El agosto español. Imágenes de un verano aburrido

Llegó el agosto, y con él los zaheridos ajetreos de placenteros viajes, excursiones al campo o a la playa, errando siempre de los aeropuertos a las estaciones de tren, de las estaciones de tren a los aeropuertos. Es casi absurda la facilidad con que se hacen las maletas, se meten a los niños en el coche y desaparecen de la circulación. Las grandes masas siempre juiciosas, siempre alambicadas, salen a las carreteras a pleno sol, soportando el paroxismo melancólico de las caravanas. Dejan en el cielo gaseoso de las capitales como una rancia brisa de inapetencia y aburrimiento. Los solitarios currantes amanecen tristes en sus argentinos camastros de ciudad, levantándose con resignación lastimera, luego desayunando cualquier nadería y al cabo abriendo una ventana para airear el cuartucho agosteño. Cualquier acomodado prócer, de esos que se llaman filantrópicos, hubieran empeñado la pechera por estar en aquel momento ignominioso consolando la estival flojedad del obrero. Hasta que eso se cumple, no obstante, aguarda en el emporio la figura torva e indignada de la solícita hormiga, observando cómo se esfuman a su paso familias arcaicas, de igual modo que los comercios cierran sus puertas excusándose con un chabacano cartel que ni siquiera está escrito a máquina.

Las colas interminables que se hubieran visto cualquier semana de mayo han dado paso a la austera presencia de unos turistas inquietos, amilanados, que temen romper cualquier objeto que encuentran y con dificultad se aventuran a pronunciar una palabra en su idioma. Las siempre agudísimas palabras del locutor de radio se han mudado en las torpes recitaciones de su suplente mediocre. Nuestra muy amada patria, trágica en los días reglamentarios, se vuelve aún más meditabunda en los meses de verano, cuando todos sus moradores parten a las lindes soleadas del mar. De un día para otro, las populares avalanchas de gente que llenan desquiciadas las capitales se trasladan al aire salvaje de las quintas, al plañidero arrullo de las olas, a la cálida caricia de la brisa que vuela levantando arena y meciéndola en el aire. Se guarda el traje abotonado y los corsés prietos, y se sacan los bañadores livianos y las gafas oscuras. Ese aire irrespirable donde se aglutinan las abejas vociferantes, repicando por las aguas y tostándose al sol, contrasta sobremanera con el puro sabor de vacío que queda en las ciudades, devastadas, mortuorias, fantasmagóricas.

Yo he probado ese aire de soporífera inapetencia; como es muy calurosa mi patria chica, y siendo además escritor, no podía faltarme esa sensación de haber huido a otro planeta... Paseo por las calles yermas, escuchando los ecos furtivos de las paredes, las confidencias que se hacen en las rejas, las familias que regresan de la playa atravesando la Rambla. Al cabo del tiempo, con el retorno de ese vientecillo otoñal, cargado de rocío y buenos pensamientos, el que ha pasado el agosto afanando halla su reposo, se convierte en testigo del regreso de las masas, que aunque desconocidas y las más veces estúpidas, significan para él una espiritual compañía. Lo mismo para el estudiante que holgazanea ocioso sin ningún propósito firme, sin ninguna ilusión tumultuosa, llanamente se rinde al tedio soporífero de la inactividad, tan anhelada en las épocas duras y tan aborrecida cuando se siente en el paladar.

Se abate uno con la esperanza del regreso de la noche y la poesía, el inconstante traqueteo de lo insospechado, las prisas, las emociones metropolitanas, única diversión en una ciudad grande, de cemento y hormigón, pero a modo de mausoleo, de escultura pétrea y blanca que aguarda a que la admiren o a que pase el tiempo. En verano se distingue el verdadero espíritu de la ciudad, el silencio opaco de los ecos del corazón, el quedo susurro de la melancolía. Por eso tal vez las masas huyen despavoridas, porque les asusta el tedio de la soledad, el calor bochornoso de sentarse en una mecedora y discurrir sobre la existencia del hombre y su encendido afán por conquistar las puertas de la cumbre. No habrá tiempo para etapas metafísicas, si las muchedumbres acusan semejante pánico ante la inseguridad del estrépito, porque cuando estamos solos, las paredes estrechas se constriñen sobre el meditabundo intelectual, que observa asustado temiendo verse atrapado en los complicados claustros de una pirámide. Las gentes huyen de la ciudad, y el calor lo llena todo.

Volverán los empaquetados empresarios a llenar los pasillos de los edificios, y los borrachos a hacer ambiente en las barras de los bares; el murmullo melancólico de las cafeterías, de resignados sorbos y mohínas confesiones, se mudará en el estruendo mágico de la gente pululando, riendo, yendo de acá para allá, cumpliendo devotos el único papel que pueden interpretar los hombres civilizados. No traen nada de la playa, nada que merezca saberse o contarse, traen los mismos exóticos pensamientos y proyectos, algo traspapelados en telarañas, confundidos por sus risas mediocres en los bares hasta las tantas de la madrugada. Pero, sin embargo, volveremos a verlos circular por las avenidas, algo más enervados, algo más peripuestos que antes, si bien con una mirada patética, que parece estar puesta aún en el infinito del mar, unos ojos que aún acarician el color radiante de los arenales, unos oídos que echan de menos el monólogo de la brisa y las olas sosegadas, llegando hasta a la orilla en su fanático asedio y murmurando soñolencias horribles que suceden a centenares de leguas.

El cielo limpio de nubes, que parecían haber huido, volverá a erizarse de su pústula blanca y espesa; olvidaremos la vista rutilante del espejo añil, sólo nos podremos reflejar en el espejo casero, aún semidormidos, aún rezando hueras reminiscencias del sueño, cuando nos avise el despertador en su alarmante sobresalto. Cuando salgamos a la calle, no veremos a las concurrencias nulas, infelices en sus ansias de locura, antes atisbaremos hombrecillos campantes, sin oficio ni beneficio, escritorzuelos solazándose en mirar a la gente de reojo, parejas paseando en su éxtasis melancólico, solitarios próceres repasando abstraídos las cotizaciones de bolsa, toscos aficionados de fútbol departiendo sobre necedades, los ininteligibles ecos de la emisora que ya linda la demencia.
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