La casa donde nació (cuentos)

Otrora era un pedazo de carne, un pedazo de corazón que a nadie le servía y decidieron hacer de él un ser humano. Pero dio la casualidad de que aquel cuerpo muerto aún tenía alma y le recriminaba a Dios que aún no hubiese soplado espíritu de vida sobre él. No sabía lo que era en la vida real, un pellejo detestable, albino, con sentidos, miembros, articulaciones y células, la sustancia de un futuro ser; no se imaginaba que tendría que atravesar la inconsciencia del vientre materno, la niñez alegre, la adolescencia ingenua, la juventud apasionada, la melancolía de la madurez y el esperpento de la ancianidad. Pero aunque le espantaba aquel cuadro degradante, ligero de los años y las emociones, no se resignó a ser algo distinto.

Consintió Dios de mala gana que volviera a ser un ser viviente; al fin y al cabo Él tendría la última palabra. Escogió una madre para él, una mujer caprichosa y charlatana, feminista y extrovertida, orgullosa de ser licenciada en Magisterio. Su padre —hasta la posición parece harto elogiosa para este tunante— era un tiparraco de mala sangre, que había seducido a cien mujeres y se había casado porque no tenía otra cosa que hacer. La madre se llamaba Estrella Domínguez, y el padre José Montoya. Así que la estrella del tiparraco se topó con la de su mujer, y se unieron no en santo matrimonio, sino en inicua relación. Del fruto de aquella alianza, nada constatada en sus derechos y deberes, salió aquel niño, a quien ninguno de los dos querían, producto de su exaltación voluptuosa. Así que Dios lo tejió en el vientre de la madre, y de Estrella, brotó un pequeño lucero.

Había llegado el momento de imponerle un nombre, y cómo no, los padres volvieron a discrepar; ella quería llamarlo Antonio, porque el nombre le hacía tilín, y su marido quería llamarlo como él. Si aquel niño hubiera hablado una lengua que no fuera sacrosanta, aquellos padres egoístas habrían dudado de su buen criterio y habrían accedido a los deseos del niño; pero no fue así. Dios hizo que cesaran las discrepancias, dejándoles el impensable don de ponerse de acuerdo: lo llamarían José Antonio, y así no habría disputas. Así que cuando dejaron la clínica, cada uno se llevó en su corazón a un hijo; él, a José; ella, a su niño Antonio. Pero aunque ellos los separaran a veces, el Señor seguía viendo a uno solo.

Llegaron a su casa, y José Antonio aún no había abierto la boca; tenía temor de que sus prontas quejas excitaran el enfado de su Creador y tomara la decisión irrevocable de quitarle la vida; con aquellos padres, todo era posible. Pero pronto empezó a dudar de que fueran José y Estrella los que pudieran matarlo, sino la escasa atención que le prestaban. José Montoya curraba en un pub de mala muerte y su querida esposa era una profesora inmodesta; los unían la belleza de ella, los engaños de él y el amargo sabor de la fortuna, que les era contraria. Estrella no quería quedarse con su niño —tenía otras cosas más importantes que hacer—, y José trabajaba toda la noche, así que el niño era vigilado por canguros y custodios. Fue creciendo, y con el sueldo de la madre, consiguió sobrevivir hasta los siete años, edad en que su padre se largó de casa. De suerte que el niño quedó compuesto y sin padre, teniendo una madre de esas que engordaba con los años, y que se pintarrajeaba los labios y se peinaba con extravagancia, para parecer más atractiva.

Su madre murió en un accidente de coche, cuando viajaba a Madrid para unas oposiciones. De modo que José y Antonio se quedaron completamente solos, y como ya no les quedaban padres, decidieron ser un niño solo. Ya no estaba José ligado al corazón de su padre, porque su padre se había acostado con otras mujeres, y hacía poco que había muerto de sida; y Antonio, tan mimado por su madre, se sentía tan incompleto, tan desgraciado, que se unió con su hermano, y se llamó José Antonio. Aunque siempre había sido ese su nombre, nunca lo había sido en la práctica, sólo en la partida de nacimiento. Cuando su padre lo llamaba, lo llamaba José; y cuando lo llamaba su madre, lo llamaba Antonio. Ahora sólo tendría un nombre, pero no sería pronunciado, porque sus padres ya no estaban.

Así que el pobre niño, que lo único que obtuvo de la vida fue su nombre, y a duras penas, empezó a sentir nostalgia; aterrado de la vida en sus escasos años de niñez, renunció a la alegre adolescencia, a la apasionada juventud, a la melancólica madurez y a la esperpéntica ancianidad. Lo adoptaron una pareja de gays, uno de ellos hermano de su padre. Al ver la patente apatía de su niño, creyeron que tenía algún trauma por la muerte de sus padres. Así que lo llevaron a un psicólogo, y este fue su diagnóstico irrefutable: «Al niño, en realidad, no le pasa nada, pero necesita divertirse, tener relación con amigos... ». Lo llevaron al parque, lo apuntaron a varios deportes en su instituto, pero él seguía mostrándose huraño y amargado. Hablaron con el psicólogo, y les recomendó que emplearan prácticas de relajación infantil, o incluso yoga especializado, para desarrollar la sociabilidad y la seguridad de José Antonio. Lo hicieron, y el niño seguía sin hablar con nadie. «Amigo José Antonio, ¿tú sabes que el ser humano es un animal sociable?» le preguntó el psicólogo, en su última oportunidad para deshacer la hosquedad del muchacho. José Antonio, que no era tímido ni muchísimo menos, le respondió orgulloso «El ser humano que sea lo que quiera, yo soy un animal huraño». De modo, que abandonaron al psicólogo sin obtener mejores resultados; tal era la obcecación del silencio del niño, quién sabe si también de sus pensamientos.

Un día sus padres le preguntaron a boca de jarro: «¿Qué te pasa? ¿Echas de menos a tus padres?» Y el respondió: «No me gusta el mundo, aborrezco a mis padres y no quiero vivir con vosotros». Ellos, que siempre lo habían tratado con tanto cariño, le preguntaron extrañados: «¿Es que no quieres tener padres?» Y José Antonio les respondió: «¿Todavía más padres? ¡No, por favor! ¡Ya tuve bastante!». No quiso seguir viviendo con su tío y una tarde borrascosa se escapó de casa.

Declamando a los cuatro vientos que vino al mundo sin padres, que la vida es una pesada carga y que quería volver a su casa, deambulaba por las calles oscuras, lluviosas, camino de la muerte. Esto ya lo decía viviendo con su tío, que se asombraba de que aún estando en su supuesta casa, el niño replicara: «¡Esta no es mi casa! ¡Nunca he tenido casa en este mundo! ¡Quiero ir a mi casa!» Y buscándola, buscándola, se le pasaron los años, y acabó yéndose a un cementerio. Pasó una vieja reumática, rolliza y enlutada, que venía de enterrar a su marido... «¡Ay, la vida!» El muchacho, en actitud funesta, con sus ojos negros clavados en la mujer, respondió: «¡Qué me va a decir usted a mí, señora!» Pasando por allí, cabizbajo, meditabundo, se sorprendió de ver un ataúd vacío, se detuvo y farfulló: «Otro desgraciado que se empeñó en resucitar. ¡No! ¡Yo sólo cometo un error dos veces! ¡Más no! ¡Imposible! Volvamos adonde estábamos antes, a la cálida tumba, mucho más cómoda que la cuna». Y se tumbó allí dentro, aunque le viniera grande, poniendo sus brazos sobre el pecho y murmurando...: «Esta es mi casa».

La lluvia desciende sobre la hierba verde, luctuosa, del cementerio; sopla una brisa fúnebre, que parece que traiga consigo los lamentos de todos los que dejaron su alma clavada en una lápida; las hojas de trébol vuelan revoltosas, retozonas, quedándose a veces atrapadas en una losa blanca y marmórea; los truenos resuenan en el cielo, como si se hubiera cerrado una puerta. Cuando cesó la lluvia, se escuchó la risa ufana de un niño...
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1 comentarios:

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Mariose
admin
21:18 ×

Interesante, mi primer paseo, miré un poco los escapartes, me asomé un poco y decidí que mañana regresaría con más tiempo, para contemplarlo todo un poco mejor, para así apreciarlo como se merece.
Un beso.
Casualidades, hechos, sueños.

Congrats bro Mariose you got PERTAMAX...! hehehehe...
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