Vaguedades literarias sin ton ni son

No me impele un motivo álgido para escribir, como algunos consideran; digamos, que aunque soy decididamente eventual, me sumerjo vagamente en el abismo de la prosa, sin una idea preconcebida de lo que voy a plasmar en el papel, tal vez con cierto recelo, pero es indudable que no me han llamado las hadas. Algunos creen que las oyen, vociferando en los bosques como intempestivas ninfas, y según perciben con su oído fino, es a ellos a quienes llaman a irrumpir en las presentes chácharas de la poesía; como si el alma pura de la lírica rogara por medios insospechados que alguien venga a rescatarla de su sepulcro. No son poetas, sino aprendices de amantes que cabalgan enseguida felices, trotando por esos mundos bucólicos, aunque zozobrantes e indecisos en algunas horas; parecen príncipes de ficción que van a la búsqueda de su amada, que ellos creían muerta, pero que en un breve beso resucita.

No, no me toméis por lo que no soy, escribo vaguedades, muchas veces sobre viajes que he hecho, cuadros que he contemplado, mujeres hermosas que me han hablado, ligeras sentencias que me hicieron gracia o simplemente el ridículo atardecer que denota el mediodía. Si mis expresiones entresacadas de la exageración de lo visible, dan lugar quizás a malas connotaciones, no es menester que sea mío el honor de poner los puntos sobre las íes; mis propios escritos, uñas de mi carne, polvo de mis huesos cada día más gastados, juzgarán al osado en su preciso momento, si los ha tratado bien o con desafinado frenesí, si les ha dado el extinto valor que merecen o los considera mera puerilidad de alguna pluma insurrecta. Por favor, yo no espero que alguien me lea, produce cierta sensación de incomodidad, de timidez, en suma, de desagradable inquietud; me apesadumbra que detrás de estos manuscritos haya un ojo furtivo contemplándolos, más si es un ojo crítico, que quiere hacerse partícipe de mis intimidades blogerianas. Por eso, aquí en la soledad de mis rincones rancios, de mis arcanos desvanes y subrepticias alcobas, voy sacando y puliendo embadurnados personajes de ficción, simples seres de cuento cuyo sino yo represento desde la inabordable altura de mi sillón. No hay una honda paridad entre mí y este denostado ardor veraniego, entre mi parca naturaleza invernal y el concierto grotesco del sol imparcial y las playas rebosantes. Impregnado de sudor hasta el sopor, evoco esas noches de hambruna invernal en que nos recogíamos en cálidas mantas hasta que la tormenta había pasado; evoco esas lustrosas mañanas de resignación estudiantil en que nuestras almas audaces acudían meditabundas al encuentro con el estoicismo y las matemáticas.

Cómo iba yo a dejar de comentar no obstante el inevitable transcurso del tiempo, esta ridícula rueda en la que nos encontramos, esta esfera paradójica que sirve a tanto nervio y a tanto meneo. No sé si la tierra gira por que así Dios se lo marcó como un hábito irrevocable, o es que quizás los nerviosos trasiegos de nuestro gobierno, las palabras acaloradas de sus politicastros, el ir de acá para allá en constantes confusiones, revuelven el mundo y lo hacen dar vueltas por puro mareo. Lo cierto es que en este efímero lapsus entre la primavera y el otoño, en este horno agotador en que se nos corrigen los vicios del habla, se añora con más paciencia la naturalidad casi siempre poética del pasado y suspiramos por su pronto regreso.

¡Qué revoltijo de papeles! ¡Qué anarquía! ¡Y cuántos pensamientos que aún no he dado a luz andan revueltos por mi mente! No sé si será este desorden lo que me constriñe a este pequeño escarceo por los diminutos recovecos de mi despacho, pero desde luego he armado un buen alboroto con mis discursos repentinos, mis palabras súbitas y malaconsejadas. Si al menos una brisa penetrara por mi ventana y se aireara esto un poco... ¡Pero, no! Podría perdérseme algo, podría olvidárseme algún que otro pormenor de mi escritura y ya no poder volver a escribir sin recurrir al plagio. Tengo a mis lectores inertes de pura indiferencia, muertos en su inexistencia remota, tal vez leyendo un periódico a falta de una lectura menos chabacana. Tengo infinitud de temas pendientes, amontonados en mis anaqueles, ya instalados por su cuenta y riesgo, como si no quisieran esperar a que yo les pautara los compases académicos bajo las cuales ofrecerse a la mirada del público. Mis ideas andan como desnudas y me avergüenza mostrarlas en tal estado, por eso me he visto ligeramente ocioso durante el estío. Mas ahora, que resucita el quebranto irregular del tedio, ofreceré lo que he descuidado, con la misma agudeza y el encanto con que lo reflejaba antes de mi muerte vacacional. Escribiré, sin duda, escribiré mientras me quede tinta circulando por mis venas, siempre y cuando me perdonen algún que otro prurito mío.

Sé que no faltan temas para hablar. ¡Temas, temas, temas! ¡Aborrezco esta evasión de una palabra más precisa! Quiero estimarlo por ocurrencias, no por temas; la vida no se fracciona en temas de diversa índole, la vida es un todo indivisible, una sustancia imposible de diluir que arteramente cogemos con las manos y tratamos de pasar de la diestra a la siniestra. Y de eso, ya sin más rodeos, de ocurrencias, sé que ha habido muchas. Han ocurrido ínclitas hazañas y curiosas repeticiones del pasado, los sibilinos duendes del mal han vuelto a dejar su semilla letal en los hormigueros de las ciudades notables; en el terreno doméstico, aún quedan muchas necedades por reprochar, denuestos sin número que se revelan en los pasillos sombríos, incendios exacerbados que devoran la sierra y causan grotescos desafíos entre los responsables.

Siempre llego tarde a donde se me requiere, pero al menos llego. Llego tarde a escribir sobre los asuntos impertinentes que acontecen en el sagrado tiempo del descanso, cuando se alimentan los caprichosos trapicheos del deseo. Sin embargo, llego, con aliento apagado del escritor abochornado, añorante, ligeramente enamorado, que sueña en el nefasto acomodo de su silla el regreso de esos copos de nieve, ilusorios presagios si no de lo que ha de venir, al menos de un espíritu vago que se le aproxima.
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