Reflexiones de un escritor incomprendido

No se me ocurre nada que decir, nada que hacer, en estas horas muertas. Con cada discurso, con cada proclama blogueriana, estoy coartando, seleccionando a mis lectores, porque no son ellos los que me escogen, si bien primero es el fortuito azar el que los pone en mi camino, bien sé yo quiénes saben escucharme y quiénes no. Sin embargo, quisiera que nadie quedara indiferente con estos mordaces, socarrones artículos con los que tildo y pulo esta sacra sociedad, tan voluble, tan llena de escarnios y paradojas. Lo mismo se ve uno alzado a la rezumante altura del buen crédito, como que lo degradan a portar en sus espaldas la marca del indeseado. Qué curioso... ¡Qué terriblemente curioso, en estas anárquicas colmenas, donde tantos parásitos se acercan a uno cuando huelen miel y se apartan burlones cuando su estómago está harto! Yo me aventuraría a encasillar a este amplio número de personas, aunque prefiero guardarme de ello.

Prosigamos; tomemos de nuevo el hilo por el que se me resbala mi escurridizo artículo, que aún no sé en qué acabará. Cuando un joven madura, halagado por la buena fortuna, desterrando al olvido las andanzas de niño y perpetrando en los habituales obstáculos del mundo profano, sin duda pensamos que ha dado tan grande paso que su mente ha sufrido un desagradable trastorno. De verse insignificante y pollo a reconocerse al cabo de los años opulento y escritor, no puede menos que parecerle una increíble hazaña. Sonríe: ha crecido a golpe de pluma, convirtiendo esos juegos de palabras que tanto hacía en peliagudos argumentos, bien labrados, bien tiznados de su color sacro, hasta peripuestos de forma que pueda hacerse agradable su lectura, quizás por la frivolidad de añadirle unas zarandajas, unas travesuras gramaticales oportunas para la ocasión. Haciendo de la prosa poética que antes escribía una poesía prosaica, se apunta un buen reconocimiento tanto más cuanto se deje atisbar bajo algunas breves intrusiones en tertulias, discusiones políticas o una simple epístola de agradecimiento a uno de sus más excéntricos lectores.

Yo, no. De ninguna manera inquiero con tan inestables fundamentos en el mundo literario; nada de tertulias, nada de discusiones políticas, eso es nefando. ¿La música? Ningún arte hay más bello y a su vez más incomprensible. ¿Quizás la pintura? De ningún modo, qué devenir artístico tendrá un hombre que pasa bostezando frente a los Tizianos o los Goya, sin una lágrima, sin un percatado influjo de emoción poética. Me ciño a las artes plásticas, como un frágil opinante de lo bueno, adulador en ocasiones, aunque sin ningún interés, sin el deseo egoísta de ver pasar ante mis ojos, arte y más arte. ¿Que qué hago entonces? Indudablemente, escribo. Y como yo tengo mucha maña con la pluma, que es eso en lo que se me alaba y lo que se me critica, daba por descontado tomarme ciertas licencias con el porqué de la escritura. Poco a poco uno va embriagándose de ese sentir nato, ese divagar onírico, por las expresiones ingeniosas, las paradojas y los aforismos que otros escritores antiguos se dieron la ventaja irreparable de escribir antes que yo. ¡Qué podía hacer yo, que había nacido tarde, con siglos de retraso! Habiendo nacido tan tarde, merodeando por mi mente este proceso metafísico, sentí verdadera lástima por los escritores que me sucedan a mí, porque sin duda tendrán muchas más lecturas que leer y le quedarán ya muy pocas, si no ninguna, por escribir. Agotándose, agotándose, la arena del reloj, parece que se van acortando las horas, los minutos del mundo, para poder trazar siquiera una lágrima, una ingeniosa lágrima que figure en la historia, como un minúsculo resabio frente a lo que hicieron los genios inmortales.

Si alguno ha abierto el baúl de las ideas hace poco, sabrá lo que le digo. Anda todo muy alborotado por la república de los personajes de ficción, y se les ve a todos gibosos, torvos, baladíes, en suma, indignos de se les haga el honor de entregarlos a la tinta. No obstante, como estoy yo tan ansioso de derramar sobre ellos mis dones imaginativos, mis accesorios creativos, de dotarles de una belleza humana, realista, suficiente para vivir en el mundo ilusorio, ando durante horas rebuscando en mi mente, observándolos, escuchándolos reñir, atendiendo a sus ademanes, reparando en sus costumbres análogas, dimes y diretes, juzgando luego si están capacitados para ver la luz. Luego, cuando los tengo elegidos, y no crea el lector que es cosa fácil el elegirlos, los pongo sobre la imprenta, su gimiente madre, que va pariéndolos uno por uno, aunque como uno solo, como paren las madres los distintos miembros de su hijo, pero todos coordinados, para formar un todo, un indivisible todo, un libro, un hijo de mi linaje.

Hay quienes tienen por el mundo, justamente colocados, innúmeros libros bastardos; no crean que lo ignoro. Y por lo mismo, parece que son tan fecundas, tan desiguales y a la vez tan afines obras, que los discretos lectores las acogen conjeturando su alcurnia de distintos moldes. Aunque todos sabemos, por lo menos yo lo advierto, que tienen un padre común. Sí, un padre, un padre secular, una época ya impresa bajo cuya estampa ya estaban predestinados a nacer todos esos lanzamientos y artificios editoriales que se hacen. ¡Bah! En lugar de consagrar sus ánimos, sus desdichas, sus tribulaciones a una única mujer o a lo más a unas pocas concubinas, tendríamos hoy una obra selecta, variada, digna de recordarse, digna de que se la lea, se la entienda y se la discuta sin el menor de los remilgos, como se hace con los grandes.

Mas, como ya decía al principio, el principio curioso de levantar y derribar genios parece estar en las manos furtivas de unos seres disolutos, arcanos, por lo mismo inmundos y rastreros, que apenas se manifiestan en su esencia distintiva, pero sí que propalan su olor pernicioso, arrogante, y también de una curiosa suerte, venenoso. Cuando a un escritor no se le aprecia, bien porque ha optado por desafiar a la actualidad política, bien por el simple y caprichoso gusto de las masas, se le desecha, se le relega, se le esparce en la etérea neblina, no más apreciándose una depuesta deformación de lo que fuera. Ahí queda el olor pestífero de los escritores muertos que se pudre en la fangosa calle, que se impacienta horrorizada de que ni siquiera se le dé cristiano enterramiento a modo de liviana referencia en algún libro de mártires literarios.
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