínimo de propiedad, abundan para nuestra desgracia los llamados estándares de la plebe, lo que está bien visto. Desproveerse de la lacra de las murmuraciones ajenas, de los comentarios y las opiniones que están dispuestas a crucificarle a uno, viene a ser una carga tan sublimemente pesada que preferimos dejarla en hombros más capaces. Todos los dictámenes de nuestros librepensadores, que somos todos, no se salen de la norma; por supuesto que la mayoría divergen en innumerables cuestiones, pero todos participan de esa misma fogosidad, ese mismo tono de soflama, cómo diría yo, un denominador común pero con distintos nombres. Lo que intento decir es que en esencia, casi toda la plebe se fabrica con pocos moldes. Son gallos del mismo corral. La plebe es un término muy amplio, que antes colocaban los patricios a los plebeyos, y luego los nobles al estado llano, y hoy viene designando más o menos a las muchedumbres. Pero a mi juicio esta expresión, la plebe, demarca los límites entre los arquetipos y los trascendentales, entre la futilidad y la excelencia, entre la materia y el espíritu.

Desde la caída del Antiguo Régimen, y puede que desde los primeros tropiezos del capitalismo, la plebe no se define a sí misma, no se reconoce. Adulados por la libertad que los gobernantes reparten a diestro y siniestro, ocultos bajo las apariencias económicas y político-sociales, ya nadie parece pertenecer a la plebe; y por ende, como se identifica a la plebe con la ignorancia y la necedad, a los ojos del hombre no hay más ignorancia ni más necedad, salvo la que desempeñan los contrarios bajo sus insurrecciones morales. Luego todos somos librepensadores, pues hay libertad de opinión. Ya no hay plebe; todos somos plebe.

Hoy día hay muchos llamados filósofos que se esconden entre esa plebe, los cuales hablan como filósofos, piensan como filósofos, viven como filósofos y hasta mueren como tales, pero siguen participando de las cenagosas degradaciones del pensamiento humano. En boca de hombres prudentes, desde hace no mucho elevados a la cumbre por los círculos mediáticos, los sofismas vienen a ser exquisita retórica que encandila a los necios. Los necios, que podrían rezar palabra por palabra los últimos epítetos de su líder, se dedican a repetir como papagayos las mismas consideraciones, juicios, denuncias, argumentos y monsergas que ya estamos hartos de oír.

No digo que no haya verdaderos intelectuales entre la plebe; existen verdaderos genios que atesoran enormes bibliotecas, y se dedican con toda placidez al estudio y a la reflexión. Son hombres maduros, que manejan con experta mano derecha los asuntos de opinión y que de vez en cuando publican algún libro que depare beneficios. Son genios, sin duda, la naturaleza no nos ha traicionado, Dios sigue repartiendo dones entre los hijos de los hombres, pero esos dones son utilizados, a veces, inconscientemente, para corromper a las comunidades ingenuas. Con el tiempo aparece llena de espanto e indignación la minoría de los pesimistas y escépticos, que declaran solemnemente, «He ahí la prueba de que nosotros teníamos razón».

En verdad que hay pocos hombres que procuren evadirse de su época; los intelectuales se acostumbran a ella, los ingenuos pretenden cambiarla, los jóvenes se limitan a vivir y los viejos se confinan en sus tradiciones. Mientras se critican unos a otros en el laberinto de la subjetividad, el sol ve nacer y morir cada día los mismos seres mostrencos y sin gusto propio.
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1 comentarios:

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Anónimo
admin
10:47 ×

Vaya.

Pues yo tuve la ocasión de leer la primera "release" del documento.

se agradece el enlace,
Sansara.

Congrats bro Anónimo you got PERTAMAX...! hehehehe...
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