Relato de un escritor huyendo de su tierra

Benedicto Miranda tenía el aspecto de un hombrecillo al que alguien ha dejado olvidado sin la menor consideración. De pie, en medio del hormiguero de la estación de las Delicias, sorteaba con dificultad a los variopintos viajeros que tropezaban con él y lo empujaban, haciéndole tambalearse de un lado a otro, como un viejo raquítico que ha perdido el equilibrio. Cuando pasó la primera acometida de aquellas locuelas golondrinas, que acudían desquiciadas para no perder el tren, se restauró la paz, el sosiego y la soledad. Benedicto Miranda se agachó a recoger sus dos maletas de fieltro, que yacían a sus pies semiabiertas, desordenadas, después de que las hubiera pisoteado aquella horda de excitables transeúntes. Se tomó la molestia de recogerlas y seguir a la turba escandalosa hasta las lindes del tren, donde partían las vías ferroviarias. Allí, con ese ademán del que no siente partir, observó con curiosidad adónde llevaban aquellos rieles de hierro y advirtió que acababan en el infinito horizonte, perdiéndose en el cielo nublado y los diminutos cotos de la lejanía.

Aquella cafetera emitía largos suspiros de alivio, a modo de grandes escaleras de humo que ascendían sobre las cabezas del gentío. Acababa de llegar de la provincia y tras unas horas de viaje dejaba salir otra enorme afluencia de descocados peregrinos, casi refugiados, que desde las ventanas del ferrocarril articulaban toscos y amanerados sombrerazos, gritando al tiempo los nombres de quienes venían a recibirlos. Pronto se colmó la estación de besos y bienvenidas, largos abrazos y discursos; entre la dispersa balumba de abrigos y sombreros que chocaban unos con otros, podían distinguirse apenas improvisados corrillos, ya de efusivos familiares, ya de viejos camaradas que se reencontraban, ya de rudos gacetilleros que tomaban notas y entrevistaban a algún viajero notable. Benedicto Miranda observaba aquellos cálidos y voluptuosos abrazos que se daban a su alrededor, aunque la nebulosa que salía de su puro no le permitía estar más de unos segundos sin recibir algún que otro desaire.

La repentina salida de Madrid del señor Miranda había alarmado a sus colegas del Ateneo. Tras una taciturna velada en el salón a base de té y buñuelos, manifestó la noticia, alegando asuntos de familia, y al tiempo se levantaron hondas exclamaciones de sorpresa. No obstante, y pese a las muchas disculpas que se presentaron al objeto del viaje, Benedicto les replicó después en los pasillos, poco antes de irse a casa: «Mi decisión es irrevocable, ya lo he decidido». Sus habituales tertulianos y amigos de la biblioteca no se resignaron a ver su silla vacía; cada uno, sin el menor acuerdo previo, se presentó aquella mañana en la estación tentado por la curiosidad. Levantando la vista por encima de las calvas y los sombreros, procuraban reconocer a su célebre amigo y escritor, pero una y otra vez se topaban sus miradas. Al fin se reunieron los cuatro, no digo porque en rigor lo desearan, sino para que ninguno lo tomara por una descortesía. Estaban allí entre el tumulto de las azafatas y los revisores, pero Benedicto no aparecía. No eran los únicos que habían tenido conocimiento de la noticia; se había corrido la voz entre algunas comadres, probablemente por la indiscreción de la esposa de algún tertuliano, y el dato había llegado hasta los oídos de algunos periodistas, ávidos de declaraciones impares. Es curioso que en aquellos piélagos de innúmera concurrencia al menos unos cuantos no hicieran más que buscar con los ojos a la misma persona, desconociendo el objeto de otros atisbos también entrometidos. En aquél momento, cuando todos se preguntaban lo mismo, cualquiera hubiera pagado por escuchar el nombre de... Miranda.

Benedicto discutía con un mozo por negarse a aceptar un cigarro como propina; discutían, el uno le decía que era innecesario, el otro que aquello era un desaire, el mozo que aún no había adquirido el vicio del tabaco, el otro que pronunciaba elogios del divino sabor a humo. Al cabo de tantas discusiones, se resignó a ofrecerle unos céntimos, que el mozo no quiso aceptar por ser Benedicto Miranda un personaje tan notable. «¡Calla, muchacho! No digas ese nombre, alguien podría oírte», le reprendía mudamente, casi sin despegar los labios, para que no se le cayera el cigarro, y mirando en torno suyo por si algún hombre curioseaba por encima de su hombro. Allí no había nadie, es decir, nadie que lo incomodara, porque tal era el bullicio de gente que antes se hubiera hallado una aguja en un pajar. El mozo le llevó las maletas, y Benedicto le siguió, como imantado por su guía presurosa, o quizás por temor a volver los ojos hacia otro lado; se detuvo un momento, miró a su alrededor, se levantó el cuello del gabán y continuó cabizbajo hasta subir al tren.

Una vez embarcado, viéndose a salvo de la apretujada multitud, se acomodó junto a una ventanilla, ordenando al mozo que colocara las maletas en el asiento de enfrente, para que él pudiera vigilarlas en todo momento. El muchacho, aún adherido a la ilusión de conocer a un hombre que había leído a Voltaire, no se despegaba de Benedicto, acometiéndole con preguntas y elogios de sus obras. Fatigado de la conversación del imberbe, lo despachó con hoscos movimientos de la mano y un «No sé cómo agradecerte tu ayuda», pensando que así el mozo se iría con viento fresco. Pero aún seguía inquiriendo en la estrecha mente del escritor, queriendo en alguna manera embriagarlo del coloquio intelectual. «Anda, muchacho, cómprate unas chucherías y lárgate!», decía ya algo molesto por el monótono éxtasis del papagayo. Le dejó sin que se diera cuenta unas monedillas en el bolsillo, lo agarró del hombro y le dio largas improvisadas para parar un tren, hasta que el muchacho, contento y sonriente, desapareció por el pasillo y se bajó del tren. No se había ido el muchacho, cuando ya se había quitado el sombrero y puesto los pies encima de las maletas, a modo de durmiente vagabundo, como si en esencia se hubiera embriagado de cierto con la plática del vocinglero, Benedicto.

—¡Eh! —se destacó una voz entre la multitud— ¡Benedicto!

En aquel momento el perezoso escritor, que había dormido escasas horas, abría los ojos y discernía borrosamente a aquel hombre bigotudo y cincuentón que tanto acostumbraba su furtivo gabinete. «¡No, hombre, no molesten!», murmuraba Benedicto adormilado y melifluo. De súbito, se arquearon sus cejas, apareció su frente bajo los mechones, se encendieron sus ojos como los de un búho y reconoció al importuno entre la multitud.

—¡Oiga, usted, revisor! —molestó al funcionario uniformado— ¿A qué hora parte el tren?

—En breve, señor mío, estamos calentando la caldera.

—¡Pues que la calienten pronto, voto a Herodes, que si no voy a ser yo quien lo haga!

Aquél hombre rollizo, vistiendo con mediocridad una levita y un sobretodo deshilachados, avisó a sus colegas titubeante, orgulloso, como si hubiera hecho un gran descubrimiento.

—¡Lo encontré, lo encontré! —proclamaba el viejo llorón.

—¿Dónde, dónde? —preguntaban sus colegas, que se volvieron hacia el zafio gacetillero a quien antes arrinconaban.

—Allí, en ese tren.

Una camarilla de finos preclaros, impecablemente vestidos de sombrero de copa y frac, advirtieron los gritos del buscavidas y se volvieron hacia el tren, alzando los bastones al aire y exclamando atropellados: ¡Señor Miranda! ¡Vuelva usted, señor! o si no: ¡Iremos con usted! Pero en aquél momento el tren se puso en marcha, y su hosca cafetera ya había empezado a rechiflar humo blanco por la chimenea. En breve las ruedas endentadas rodaron sobre los rieles, haciendo un paulatino fragor de gorjeos férreos y gruñidos metálicos. Los cabizbajos caballeros quedaron en hilera, impotentes, viendo cómo el tren escapaba de sus manos, casi aguardando a que se les fotografiara. Luego rompieron filas culpando a unos o a otros por muy ensortijadas cábalas, acusando que Benedicto Miranda los había abandonado por algún insulto u ofensa que se le había hecho.

Cuando el tren ya se había alejado, respirando Benedicto de alivio por la oportuna partida, volvió a acomodarse en el banco y murmuró: «Esto tenía que suceder alguna vez; la infatuada España nunca quiere soltar a sus cachorros. Parece que los encadena y cuando forcejean por liberarse, si puede, los mata, con tal de que no le hagan el agravio de dejarla sola. Así está nuestra patria»
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