Cómo internet ha cambiado nuestras vidas. Personajes virtuales

Podría decir que la red es un gran avance de la imbecilidad virtual, proveyendo de un nuevo rincón a los innumerables mentecatos que caminan por la tierra sin un objetivo concreto. En esta rueda esférica parecen proliferar los frívolos parásitos de sala de chat, como si saliesen en grandes hordas de alacranes, manifestando por todas partes su suma incultura y sus burlas mediocres; pero, indudablemente, hemos de contar también a los ociosos intelectuales, que constreñidos por el inevitable transcurso de los tiempos, se dejan llevar por las últimas corrientes científico-tecnológicas; pecaríamos también de arbitrarios excluyendo a los típicos jovenzuelos que arruinan sus mejores horas de soledad para galantear heroínas anónimas, ingenuas y posiblemente corrompidas. Nadie se queda fuera, todos sumidos en la tiniebla de la red ven cada día levantarse y acostarse un mismo sol, vinculados por la pantalla del ordenador y el código de sus notas pueriles.

¡Es increíble que puedan pasar tantas intrigas y enamoramientos a través de las ondas! Aquí comen y beben los internautas, retoñan inéditos navegadores, se crean y se destruyen familias, se enfrentan los amigos íntimos, se forjan amores terrenos, se desviven los hombres trabajando y se inventan nuevas lenguas y dialectos que no se habían oído nunca en el mundo real. ¡Podría escribirse la historia de Internet! Con todas sus páginas, todas sus historias de traiciones, furtivos hackers, insensibles plagiadores, terroríficos piratas y ligeras sociedades de dudosa moral... Aquí se escriben ahora los panfletos políticos, y los solemnes islamitas profieren sus comunicados de guerra y sangre; los cronistas escriben sus nimiedades, los escritores investigan arcanos secretos, los viajeros ven la torre Eiffel en babuchas y se hacen paseos turísticos por Londres sin llevar paraguas. Lo portentoso es que aún no se haya abandonado nuestro planeta para enterrarnos todos en una comunidad virtual. ¿Quién nos liberará de este sueño inacabable? Los peritos informáticos, genios en su arte infinitesimal, tienen fama de muy descuidados y despistados. Son seres rapaces, incautos, víctimas de su propio desenfreno, al cual alimentan cuando es de día y vigilan con un ojo abierto durante la noche. El placer de su retorcida realidad no les deja dormir, no saben ya si para mover las manos deben apretar el botón derecho del ratón o si quizás será necesario formatear su cerebro para que vuelva a funcionar cuando sale el sol.

Curiosamente, programadores y simples navegantes se encuentran en el común juego de lo irreal; charlando a modo de complicados ritos, que se dijeran los conjuros de un mago medieval, se malentienden con torpes e imprecisas instrucciones que acaban deteriorando el muy noble idioma de nuestros patriarcas. Cómo no, yo también me he servido de esas pláticas ociosas de holas y adioses, he mudado el uso natural de la lengua para seguir sus tácticas y no me tomen por un ser de otro planeta; porque en rigor, los que no han abandonado la presencia táctil y visible de nuestro mundo contemporáneo, este que sucumbe bajo las críticas a lo imperfecto, poseen cierta timidez al penetrar en el mundo pedagógico de la informática, y sus primeros pasos son torpes y sus tratamientos con el ordenador nunca son de hombre a hombre sino de rey a esclavo. Aparentando una usanza que no se tiene, pronto van conociendo las prácticas habituales de los versados; se cultivan en la forma de formular las típicas preguntas, el modo de intervenir en un foro para que no lo clasifiquen de cursi o trasnochado, saber en qué lugares conviene la presencia de un novato y en cuáles debes retraerte con obediencia y sumisión. Al cabo de muchos desmanes, sinsabores, desagradables encuentros, peripecias entre botarates y triunfos en los chats, acaban convirtiéndose en astutas polillas, que se sirven de trucos inverosímiles y destrezas impensables que han ido cultivando a lo largo de sus días virtuales.

Un buen día, cuando se reconocen rudos y miserables frente al espejo, se dan cuenta de que ya no es aquel hombre sencillo que compró un ordenador de segunda mano, sino un repulsivo fantasma cuyos dedos tiemblan de tanto oprimir el ratón, cuyos ojos arden de tanto observar letras luminosas, atisbando así la esperpéntica evidencia de que ha encanecido frente a la pantalla de un ordenador. Su cabello que antes era joven se ha hecho de plata; sus ojos se han hecho almendras; su nariz ha aumentado el tamaño y sus dedillos se han dado de sí.

Hoy por hoy, conociendo las veleidades de la actualidad social, no hay duda de que se afinarán las herramientas para devorar a los que están cansados de soñar el mundo real, posiblemente lleguemos a trasmutarnos en pura computación infinitesimal. Cuando inventen la manera de emborracharse a través de las ondas de Internet, la costumbre cíclica de salir de noche desaparecerá para siempre. Sólo hará falta aguardar una época de cierto hastío, en que anden las masas tan encandiladas con el artificio humano que quieran convertirse a sí mismas en marionetas con hilos.
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