Madrid sentimental. Observaciones de un joven escritor

Yo he viajado a Madrid; yo he caminado por sus calles sonoras, llenas de poesía, sintiendo la presencia vetusta de los siglos muertos; he visto sus casas, esas casas sobrevivientes, menudas y valerosas que guardaron entre sus paredes carcomidas toda la historia melancólica de los amoríos madrileños, las intrigas cortesanas, los simples y decorados coloquios que se mantuvieron honor a esa memoria que se tiene de los lugares notables. Aquí se nota que se ha vivido mucho, que han ocurrido cosas antes de que llegara yo; los solistas ambulantes que se encuentran por doquier lo declaran con sus solfas y bemoles, trasladan al presente los ecos lejanos de la vejez del emporio, que aunque mudada por el tiempo, se revela casi de la misma manera, con el mismo espíritu podríamos decir, aunque con una ligera variación en su sinfonía. Sí, es fácil imaginar que aquí ocurrieron cosas, durante las edades, durante las centurias longevas que hoy se cuentan en los libros; se siente uno trasladado, enfáticamente, a esa época suntuosa de las glorias austriacas, y se vislumbra en que a veces creemos escuchar algo que no se ha dicho nunca, y preguntamos anhelantes, desesperados, al compañero de tertulia, si hay por ahí escondido algún hidalgo macilento.

No obstante, regresamos a la triste realidad, tan borrosa, tan imperceptible, mezclada con la faz de los recuerdos en una misma atmósfera, saturada de voces y brillos de distintas épocas, todas en una misma vasija, pero por lo mismo dotando de una belleza sin igual a lo que hoy por hoy representara un lugar mediocre. En Madrid no, aunque las piedras se han caído y se han vuelto a levantar, aunque sólo atisbamos el aderezamiento de ruinas sobre ruinas, no podemos soslayar la evidencia de que llegamos a una gran ciudad y que no en vano se habla tanto de ella y le linda tanta milagrería, porque conserva el mismo aire, reminiscencia de un pasado no tan lejano en el tiempo. Porque en la capital un simple café no es un café corriente, es un café edificado sobre humanas ruinas, hombres fallecidos, músicas antaño vibrantes, costumbres que se tenían y deseos sempiternos que aún no se han consumado; tampoco suena igual la música, porque si el intérprete carece de virtud, la poesía del lugar añade maestría a sus dedos, calidad a su canto o voz propia a su instrumento.

En Madrid no se pueda andar sin tropezarse con algún fantasma, algún recuerdo áureo, algún retumbo rebuscado; incluso durmiendo en las soledades de un hostal, tan numerosos allí, no puede uno evitar detenerse a escuchar a las paredes, a los edificios gualdos iluminados por las farolas; no teme captar algo de las conversaciones arcanas que vuelan y sobrevuelan las colmenas madrileñas, de ventana en ventana, de puerta en puerta; tampoco le extraña sorprender la pura esencia de lo español, encarnado en el descendiente infeliz de algún noble cuyo recuerdo se ha perdido en el mármol, en la naftalina de la historia guardada. Cierto que muchos no son madrileños, que no participan de su alcurnia omnímoda y con dificultad le vinculan parentescos con algún cristiano viejo, pero la mayor parte han adoptado esa idiosincrasia, invariable, de los pueblos antiguos y nobles. Cuando uno ronda las callejuelas tortuosas, sospechando de incognoscibles miradas asomadas a las rejas, a las altas ventanas; cuando ronda las variopintas puertas de las travesías y sus afluentes, imaginando ilusorias costumbres en los innúmeros hogares de gente honrada, en ese largo instante, conoce por fin el misterio de la heráldica y las generaciones, el carácter predestinado de los pueblos, ese que inventa y conserva con tan milenaria lealtad supersticiones y leyendas.

La comida ha variado un poco desde los inicios de la urbe; se han añadido los más sofisticados platos europeos y han adquirido numerosas rutinas de los forasteros, que han abarrotado la ciudad. Las capitales siempre atraen a los viajeros, aún en las épocas de más estricta inviabilidad y exacerbado prejuicio; aquí puede decirse, que si no la han tomado en teoría, en la práctica son ellos los verdaderos corregidores de la villa; villa que no conocieron, que no fundaron, llena de edificaciones que se hicieron sin su presencia y ahora les sirve de paseo vetusto, teniendo esa ilusión de que alguna vez hubo algo aquí, y que por no conocerlo de cerca, se les antoja como una historia compleja, añadiéndole de su propia industria poética, para sentirse más cercanos.
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