Segundo de bachillerato. Un alegato contra los psicopedagogos

No ha mucho que retorné a las aulas, tras un estío melancólico, cargado de días, atestado de semanas, en las que imaginaba cómo sería el fin de todas las cosas y le ponía mi propia guinda creativa. Y ahora, que dejo el lápiz de escritor para echar mano de la calculadora, mi mente torna a convertirse en un compendio de cifras y enigmas indefinibles. Penetré en las frías clases indeciso, anonadado, admirándome de las clases largas y vacías, de las frías estancias en los despachos y la biblioteca silenciosa. Había pasado el tiempo; el tiempo había engullido buena parte de lo que dejé allí olvidado: recuerdos estudiantiles, discursos aburridísimos, complejas discusiones filosóficas amontonadas en los pasillos del instituto. La barahúnda ignorante se encierra en ese antro de humanismo, en sus respectivos compartimentos, expresando todos en general un pesimismo aéreo y cada uno en particular una sempiterna desgana. Vuelan los papeles, se levantan las persianas, se garabatean las pizarras y en el ambiente perdura cierta sensación de que no estamos solos.

Podría pasar horas perorando sobre mis vivencias en ese insustituible, inmemorial edificio de hormigón y cemento. En él se han tallado cabezas nobles, se ha desechado a las estériles, se ha pulido a las imperfectas, se han llenado las vacías y han vaciado las que rebosaban. Desde su inolvidable inauguración, de la cual yo fui testigo, no he perdido la vaga imagen de todos los conocidos que han dejado su fama y honor de estudiantes labrados en su pupitre, de tal suerte que haciendo un leve análisis podría reconocer la tribuna donde explicaba aquél profesor, la mesa del otro colegial, incluso esas invisibles filigranas que se dejan en algún rincón impensado. No obstante, con el trascurso del tiempo, no lo quiero negar, esos recuerdos fácilmente podrían hilvanarse y confundirse, formando así un todo paradójico, descabezado, no demasiado revelador, que correspondería a las piedras desgastadas de un monumento que se removió ladrillo a ladrillo.

Pero hay algo que también hay que señalar a nuestros lectores; que nadie mejor que yo podría ofrecer una visión más fidedigna, más formal, sobre el carácter de este polémico centro de estudio, tantas veces calumniado en los periódicos locales. Aunque no he tenido participación muy activa en todos los conflictos, soy uno de sus alumnos más antiguos, y he ido pasando curso a curso, viendo cómo compañeros míos detenían su empresa a mitad del escalafón, no pudiendo arribar a esa ansiada, gloriosa cima, el segundo piso, el segundo curso de bachillerato. En esta fugaz acometida han pasado ante mis ojos toda clase de docentes, interinos, licenciados, catedráticos, conserjes, y por ello mismo creo haber cultivado ya una teoría sobre los tales. Cuando un profesor entra en una clase, sus alumnos le juzgan en todos sus dejes, sus tesones burlescos, digamos, sus manías y de ese examen previo suceden dos opciones: o esforzarse en adular el ridículo prurito del individuo, o encasillarlo de esto o aquello y convertirlo en el hazmerreír de los chismes estudiantiles. Ya sabe usted, en esos corrillos que se forman, ¡ay! ¡qué cosas se oyen! ¡cuántas fábulas! ¡qué de calumnias que se inventan! ¡qué de críticas se montan! Y quieran que no, las nuevas corren por las lenguas de los correveidiles, que también los hay en los institutos, como hay abejas en las colmenas. La experiencia de haber pasado inadvertido en esos mentideros, esas charlas del pasillo, es lo que me hace ahora jactarme no de saber muchas cosas sino de conocer el carácter y la tesura de la vida estudiantil.

Sé que hoy por hoy lo que más preocupa es la inmigración, la integración del africano y el latino en la actividad educativa; precisamente, cuando a alguien le da por hablar de un instituto, esas prisiones de las que lo mismo salen delincuentes que genios, no trata ni por ventura de los asuntos internos, de las íntimas colas en conserjería, de la preparación de exámenes, sino del ruidoso y escandaloso dilema de la violencia y las bandas delictivas. La gente corriente prefiere pasar por alto este ineludible obstáculo, celándose en su amado mundo personal y no teniendo nunca conocimiento de nada; el estudiante medio es sordo, y mudo, y casi siempre ciego, pero nadie lo tacha como tal ni ninguno pone en duda su reputación de amigo leal y persona de calidad. El profesorado trata por todos los medios de congraciar a esa horda de individualistas con el pensamiento solidario y la ingenuidad colectiva, encaramándose en las utopías lectivas que suelen dictar los psicopedagogos. Pero, a mi juicio, nada de esto tiene sentido; las medidas que se toman son nulas; la experiencia demuestra su eficacia; nada podrá discutir la presunta inocencia española ni hacernos dejar de repetir que somos todos muy buenos.

¡Cómo podríamos definir la compleja, ininteligible cotidianidad de la vida lectiva! Nada mejor que la mirada entre amargada y circunstancial de unos pobres desgraciados, que no dejan de preguntarse qué diablos han hecho para merecer esto. Enseñan inteligencia y sensatez, sí; pero sólo se aprenden formulismos y jergas sectarias; se habla de sociedad y cultura, sí; pero se vive en la más extrema ordinariedad y locura. ¿Ha conocido la Historia alguna vez tal incoherencia? El absurdo es lo más normal del mundo, y lo sensato, por sensato, es tradicional y legalista. El progresista aún no se ha dado cuenta de hasta qué punto su progreso no es más que la degradación de la forma, una sociedad dada de sí. ¡Pues no empezaban ya a romper las coyunturas en la naturaleza, cuando ahora ya empezamos a devorarnos a nosotros mismos, haciendo guerra a la posteridad, criando demonios en lugar de hijos!
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1 comentarios:

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Anónimo
admin
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