De trampas obsesivas y suicidios numéricos

Debe saber el paciente lector, aquél que desperdicia su tiempo escondiéndose tras mis líneas y regalándome aliento, que no hay cifra valiosa para contabilizar la edad. Al menos para algunos cuerpos -y mentes-. Sino para el resto. Y es que siempre nos hacemos la misma pregunta al reconocer, entre el orden numérico establecido al que llaman calendario, un único signo que ahuyenta a nuestros ojos a partir de una supuesta edad. El día crucial. El numerito terrorífico. Tan odiado como perseguido. ¿Por qué otra vez la misma pesadilla? Hace un tiempo algún demente lo bautizo como cumpleaños.

Hay en toda vida humana un segundo en el que la balanza permanece inerte. Perfectamente horizontal. Ese instante es breve. Demasiado. Casi inconsciente. Es un escalón necesario entre el deseo y la náusea. El afán y el desprecio. La división de la que sólo nos percatamos cuando miramos hacia atrás, cuando damos la vuelta a la cabeza, girando la mirada, de forma irremediable. La frontera entre el regocijo de colgar un calendario y darle al acelerador, y el pataleo de tener que soportarlo sobre la pared para descuartizarlo más tarde como acto de ignorada liberalidad. No hay libertad posible. El cruel cuchillo del tiempo amenaza constantemente. Más aún, si ese día, ese número, ese absurdo símbolo, nos contempla sentado en el papel, apuntándonos para siempre. Pero el sentimiento es diferente en las dos orillas.

En la primera parte, se ansía hallar, entre el disciplinado orden formal del tiempo, esa señal luminosa que convierte nuestra escéptico rostro en una formidable sonrisa. Sonrisa que se convierte en satisfactoria al averiguar si la lotería creada por los señores que diseñan el calendario ha sido justa concediéndonos descanso al día siguiente. Se hace frenética la espera, bien sea por el gozo de los regalos, por la inexplicable gracia del estiramiento del aparato auditivo, por el inocente egocentrismo infantil, o, más bien, gracias al inconmensurable grado de superioridad que nos despierta –de forma completamente inexplicable- sobre el resto de humanos que quedan perdidos por detrás de la nueva edad adquirida en ese ceremonial sin sentido. Es la infancia. La añorada niñez en la que no existen preocupaciones, si acaso descubrir el mundo –ya de por sí demasiado arriesgado-.

En la segunda, comienza la huida despiadada, desalentadora, la persecución fatigable que trastrueca los roles. Es ahora cuando en lugar de afanarnos nosotros en encontrar el ya horrendo numerito, es él el que nos atemoriza, el que nos corta el paso en trocitos (cachitos llamados años cuyo final y comienzo celebra obsesivamente la gente), nos absorbe la energía, nos requisa la alegría, nos lamina la inocencia, nos desguaza el aliento, y al final, irremediablemente tarde, nos roba la respiración. Todo ello, se lo debemos al valor que nosotros mismos, de forma emocionante e incontrolable, le conferimos a esa mortífera cifra. Como suicidio. Esta es la madurez. Nuevamente, la misma trampa de conceder a alguien cerebro –o célebre capacidad intelectual- por la simple figura simbólica de anotación temporal en un calendario ficticio, y no por la objetiva excusa biológica que demuestra tener.

¿Hasta dónde llega la infinita desesperación humana, o estupidez más bien, como para celebrar nuestra propia ignorancia, nuestra propia vejez, nuestra propia estampida anual, y ya, de forma demente, programar la ceremonia de nuestra muerte? ¿Por qué le concedemos valor supremo a nuestro propio invento paranoico, tanto como para programar todos y cada uno de los actos de nuestra existencia bajo su venerado puntal? ¿Cómo podemos felicitarnos por la mayor cercanía a nuestra desaparición mundanal? Ciertamente, la estupidez es lo único infinito e inagotable en los humanos –dejando el universo para otros menesteres que no vienen a cuenta ahora-. Esa misma estupidez que celebramos automáticamente. Que ocultamos por conocerla. Como complejo. Placer el de la putrefacción. Gozo el del festival de la edad. Inexplicable. Fundamentamos nuestra vida, cada uno de los términos del contrato con el tiempo, en las vueltas a un papel con cifras prediseñadas. La educación, la responsabilidad legal, la paternidad, el voto (tortura deliberada a la que nos sometemos como orgullosos adultos sometidos), todo depende de ese invento cotidiano. Un enigma que nadie osa descubrir, pero que es válido y por ello muñeco simbólico, banderita reverencial. No hay capacidad crítica, no existe inteligencia, nunca apareció un cúmulo de aprendizaje, no se conoce arte alguno, nada preocupa a un incompetente si en su lugar hay un carácter numérico donando poder. Juegos abismales. No es la neurona garantía de antigüedad vital, y, sin embargo, es esa supuesta cifra del tiempo la fianza que ejerce de referente para dar importancia a la amplitud mental. Es un frío dato el que le gratifica a un ser sus aptitudes. Uno no es sabio por su sabiduría, es sabio por el transcurso del tiempo. La edad lo convierte automáticamente en conocedor. Sin examen alguno. Aun sentado en una silla. Curioso trastorno hereditario. Más aún, locura la de quién se lo plantea o lo cuestiona en alguna ocasión de delirio. Es el calendario el opio, al amuleto, el comodín, la varita mágica, el dueño de nuestra existencia. Es la generación el nuevo club privado. Incuestionable creencia. Esclavos de un papel recóndito. El tiempo encuadrado en estampita de bolsillo o de pared. Como religión venerada.

Los años, las felicitaciones, los regalos. Figuras inexistentes, amparadas o escondidas bajo una excusa de tipo astronómico, que tomamos como referencia para clasificar todas las categorías imaginables de la naturaleza. La abyecta temporalidad, la fecha referencial, el diario, la planificación del futuro (otra subversión a la racionalidad humana, el diseñar algo que no sabemos si llegara a suceder), la invención de una predeterminada sucesión de números a la que conferimos nuestra existencia. Sin dar sentido alguno a esa naturaleza. Despreciando la física demostrable, muy complicada, tan ridícula ciertamente para aquellos que la ocultan enrojecidos. Inversión de la infantilidad. Madurez en la inocencia. Niñez en la sinrazón. Caos: lo único verdadero. Recuerdo el célebre sólo sé que no se nada. El tiempo es la materia de la que he sido creado (Borges dixit). No importa. El tiempo no importa, si hay un papel delante, cuál pared o frontera de acero. Llamémosle cumpleaños. Suena bien. Cumplamos años. Giremos como cada año la hoja del calendario y planifiquemos la ceremonia de nuestra muerte. Trampa del relativismo propio, que adoramos en el altar, como mérito autónomo. Eufemismo del pasotismo insaciable. Paranoia numéricamente ficticia. ¿Por qué cuestionar? ¿Para qué pensar? En fin. Desorden: ignorancia.
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1 comentarios:

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Samuel
admin
17:06 ×

Curiosamente se celebra la fecha que nos acerca más a la muerte, teniendo en cuenta la escasa preparación que se tiene para ella y la particular costumbre de llegar a ignorarla o a encasillarla en un futuro muy lejano. No obstante y contra todo pronóstico, puede uno pensar, ¿por qué se celebra lo que se detesta? Los hombres recuerdan continuamente el día que nacieron, pero siguen renegando de él.

Congrats bro Samuel you got PERTAMAX...! hehehehe...
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