Agonía estival

La ciudad se ha vuelto a convertir, como la tradición obliga, en una jauría de frenéticos asalariados, cangrejos sobre chanclas, agrios sedentarios de sol y playa que regresan, como vampiros soñolientos que apuran el amanecer. En fin, multitudes que se baten por un espacio en la primera fila de un paso de cebra o que se pavonean al cruzar el semáforo en rojo dejando atrás al resto de adversarios en la lucha por el despiece de la calle. Como todos los septiembres que recuerdo, mientras unos dedican sus pies al placer de ser descuartizados en el asfalto todavía caliente con tal de capturar el último átomo de sol para sus lúcidos cuerpos bronceados, otros nos sentimos extraterrestres rememorando las tibias tardes de agosto, que eran lo más parecido a un desierto urbano, silencioso e inhóspito, en el que el único deseo de encontrar un trozo de sombra podía ser desplazado al atravesar la calle sin bocinas ni puntapiés y sentir la heladora exhalación de un comercio abierto –y vacío, claro—. Lástima que el tiempo no frene en algunas ocasiones, o que no seamos propietarios de la brújula de estas multitudes para poder lanzarlas al otro lado del mundo antes de que seamos nosotros los que tengamos que pedir asilo o refugio.

Apuro las últimas horas de lectura que me permite mi perenne vida de estudiante, y en una repentina ensoñación se me ocurre abrir la ventana para descubrir si el otoño ya hace acto de presencia o por el contrario continúa la agonizante calorina del final del estío. Mis esperanzas se derrumban bajo el asfixiante humo que se eleva desde la calzada, y que debo agradecer al retorno de las obras públicas –ese tornillo que penetra en mis oídos cuando intento percibir el silencio que la hora de siesta todavía nos brinda en algunas ocasiones—. Nada se puede hacer excepto huir. Escapar de esta terrible pesadilla de todos los años. Es imposible convivir en el espanto de la estampida cada atardecer. No es soportable. Mejor cerrar los ojos, y esperar a abrirlos cuando vuelva el próximo agosto. O no abrirlos ya. Nada puede hacerse ante el botín de bucaneros tostados, que ansían en convertir a la cívica y disciplinada urbe veraniega en sus tórridos asentamientos playeros, para más tarde alzarnos en el mástil a los cuatro descerebrados que conservamos con orgullo de orientales nuestra palidez facial. Palidez la mía, que es muestra de esclavitud laboral para esos mismos hipocondríacos que se agolpan año tras año bajo la cola del paro o que inclinan sus rodillas ante el jefe en el último esfuerzo por imitar al vecino en su destino vacacional, e incluso superar sus horas de tapizado al sol a costa de ceder la visita a un despreciable museo –aburrido, cosas de eruditos, dicen—. Ellos se burlan de mi tez. Tez que por el contrario a su propietaria solo le hace recordar, ante el espejo, el fascinante mes que se pierde en el calendario bajo el tumulto. Ese agosto en el que se caminaba sin apretones, en el que se encontraban sillas libres en los cafés, en el que se podía pasar la tarde leyendo un libro bajo un chopo, sintiendo el único susurro de las páginas, en el que no hacían falta esos semáforos que ahora quedaban ocultos por el griterío mundano.

No hay conversación. Si no es para averiguar cuántas tumbonas alquiló, qué souvenir visitó –como si de escondites de tesoros se trataran—, y dónde bebió la última pinta playera. No se escucha otro ruido. Nada hay más interesante ya. Ni siquiera se oye el silencio que se perdió con el desierto. Ahora queda un atronador gentío. Sólo por sentir el placer de otro verano en la inusitada ciudad. Y huir de este circo agonizante del septiembre. Sólo por ello, sería capaz de soñar un año más. ¿Será posible cerrar los ojos hasta un nuevo despertar en esa eterna tranquilidad del agosto silencioso?
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