Vallejo y los narradores omniscientes. Un montón de tonterías sobre don Quijote

Ahora que el bueno de Vallejo ha hecho alarde de su sarcasmo, nada menos que poniendo sus manos sobre el Quijote, haciendo ver a todo el mundo su subsistencia aconfesional, por si alguna duda cabía, creo que ya es hora de que alguien le contradiga. Este es de los que no pueden olvidarse de sí mismo, ni de su ateísmo, ni de su antiamericanismo, ni demás ismos mientras divaga sobre cualquier tema honrado. Esta vez, su erizada pluma, hambrienta de críticas baldías y atípicas, dejaba escapar la tinta incansablemente, como me consta que de la misma suerte salían de su autor a grandes borbotones la locura que le corroe. Presumiblemente, asienta en su orgullo y casticismo castellanos toda una serie de pasquines literarios que tenía acumulados en su recóndito y retorcido mal gusto; de su tosca burla no se salva nadie, y si bien ha manifestado simpatía por Azorín o algún otro narcisista, los deja muy por debajo de su particular y especial devoción hacia Cervantes.

Aunque conjeturo que es un hueso muy duro este tipo, tal es así que se publica en El País, no alcanzo a comprender en qué le ha servido la lectura repetida de la obra cervantista. Que la leído dos, tres veces, como él anota; que le fascina ese principio inmortal en que tanto hace hincapié; que ensalza y escuda ese lenguaje legítimo, satíricamente impetuoso del caballero andante; y así un millar de cosas, obviamente esgrimidas en honor de la obra, no sirven más que para despotricar el habla melodiosa de Flaubert, la voz inmortal del ruso Dostoievsky y otros grandes hombres, sin duda protagonistas de su época, pero que no gozan del beneplácito, mucho menos del respeto, de ese diabólico señor que diserta sobre El Quijote. Echando a perder todos los consejos moralizantes, la riqueza magistral que hace brillar el libro, lo pone detrás de su ojo de cristal, viéndolo como un espejo de su propio corazón. No estimando ni connotaciones ni fraudes, hace caso omiso de todo y traslada todas las paradojas a la realidad a su antojo, incluso llegando a separar al héroe de Lepanto de su conmemorada obra, haciendo de ella su amante idealizada, sobre cuatro capas de piedras.

¿Qué más nos da a nosotros el desmedido amor que siente este loco por una obra que no escribió? ¿Qué nos importa esta historia de amantes no correspondidos? En cambio, como él mismo —o mesmo— nos corrobora, el que sí le corresponde es su compadre el Diablo. ¡Y se queda tan ancho! Por si fuera poco la veneración que siente por él, no sólo reniega de la propia verdad, —tal es su interpretación del Quijote—, sino que además ya nos anuncia que piensa pasar la eternidad en los infiernos, lo cual es una auténtica blasfemia, no sólo para la fe cristiana, sino para las leyes periodísticas que nos advierten de los peligros de irse por los cerros de Úbeda. Pero el hombre, el buen Vallejo, que goza del privilegio de trastear en los infolios de una obra descomunal, se cree con derecho a tomarse esas licencias propagandísticas.

La extensión del artículo, o reseña, o como se quisiere llamar, nos hace pensar que no se pueden escribir demasiados disparates en un par de columnas, y por eso requiere tanto espacio, quitando la oportunidad a un buen cervantista de exponer una visión clara, objetiva, fidedigna, de la mayor joya literaria que se ha escrito en nuestro Siglo de Oro, y en todos los demás. No obstante, hay cosas que están bien, tal es la verdad del dicho de que quien profiere tantos desatinos, tiene que acertar en algo. A mi juicio, lo más enjundioso, quizás lo único que vale la pena, es ese análisis impreciso que hace del propio don Quijote, y de su escudero Sancho, matizando su singularidad como héroe de ficción; singularidad que de seguro envidia, pues no puede eludir bajo ninguna circunstancia su afán por hacerse oír, extraviándose en su propia y fachosa morbosidad, viéndose sin duda en el espejo de su compadre. Dudo, no obstante, que se pueda sacar algo bueno o metódicamente cervantino, de un hombre que alaba a Cervantes con su lengua y lo niega seguidamente con su incursión anacrónica y oportunista.
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