Calles de Manhattan

El papel permanece mudo sobre la mesa. Altivo. Me observa, sin parpadear. Desafiante. Su desnudez me da miedo. Casi terror. La noche comenzó a dibujar el paisaje al otro lado del traslúcido vidrio de mi ventana hace muchas horas, y ahora sólo hay oscuridad. Oscuridad tibia en mi escritorio, que intenta derrotar a una exhausta bombilla anidada en la lámpara, su luz es demasiado débil. Demasiado tenue. El mundo sonámbulo es hostil fuera. En el interior, mi papel se resiste a esa idea furtiva. El silencio se hace eterno, es el único placer de la fatiga vespertina que amenaza mi vida de estudiante, cada noche, durante la agonía estival. Soñaría así durante el resto de la noche. Escribiendo. Pensando. Sin embargo, no puedo evitar acercarme al viejo estante donde permanecen unos pocos discos. También en silencio, mirándome. Mis pupilas se resbalan por el estante. Finalmente, el azar vence mi pasividad. Vuelvo a enfrentarme a la hoja en blanco que continua dominando mi mirada. Continúa paciente. Pero ahora los dioses han cambiado su apuesta. Ahora el jefe suena de fondo. Ahora todo es diferente. Las calles de Philadelphia hacen variar mi mente sobre los recuerdos. Sobre los retratos de ciudades sonámbulas que cierran sus puertas a los intrusos. Y a sus propios habitantes; permanecen cautivadas por la misantropía. Desiertos urbanos. Sin vida. La brisa es su única dueña. Rastrea sus caminos, despeina los últimos álamos, se balancea sobre los muros que dividen el alfoz. Nunca estuve allí, sólo son imágenes que viajan por mi mente cual reflejos de un boceto invisible. O de un deseo de sentirme frente a ellas, poder respirar su vaguedad, contemplar su silueta abstracta, perdida.

Vuelvo en mi. Despierto en la oscuridad. La bombilla cedió. Ahora reposa su cansancio. Solo una fortuita vela en mi cajón puede prestarme su compasión por unos minutos más. Sigue sonando Springstein. Mis ojos vuelven a ser atrapados por el papel, vacío. Me gustaría dibujar esas ciudades. No es posible hoy. No ahora. Pues surgen en mis pensamientos nuevas fotografías de abismos. Éstos transitados. No es Philadelphia. Algo de esa canción me lo sugiere. Las líneas paralelas alcanzan la inmensidad. Tocan el cielo. Vértices inalcanzables. Cristales que se sumergen los unos en los otros. Calles cortantes, afiladas, interminables. Vehículos arbitrarios. Seres que vagan por las aceras. A su aire. Multitud. Todo esta perfectamente tasado, milimétricamente estipulado. No hay espacio para nada más. Ni siquiera se permite la espera. No hay tiempo. Todo gira rápido, precipitado, imparable. Estas calles palpitan frenéticamente. Horas inversas, espacios frustrantes. Apariencia. Ciudad magnética. No es posible olvidar esa imagen, esas avenidas, esas torres. Tampoco es posible dibujarlas hoy. No lo será mañana. Son recuerdos. Recuerdos de una ciudad que no olvidaré nunca, que sellé un día hace tiempo, cuando la tenía ante mí, cuando me enfrenté a ella, a su inmensidad. Manhattan. Corazón del aliento. Centro de la vida, a cuyo alrededor se teje la pegajosa tela de araña. Nunca la dejaré escapar de mi mente, no podrá salir, esta vez no. Permanecerá ahí, hasta que pueda volver a sentirla delante de mi rostro. El compás de Streets of Philadelphia encadena simétricamente la secuencia de imágenes de calles, de números, en mis pensamientos. La cadencia se alterna con mi respiración. Sé que esta vez no sueño.

Soplo. La llama de la vela desaparece en un segundo. Asustada. Y con ella las últimas sombras de mi escritorio. Alcanzarán la senda de la bombilla. Escaparán de este mundo nocturno de tinta azul, resbaladizo papel y sueño etéreo. Huida incomprendida, vencidos por la batalla de la escritura. De la idea. Yo también he perdido esta noche. El papel sigue inmóvil. Continúa vigilando mis ojos, mis ideas, mis palabras. Ya es todo suyo. Acabo de perderme en la claridad de la mañana, que asoma por el mismo cristal opaco. Ni dioses ni amuletos. Ya ni música. Transposición de fuerzas. Hoy venció la hoja limpia, sin escritura. Solo hubo imaginación y recuerdo. No puedo traducir esas láminas. No puedo interpretar esas ciudades. Deseo y pasado. Una está muerta, la otra demasiado viva. Una gira en mi imaginación, es ficción. Manhattan prescribe en el fondo de mi memoria. Son impronunciables ambas. No encuentro significado. No hay explicación. En este instante todo se escapa a mi alrededor. No me importa. Yo también acabaré huyendo de este mundo insoportable, del día. Con la noche, con mis sueños. Destino subvertido. Viaje al desorden de líneas entrecruzadas, de ciudades extrañas. Allí; con la impavidez de dos lugares, cada uno más lejano de mi habitación. Mas no por ello intransitables. Todo lo que quedaba vivo murió con el amanecer. La noche, la bombilla, la oscuridad ambulante, la vela, las ilustraciones, el silencio vespertino, la canción de ese Boss que sonaba, las palabras que perseguía mi papel. Me queda un deseo. Dos rincones. Quizá soñar otra vez con la ciudad inhóspita, quizá volver a respirar otra noche el susurro de las calles de Manhattan.
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