Cómo arreglar el mundo desde el sofá intelectual

No hay cosa más enfermiza que lo avasallen a uno, y a mi juicio, es eso lo que está pasando en nuestra amada patria. Los infatuados politicastros creen que hacen un favor a sus acólitos señalando y tildando todas las erratas del nuevo gobierno, pero no sé si es que se creen que somos tan sumamente majaderos como para no darnos cuenta de la evidencia. Miento, sí que lo sé; los políticos están acostumbrados a arrastrar grandes masas de ingenuos mentecatos que creen que el drama de la política tiene algún porvenir filantrópico. Sin embargo, creo que ya basta de disipar aparatosos párrafos de oratoria en llanamente constreñir al régimen durante su peregrino mandato. ¡Podrían emplearse en tantas cosas útiles! ¡Cuántos son los diarios que defienden a unos o a otros! Francamente, el erudito de sillón se resiente de su lectura prosaica, a no ser que hayan conseguido por fin convertir su mente liviana en un nido de quijotismo exacerbado.

Si hubiera algo más que mera política en los círculos intelectuales, no nos fatigarían el espíritu con sus homilías monótonas y muy ligeramente paliadas en su ortodoxia partidista. Yo no sé si es que el magma de su rigorosa dialéctica se revuelve y se abalanza, a modo de enormes olas de ambigüedad, haciendo unas veces que su incursión sea elemental y otras tantas irreprochable. En rigor, los modernos columnistas de los periódicos, a la par con algunos de los que ocupan los escaños, siempre se revelan suspicaces, fogosos y maleducados; participan de sus importunas cábalas los pipiolos en el arte de la murmuración, con lo que acaban a la postre mezclándose los ministros y repicando campanas en los pasillos del Congreso. Los editores, ávidos de polémica, crean lo propio para darle más frenesí a la insignificante constancia de la actualidad política, y cómo no, acaban sus publicaciones obturadas y sectarias en las manos de los pobres ciudadanos. Sirviéndose del renombre de sus viles artífices, esos a los que de vez en cuando se les publica un libro, penetran en el amilanado instinto del honrado suscriptor con cierto aire de notoriedad y hasta de eminencia. En resumidas cuentas, que lo que arteramente se prepara y se mastica primero, sirve de alimento insano para el pueblo. Los rumiantes corren peligro de extinción, porque sólo unos pocos no se dejan manipular por el ya casi incontestable conato de las grandes entidades mediáticas.

A mí no me interesan sus trasnochados pareceres, que seguirán repitiéndose por eternidades como sólo sabe hacer la testarudez humana; prefiero relegarme a la hospitalaria quietud de mi sillón, al demudado ejercicio de mis costumbres grotescas, al deseo de belleza en mi acogedor escondrijo. Yo sé que hay quienes desprecian a los llamados intelectuales de sillón, que se coartan al somero comentario, a la apostilla epistolar, a la simple y rudimentaria conferencia; ya sé que ellos quisieran verme transportando pancartas de su líder de un lado a otro de la calle Mayor, o quizás mejor elogiando a voz en cuello las hazañas de los grandes conversadores con que cuenta el partido socialista. Pero, señores, les ruego una mínima comprensión; alguien tendrá que contar el número de niños que se mueren de hambre, alguien tendrá que escudar siquiera las ideas huérfanas, mientras otros se levantan del sillón y a los pocos días se vuelven a sentar de pura perplejidad. ¿Qué quiere usted? Si se nos juzgara por nuestro quijotismo, nuestro altruismo ególatra, estaríamos todos en el Congo belga dando alimento a los desamparados o conduciendo enormes manifestaciones por la paz ecuménica. Poniéndonos todos de acuerdo, emprenderíamos el viaje en un ardid contra la pobreza, en lugar de estar apedreando a los norteamericanos; si de verdad quisiéramos, la máquina del mundo occidental dejaría de funcionar, y echaríamos a perder todo lo que hemos fundado sobre largos siglos de revoluciones. No concibo ninguna premisa elemental bajo cuyos indicios debamos dejar lo que nos ocupa e irnos desesperadamente a la trastienda del mundo. ¿Que quieren ser altruistas? Séanlo, tenemos morada en un país libre. ¿Que, por el contrario, anhelan el ecologismo u otras ciencias querellantes? Nadie le dirá que no.
Los modernos vientos que azotan el moribundo aleteo de Europa se cimentan en que nos han enseñado a querer ganar las causas perdidas, porque en efecto algunas de ellas se vencieron en un pasado no muy lejano. Pero no podemos ganarlas todas, eso linda la ingenuidad infantil, que es como llamo yo a cierta clase de filantropía; nos enseñaron a trabajar por un mundo mejor, pero no tenemos ni la más remota idea de lo que es el mundo. Muchos jóvenes hacen el voluntariado, pero no es sólo cosa de voluntad, pues el cosmos impasible y mostrenco, no le arremete ni el menor asombro por nuestras actitudes quijotescas; nos observa y obedece rigurosamente su elección, ocasiona catástrofes, ordena terremotos y enciende los más colosales fuegos que pueden arder en el infierno; nunca podremos sobreponernos a todo, aunque queramos demorar el instante de nuestra caída; nadie sospecha que el mundo tiene un fin y que en algún momento el Destino habrá de estampar su firma. Esto lo entenderemos sólo cuando dejemos de bosquejar fisuras extraordinarias y tratemos frustradamente de rellenarlas.
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