Aventura amorosa. Relato de un barbero donjuán

Ligera paciencia la de los barberos, hombres de buen proceder en sus artes barberiles, pero que en seguida, cuando no encuentran algo en que preciar su trabajo, se vuelven furiosos, insufribles, dándose a la lástima de su degradante oficio, quejándose de estar siempre llenos de hogazas de pelo, pellizcos de mostacho y sudores grasientos que se adhieren a su navaja barbera. Para el cliente habitual, el haberlos visto en ese estado de absurda incertidumbre, en la que sus barbas oscilan entre quedarse a medias o bien trasquiladas, ya supone una enorme vergüenza, un deshonor intolerable que se apresuran a reparar echando mano del acero o si son hombres de pluma, de la más curtida retórica. Los taciturnos aprendices, que siempre andan a gatas como canes ofreciendo a su amo redomas de perfume u otros condimentos para el cabello, huyen despavoridos al menor grito de sobresalto, por si su distraído amo ha rebanado la oreja del señor en lugar de lo que éste le pedía. No es del todo impertinente la maña que se dan los de este oficio a mutilar a sus asiduos de algún miembro de la cara, porque es hecho muy conocido que antes de ser barberos ejercían la labor de verdugos con sutilezas de la misma industria.

Pero tampoco crea el escandalizado lector que sólo son estos los quehaceres de un honrado barbero; no hay duda que a las horas nocturnales, cuando se desarman del pechero, la cuchilla y la servilleta, se hacen verdaderas distracciones más propias de los hidalgos ociosos a los que acostumbra a degollar que de varones ya talludos como él, consagrados al servicio insobornable de una barbería. Por las noches se presentan de súbito frente al espejo, jubilosos, sandios, infatuados, reflejando en su lasciva sonrisa el propósito que anida en su mente. Entra el lacayo un poco timorato, horripilado de ver a su amo en otros hábitos, acicalándose, perfumándose a sí mismo, en lugar de hacerlo con otras inapelables cataduras. No obstante, el orondo fígaro canta una indescifrable loa, mientras ensaya toda clase de genuflexiones delicadas, ya teñido de un sentimiento melodioso de sensualidad. Pídele una cosa a su criado, el criado se la da, y como lo más normal del mundo, el barbero clava sus hocicos inmundos en el espejo, dejando en él un vaho horroroso de la hinchada viscosidad de sus labios.

Apagan la lumbre, cierran las puertas y ventanas, y suben a la buhardilla tortuosa. Allí es donde guarda sus recuerdos nostálgicos de actor dramático, profesión que hubiera desempeñado de no haber sido un hombre moroso para aprenderse los papeles. No obstante y pese a la frustración que ello le supuso, había logrado recabar de sus años teatrales un nostálgico cúmulo de memorias que guardaba allá arriba; de sus romerías por los camerinos de los teatros, de su asedio incesante a las heroínas, amén de un amargo sinsabor le hizo regresar a casa con un montón de retratos de mujeres, ligados a cada uno un cierto perfil, una catadura distinta, una contraria historia y una símil despedida. Ahora. Todo revuelto y disperso en cartas, folletines, alhajas y bagatelas que le habían devuelto, ahora disperso en los almanaques y arcones de la buhardilla, parecía un desván corriente, quizás porque todos los desvanes esconden lo mismo o porque aquél tenía mucho de arcano y muy poco de insinuación. Bajaron una escalerilla de hierro, la cual utilizaban para aquellas entrevistas nocturnas, y subieron por ella confiados de su propósito; primero, el barbero, emocionado por la perplejidad del motivo que lo trasladaba; después, el lacayo, encogido y temeroso de la convicción de su amo, abriendo los ojos a todas partes como hacen esas aves nocturnales.

Los tejados encrespados y las chimeneas puntiagudas, salpicados por la penumbra confidente de la noche, sirvieron esta vez de escenario para la aventura de un barbero sin navaja y un lacayo patidifuso. Los innúmeros y confusos coloquios gatunos sonaban remotos ora desde detrás de las chimeneas, ora le contestaban del tejado de enfrente, ora de la lejana calle ronroneaba un felino errante removiendo en la basura. Creía el barbero que aquellas voces eran las miles y miles de doncellas desesperadas que le llamaban para que viniera a sacarlas del sopor y a despertarlas con sus caricias amorosas y sus cortesías de amante taciturno. Ante el gran cuadro de ventanas abiertas, se le ofrecía un inmenso campo de acción, un millar de oportunidades variopintas y confusas que bien podrían resultar en una afable velada o en una importuna desgracia. Por eso él, siempre prevenido por lo que se encuentra en los tejados, cuyos escondrijos ya conocía y le deparaban una enorme experiencia, llevaba un arma blanca, no muy bien hecha y tampoco muy valerosa, pero que había encontrado por casualidad en la maleta olvidada de un extraño cliente. Como no se fiaba de la ayuda de su medroso lacayo, conjeturando que de hallar algún peligro que tendría él que defenderlo y no al revés, llevábalo sólo de vigilante, para que apostado en una discreta chimenea observase si venía alguien desde la calle. Para ese oficio, tan antiguo en los criados de los gentilhombres, su amo le había regalado un arma de fuego, la cual el pobre aprendiz de barbero no había asimilado todavía y le parecía más un juguete para el pasatiempo de la espera que un instrumento informador de conflictos.

El barbero confiaba ciegamente en la suerte y cómo nunca había sufrido un mal paso, dormía plácidamente a pierna suelta, gozando de los amores de alguna apasionada vecina cuyo marido había partido en viaje de negocios o simplemente la descuidaba por las noches. El amante nocturnal conocía el carácter de todas las mujeres, y según fueran sus ánimos, escogía entre las de su lista cuál le sería de mayor deleite para el momento oportuno. También conocía a sus maridos, a los cuales él despreciaba con locura, porque los veía nulamente venir a su barbería y amenazarle cuando no querían pagar o si no dormirse en la silla mientras él se preocupa por el cultivo de sus barbas. Ellos, los maridos, nunca hubieran sospechado que aquél orondo barbero, aquél fígaro insignificante que ni siquiera era una medianía, podía ser el causante de todos sus problemas caseros. Las esposas revelaban un rotundo amor hacia sus maridos durante el día y eso empezaba a alimentar las sospechas de que se estuviere tundiendo algo ignominioso, soez, en el sagrado lecho de sus nupcias.

Aquella noche nuestro intrépido barbero, romántico en sus afanes señoriles, escogió a una dama rubia de tiznes pelirrojos, exquisita, amante afectuosa y llena de un sin número de fantasías sensuales que podían depararle una hora de placer. Como acostumbraba a hacer, había anunciado su llegada por medio de una carta que le trajo su lacayo. De modo que, para la hora intensa de amor en que había de entrar el barbero triunfante, gallardo y enamorado, por la ventana, en la habitación de la señora estaba todo aderezado. Tenía alrededor de cuarenta años, aunque la beldad de su rostro, sus pestañas alcoholadas, sus labios carmesíes, los potingues, en suma, que ella se ponía por las noches, la hacían una joven de apenas veintidós. En aquellas oscuridades el barbero, tan deslumbrado por el influjo del deseo, no reparaba en aquellos pormenores y en el recato de la penumbra, donde brotaban de tanto en tanto susurros epicúreos y risas gozadoras, no habría distinguido lo blanco de lo negro, ni si el sujeto en cuestión era hombre o mujer. La habitación se componía de lo necesario, y nunca ningún mueble nuevo irrumpía en la habitual alcoba, para que el barbero no se tropezara o pensara que se había equivocado de casa. Tenía que tener las luces apagadas, para mayor seguridad y esperar siempre en la cama, leyendo un libro. La señora había escogido uno al azar de la biblioteca de su marido y pronto se encontró leyendo, o más bien observando las letras, de un Madame Bovary bastante usado y viejo. Ella, pues, aguardaba en la cama, llorosa, sentimental, con sus grandes ojos negros observando de hito en hito la ventana.

De pronto, vio volar como un rayo de luz.

Se levantó de pronto, temblorosa por la indecisión de lo prohibido y vio que aparecía, sustituyendo la vista tétrica de los tejados, su amante.

—¡Jacinto! —exclama alborozada— ¡Has venido!

—¡Manuela!

Y se abrazan; el orondo Jacinto la atrae hacia su craso pecho, tumba sus cabellos lacios sobre él y pone su hocico, baboso, pegadizo, en sus tupida cabeza; la coqueta Manuela, caprichosa, arrolladora, inconsciente de su mujeril belleza, lo abraza como a un muñeco de felpa al que ha querido mucho. El barbero se deja mimar por tan desinteresado amor. Pasa una eternidad.

Al despegarse el uno del otro, aún se pega un mechón del cabello de Manuela a la nariz almendrada de Jacinto; tal era el placer de su carne con que la abrazaba que aborrecía el contacto del aire con su rostro y el espacio entre ellos dos. El barbero no había venido a contemplar un cuadro, en su nostálgico éxtasis platónico, sino a paladear del cuerpo fascinante de la mujer. Al cabo se despega también ese mechón de Manuela, último vínculo que los vinculaba, único puente entre sus almas remotas, que se abatía finalmente como una liana hasta el lugar de donde era original. Como ya no se palpaban, pasaron entonces a las miradas, a hundirse los ojos de uno en los ojos del otro, a devolverse las sonrisas, jugaban a estar uno enfrente del otro; Manuela, ansiosa; el barbero, excitado por la fruición más antigua.

Manuela hubiera querido conversar, conocer los últimos entresijos de la tierra en que penetraba, o mejor aún, del hombre que impunemente invadía su intimidad, sin ella ofrecerle resistencia. Jacinto, en cambio, pasaba por alto aquellas aprensiones, que conocía ya de buena tinta de haber tratado a mujeres idénticas. En otras ocasiones ya había empleado la magia de la poesía, el tentador parlamento melancólico, contándole acerca de injurias, afrentas, desgracias de la fortuna, cosas todas que él inventaba para ganarse su adhesión incondicional. Ahora quería atacar, acometer a la rendida fortaleza, al igual que Tirant venció la batalla deleitosa.

La cándida Manuela supo interpretar el habitual impulso varonil, que ella conocía de sus otros amantes (que aún le quedaba alguno) de suerte que sorprendió al barbero su incasta presunción, su impúdica ventaja sobre él, que se creía donjuán de los antiguos. Al cabo fue ella quien lo derribó sobre el lecho, haciéndole desistir de sus armas de galán, de su indomable envite varonil; esto hizo pensar al barbero, que disfrutaba con locura del instante voluptuoso, que no era él quien conquistaba a la ingenua, sino que la ingenua, amante versada en las aventuras prohibidas, en los adulterios clandestinos, no tan ingenua en el teatro amoroso, y avezada en el simple conyugal, lo conquistaba a él como un número más de su larga lista de mártires. Sin duda las lágrimas serían postizas, engendro de su maestría elocuente, y también aquella voz trémula era imitada, fácil duplicado de una voz novelesca.

—¡Manuela, tú me engañas! —exclamó el barbero, colosal sobre la cama menuda, liviana, de la delgada hermosa.

—¡Hombre, cómo puedes pensar eso! —le replica Manuela, también acostumbrada a algún que otro develamiento.

—Sin duda, has preparado todo esto con algún fin horrendo que no me atrevo a imaginar, y me has utilizado como a un simple figurante de tu maliciosa intriga.

—Calma, querido, no pienses eso —le acaricia la cabellera— ¿cómo podría yo traicionarte? ¿qué me has hecho tú, sino robarme el amor? ¿qué has recabado de mis labios sino un beso y mi gratitud? ¿por qué dudas de mi fidelidad? ¡Abrázame, para que veas que soy tuya!

—¡Ah, mujer astuta, tu astucia te delata! Ese tono, ese rezo, esas palabras... las he oído yo mil y mil veces en los camerinos de teatro, cuando acosaba a las pedantes actrices, Laurencias, Beatrices, Isabeles, todas son iguales; conozco lo mismo sus desprecios que sus amores, a la par falsedades que preceden a un espantoso peligro. ¡Oigo a la alondra, que no al ruiseñor, he de irme!

—¡Ay, Jacinto, no me dejes sola! ¡Todo es vil fantasía!

De pronto, como un espasmo, rotundo, sonoro, escuchóse un eco en los tejados:

—¡Que llega el marido! ¡Que llega don Jerónimo!

Quedaron ambos aturdidos, envueltos en sábanas, escuchando el grito casi portentoso que avisaba al barbero para que dejase su tálamo. Los dos, medrosos, abrieron los ojos en el mancillado lecho, mirando a todos lados y temiendo ruidos en las paredes. Jacinto saltó de la cama entre refunfuños, semidesnudo, se vistió de nuevo la levita, que había dejado sobre la silla y se calzó las botas:

—Mujer infame, por lo visto la fantasía a veces se convierte en realidad... ¡querías que yo matara a tu marido o él me lo hiciera a mí!

—¡No, no! Te aseguro que yo no he planeado nada semejante... ¡yo no sabía que iba a venir! ¡él nunca viene a estas horas! ¡Por Dios, Jacinto, date prisa, no hay tiempo! ¡Si te encuentra aquí, te matará!

—¡Desde luego que lo hará! ¿Crees que no lo sé? Pero si salgo de esta con vida nadie le librará entonces de que la próxima vez que entre a mi barbería le rebane el pescuezo por un fatídico descuido.

El barbero se levantó corriendo y subió a la ventana; Manuela lo siguió desnuda hasta allí, le ensartó los labios en su boca y lo dejó marchar.

—¡Adiós, Manuela!

Y el rostro craso del barbero se perdió entre las sombras, rebotando en las chimeneas, tropezando con todo y temblando por la repentina huida a la que no estaba acostumbrado. Encontró a su lacayo, agazapado, detrás de una chimenea, y después de darle fuertes empujones y reprimendas, queriendo desahogar en él su entusiasmo, regresaron al desván anárquico y apagado de los recuerdos de Jacinto

Oíanse ya los pasos mesurados del marido en la escalera, que retumbaban sordamente en las paredes. Cuando entró a la habitación, encontró a Manuela tumbada en la cama, intacta, leyendo a Madame Bovary, tal y como la había encontrado el barbero. Al parecer, el marido llegaba algo adormilado, borracho diríamos hoy, murmurando familiaridades que solía decir a su mujer.

—¡María, querida, ya estoy en casa! —rumoreó el marido, mientras se desvestía.

—¡Jacinto, cuánto te he echado de menos! —respondió Manuela, sin levantar los ojos del libro.

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