Los incendios de España. Físicos y metafísicos

Algo hay que decir sobre una España ardiente, roja, vaporosa, que a modo de tizón humeante se eleva hacia el cielo como un sacro incienso de mortandad. No se distingue muy bien, en esa esfera nublada, caótica de nubarrones rojizos. ¿Será que en el arcano significado del incendio se esconden metáforas o alegorías con las que la Naturaleza juega con nosotros? Otra vez sucede; se queman grandes dehesas, mueren los árboles, la concurrencia se escandaliza y si hay que dar algunos palos, como para desahogar nuestra impotencia, esos van para nuestros políticos padrastros. Los pobres no pueden hacer más de lo que son, ni ser más de lo que hacen; ejercen la labor lastimera del árbitro entre la fatalidad y el pueblo, un pueblo libre de coyunturas, de amasijos deformes de odiosa tiranía, reforzado por los años de fuego y terrorismo, en los que han dejado lo mejor de sus días.

Yo me inclino a precisar el significado menos rústico de estos fuegos estivales, estos calores extensivos que pueblan nuestros aledaños y se tonifican en nuestras ciudades; parece que los edificios aspiren a derretirse en confusos humores, como lágrimas espesas, y que debajo de ellos, si escarbamos, vayamos a encontrar arboledas vetustas, encinares, olivos y soberbios álamos que dejamos caer o tal vez empujamos con mucha decencia; cayeran como cayeran, seguro que allí dentro, habrán conocido misteriosas fórmulas metafísicas, que de descender con Virgilio a los infiernos dantescos conoceríamos mejor. Por las afueras, ya casi es corriente atisbar las enormes llamas luminosas, sudores del cielo, que todo lo consumen. Ocupan su debido lugar en los informativos, y por lo visto, no tenemos excesivo interés en que se dejen de calentar las pantallas. Tal vez sea por eso que nos incendiamos, que la Naturaleza intenta a toda costa sopesar nuestra paciencia, nuestra resistencia macabra; y como cuanto más desgracias suceden, más amplia es la sonrisa de los ávidos presentadores televisivos, razona el fuego tétrico de la muerte que tendrá que vigorizar más sus llamas e incluso llevarse en ellas a algunos infelices para someter nuestra terquedad. Desgraciadamente, en esta ocasión, el fuego no hace más que echarse más leña a sí mismo.

Que nadie me acuse de insensible, pues, porque yo no me siento a escribir naderías sobre hombres que ya no pueden defenderse. Elogio su memoria con la mejor de mis voces, aquí, en este intervalo fortuito en que mi vida oscila entre la avidez del fuego o la progresiva muerte del tiempo. Por eso, yo que no soy afortunado, en lugar de haberme dejado la piel en esta impar batalla contra las llamas, tengo la desgracia de seguir escribiendo y de observar impunemente cómo mis palabras analíticas, reflexivas, avanzan, sin el menor obstáculo. Yo me detengo a escuchar la horrenda voz del fuego, en cuyas fauces yacen hechos añicos los troncos gallegos, y portugueses, y otros más que han devorado en desiguales tierras. Este fuego, no habla como las bujías románticas de las cenas idílicas, tampoco se asemeja para nada al delicado gorjeo del aceite mientras se fríe; es un monstruo mucho mayor, insaciable, inapelable, que no se detiene ante linajes ni ante objetos sagrados. Se extiende en medio del humo, ejecutando su labor destructora, como a oscuras, pero propalando luminarias admirables y compungiendo el corazón de los mortales pasmados, frente a la vastedad de las llamaradas.

Este humo negro que asciende sobre España, augurando el cruel escarmiento del calor, es funestamente expresivo. No dudo que haya causas externas, naturales, como las llaman, o humanas; mas no es mi trabajo escudriñarlas, ni preparar las tesis que se hacen, ni enviar memoriales al gobierno. Yo filosofo frente a las tizones asfixiantes; me siento en una roca y empiezo a pensar, cosa no muy habitual en estos días. En esa ascética abstracción, cuando mis ojos pululan por las ramas del fuego, o trepan por las enormes cortinas hasta el cielo, encuentro en el camino a unos hombrecillos chamuscados, negros como armiños, con una forma aparentemente humana, aunque como revestidos de ciertas limitaciones o, podríamos llamarlas, diferencias con respecto a nuestra raza. Resulta difícil dar crédito a la vasta existencia de esos hombres, tal vez creadores del fuego, quizás lo único que queda de él cuando se sofoca, las cenizas desmenuzadas. En él se deshace todo lo material, lo mismo se derrumban los grandes comercios por su insospechada embestida, que encierra a inocentes héroes entre sus brazos, como murallas mortuorias que separan la vida de la muerte. Estos fuegos han ardido en palacios, bastante a menudo según la historia, y casi siempre son ellos los que la consumen, los que la confunden, plagando de confusas partículas lo que antes era materia, materia artística, histórica, pero materia; ellos han hecho una vana aproximación a lo que antes pudiera haber sido una segura certeza. A su paso se han quemado ciudades, ahí tienen a la Roma neroniana, o si no el vetusto Alcázar austriaco, que se desarmó en lastimeras ruinas, y esto en pleno invierno.

No sólo se ha quemado piedra en las hogueras, también carne humana. Arpías, herejes, iluminados, homosexuales, han acabado sus días tras una manojo de fuegos, perdiéndose su rostro, decolorándose su tez, olvidándose su primera fisonomía, para despertar hecho cenizas. Los hombres aborrecen el fuego, es compasivo en la chimenea, pero en la hoguera despótico; es el símbolo divino que arrasa la civilización, lo que hemos tallado y pulido con nuestras manos, quizás manos empapadas en sangre, pero aún así, manos artísticas, ansiosas de perfección. ¿Qué se piensa cuando parpadean las múltiples llamas, confundidas en el ramaje fuliginoso, en su lucha por conquistar la belleza? Se ha comparado el fuego como el emblema de la pasión, por lo incontrolable y a la vez deseable, de su fulgor. ¿Qué hay en esa recóndita médula, que ora quiere elevarse, ora simboliza al dolor, ora encarna al deseo, ora parece sacrificio, ora se asemeja al amor? ¡Invisible, inexplicable fuego, cuyo principio aún se desconoce! ¿Tú que nos ayudaste a sobrevivir, serás también quien nos destruya? Polvo somos y al polvo volveremos, no obstante también somos aguas, aguas que se inflaman con el fuego y arden en inveterada metafísica. A su resplandor mustio, como espectral, en la nocherniega costumbre, se aparecen a veces misteriosas pasiones, más sublimes que la materia, cuyo único elemento afín es ese incorpóreo, imaginado fuego.
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