Preguntas a un escritor mediocre

¡Voces distantes y raras, rancios consejos que suenan rumorosos rescatando una oscura figura de alguno de nuestros genios, hilvanando su póstumo veredicto sobre los hijos de su propia sangre! Aquí abajo, en la ciudad mortecina que por gracia hemos heredado, pasean nulos botarates, hablando sandeces, atribuyendo ideologías o clasificando en sus esquemas a infelices hombres que nunca hubieran esperado tan tenaz afrenta, cuando los años ya han mudado su memoria en conceptual hipótesis. Cierto es que albergan pequeñas esperanzas, depositadas en algún fiero y osado intelectual cuya presencia prevalece sobre las punzantes boberías de los presentes opinantes. Pero tal es la insuficiencia del docto para culturizar a los indoctos, que no pocas veces ha tenido que retirarse frustrado al placer onírico de sus costumbres curiosas o sus ensayos de crítica literaria. ¡Qué fácil es la crítica literaria para el que sabe, sacrosanta, sin mácula, como un generoso escarceo por la laberíntica historia y el bagaje humano! Tales son los escritores inmortales, tal su integridad y honradez en la escritura, que parece que esperasen que los alabaran de este modo los frustrados intelectuales del nuevo siglo. Se han creado un nombre, sin duda, estos hombres, han inmortalizado su yo valiéndose del postrer elogio, el aplauso lastimero y tétrico de la eternidad; pero, consecuencia de la plebeya propensión de internar en urnas a los héroes, su osamenta se corroe sin dueño, se pierde en el inconstante olvido, se la trae a cuento muy de vez en cuando y luego se la relega otra vez a su urna.

¡Estatuas, bustos inexpresivos bajo a cuya mirada se emocionan los aficionados al arte! ¡Libros, tan sólo libros! ¿Quién puede reparar en la imprecisa obra de un muerto? ¿cómo puede un volumen viejo y descarnado cautivar la atención de un extraño siglos después de su escritura? Por fortuna aún quedan librerías viejas, llenas de libros desencuadernados en sus estanterías vetustas. Yo las he visto en Madrid. En ellas predomina el rancio legado de los años pretéritos, y tras el parapeto literario de los pliegos, las cuartillas, los volantes, que ha recopilado una respetuosa hormiga, un hombre insignificante realiza una tarea aún más increíble en un mundo de locos... ¿Tiene eso vigencia? Cenizas desmenuzadas de un hombre cualquiera, probablemente un ser de no hace muchos siglos, yacen cautelosas por los suelos, velando el resto de los siglos por que nadie las pise. ¿Quién va a reparar en eso a estas alturas? «Añicos, papelotes, periódicos viejos, ¿qué pueden importarme?», pensará alguno. «Escudríñalos, hombre, a lo mejor hallas en ellos escrita la verdad.», les respondería. «¡Bah! ¡Paparruchas! ¡Eso está anticuado!»

Por las bibliotecas, las academias, los colegios históricos, se encuentran libros hechos pedazos. «¡Está escrito muy raro, no se entiende bien!», me comentan sobre una gran joya literaria. «¡Indudablemente! ¡Se trata nada menos que del Quijote!», les responde uno. «¡Ah, bueno!», murmuran con indiferencia. ¡El Quijote! ¡Sólo es el Quijote! ¡No pasa nada! Si leérselo es una proeza, como ya me ha dicho alguno, tal vez importunar a Galdós o ensañarse con Juan Valera sea cosa de enfermos, frenesíes de un insaciable, o peregrino deliquio a favor de una existencia más completa. Así la historia seguirá siendo historia, y seguiremos formalizando ruinosas cábalas acerca de los inmortales, que se me hace que lo serán por poco tiempo. Hace poco entré en una biblioteca de cierto prestigio en mi ciudad: silencio, veteranos debidamente peripuestos, pulidas las patillas, las calvas visibles y brillantes, unos cuantos estudiantes mudos, que contienen la risa para que no los despidan... ¿Eso es todo? ¿No hay nadie más? ¿Dónde están los hombres de treinta, o de cuarenta? ¡En el trabajo, hombre! ¿Dónde están los niños aficionados a la lectura? ¡En el videojuego, hombre!

El bibliotecario, un hombrecillo ronco, bajito, con unos ojuelos quevedescos que te escudriñan, musitaba conmigo para que no se despertaran los fantasmas. ¡No es que aparezcan fantasmas, por Dios, pero a veces..., ya se sabe! Entre tantos libros mártires, escogidos para la ostentación, viejos, desencuadernados, frustrados por su insignificancia, a veces se encuentra uno en un rincón a D’Artagnan, aburrido de aguardar a que alguien lo lea, o a la caprichosa Madame Bovary, insatisfecha de pura vanidad por que ningún amante se atreve a leerla. No es que no se les conozca, que son harto conocidos, y si me apuran hasta se les nombra por aquí y por allá; todo el mundo habla alguna vez de las idílicas figuras de Flaubert o de las llanas peripecias de Alejandro Dumas, pero, ¿quién se va a molestar en leerlos? ¡Si tuviera uno que leer todos los libros del mundo! «Mire usted, el tiempo apremia, la vida va muy deprisa y yo tengo el tiempo justo». Hay lugares en que se estimula a leer, ¿qué me dicen de las oscuras grutas del metro y todos esos trasiegos sobre las vías?, o si no, ¿en qué demonios piensan ocupar el tiempo, cuando el tren los lleve a través de los campos de Castilla, en vez de leer los portentos de Machado? Algún día escribiré, si vivo para ello, una guía de lectura para cada sitio, al menos, desde un punto de vista particular, porque entiendo que cada individuo tiene sus propios gustos literarios y sus esferas románticas para rebosar de placer estético.

Escritor mío, escritor marmóreo, tanto que me burlo de tu inexistencia, ¿acaso esperas a que deje de existir para evocarme? ¿quién me dirá entonces que debo vivir el presente? Unos hombres viven para la posteridad, para la inmortalidad, y otros se degradan a lo baladí, al egoísmo de vivir por vivir, a la entelequia de representar a un figurante para luego ser polvo que destiñe, recuerdo insalvable, inspiración sibilina que a veces rescata un furtivo escritor en los abriles venideros. ¿Que quieres felicidad? Todos la queremos. ¿Qué quieres ambición? Por lo menos tenla para ti. ¿Qué anhelan los que no buscan con diligencia el enigma de la vida? ¿Dinero? ¿Poder? Nada hay más degradante, más análogo a los pensamientos de los animales. ¿Qué buscas aquí, hombre mediano? «Vivir, creo yo, como todos», responde un cualquiera, inconcluso, asombrado del calibre de la pregunta... ¡Oh, ignorante vividor, todos queremos vivir! ¿qué duda cabe? ¡Todos anhelamos inmortalidad! ¡Ninguno abomina el amor! Mas... ¿en qué forma?
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