¿Se puede detener el avance de la Historia?

Parece que antes sólo escribía críticas, que molesto por unas cosas o por otras no lograba contener mi lengua, ni proferir una doctrina sana, sin proponer al mundo el fruto de mis desvelos o alguna cosa parecida. Yo quisiera brindar esperanzas, derramar mis dones si los tuviera y componer algún concierto notable; hacer creer a los hombres, pobres e indefensos hombres, que la vida no es sólo funesta sino que posee igualmente un inmortal fulgor, una razón longeva por la que guiarse y una cúspide a la cual arribar. Nada me agradaría más que pregonar el arte de la felicidad, y convencer al mundo de que depende de una sencillísima praxis, el alcanzarla o perderla; del mismo modo, quisiera confesar a los hombres mientras duermen que no teman que les caiga una desgracia, que el azar será benévolo con ellos y no persistirá en hacerles daño. Podría enjugar las lágrimas, decir mil proverbios y enseñanzas que les ayudaran a vivir; y puestos a ser altruistas, compensaría las injusticias, consolaría a los desdichados, me esforzaría en hacer lo que los políticos ingenuos llaman un mundo mejor.

Pero, apiadaos de mí, no puedo decir lo que no creo ni acompañar a los hombres en sus degradaciones morales; no participo de esa utópica bondad unamuniana que se revela tan trágicamente filantrópica en su San Manuel, Bueno, Mártir o en menoscabo de mí mismo disertar sobre unas premisas que nacen de la prepotencia y el vulgar optimismo de la morralla. Si bien es plausible la labor del crítico intelectual, haciendo honor a la mentira por intuir vagamente el advenimiento de una verdad fatal, no puedo enemistarme voluntariamente con mi conciencia. Tal vez esta indulgencia nazca de ese pueril trato con la gente que tenemos algunos intelectuales; le sorprenderá saber al lector que en ocasiones el que ha censurado centenas de nulidades, el que ha hecho satírica burla de lo popular, ha corrido a veces —y no diría yo en un tiempo remoto— en el mismo desenfreno de obcecación nauseabunda. No obstante, vivo y muero por acariciar el mismo pensamiento: que el amor puede llegar a cansar, que la ilusión puede tornarse en idealismo, que la novedad al cabo se convierte en extravagancia y que el común fin de todos los hombres, marcado por su estrella fatal, es la degradante cosecha de sus obras ridículas.

Pese a todo, a mis costumbres, a mis principios, a esa especial manía con que he azotado la necedad, afloro en la conversación de los necios con un creciente delirio. Oigo sin cesar sus razones, sus entelequias, sus sueños, ese prurito deleznable de creer en los obtusos valores del individuo; le hablan los unos a los otros, todos parecen estar de acuerdo, todos parecen no estarlo en esencia, pero es común entre ellos una cierta apatía por lo sublime, que los envuelve en el mismo círculo, en la misma partícula de ignorantes discutidores. Ni ellos mismos saben por qué piensan lo que piensan, sus argumentos son grotescos, indignos de que se les estime como tales, sus ejemplos parecen no venir a cuento, sus asientos históricos se manifiestan sutilmente hilvanados con alfileres, dejando miles de cabos sueltos por los que se devanea su retórica. Al cabo, uno no sabe por qué sus dictámenes tan usados son efectivamente los sagrados, los inmutables, los evocadores, los concisos y prácticos, en cuyos sencillos infolios reside todo el sentido de la existencia humana... ¡Pero suena bien! Y como para comprobar la veracidad de la verdad sólo hace falta proveerla de un levísimo intríngulis, pues ahí están todas esas incongruencias, esas piedras atravesadas en el edificio, tan bellas por separado y tan fuera de lugar que no sé cómo no llaman la atención del ciudadano común.

Pero, pese a su incoherencia, pese a ser las más veces ideas disparatadas, ¡lo convencen a uno! Por eso afloran tantos rebaños de convencidos, catequizados, hombres inútiles que no saben el cómo ni el porqué, pero que piensan así. Adoptando una gnosis aún más inflexible, podríamos calificarlos de cerdos bien cebados, conscientes de su lozanía, pero a los que distan pocas horas de pasar al matadero. ¡Y todos caminan orgullosos, todos presumen de virtudes, todos son maestros de la vida, sin que haya habido nadie que los enseñe! De ser yo tan ingenuo de creerlo, aún así no sé cómo entendería que aún no se ha arreglado el mundo. Pero estos hombres, entre los que nace la camaradería, que acomodan a su molicie todo el discurrir intelectual, no puede aparecer la duda, la insatisfacción, la fatiga, o la incertidumbre de no hallarse en realidad viviendo una mentira. Si tales son los hombres, tales las ideas, que ya parecen propalarse como una nebulosa que ha adquirido vida propia, que sobrevive sobre nuestras cabezas, vertiendo sobre cada uno su propio veneno, acorde a los deseos de cada uno. ¿Cómo brotan, pues, esos alientos de obcecación si no es a lo largo de muchos siglos? ¡Pero ninguno puede explicarse qué hacemos debajo de esa niebla! ¡Por qué se enturbian nuestras ideas! ¡Por qué nunca vemos nada claro! ¡Por qué parece que cuando hemos topado con el medio, surgen mil sutilezas en que no habíamos pensado y de cuya presencia depende todo la raigambre de la causa!

Ah, puestos a señalar desengaños, expongamos la sinrazón de los desengaños amorosos. ¿Qué demonios ha convertido la separación en costumbre? ¿Qué le ha pasado al Amor? ¿Es inexistente? ¿Acaso ha cesado de latir el corazón de los hombres y las mujeres? ¡La libertad! ¡El amor libre, dirán! ¡Pero eso es falso! ¿Quién ha creado esa burda necesidad de la pareja y la dispareja? ¡Los tiempos, han sido los tiempos! ¿Y qué es eso de los tiempos? Los tiempos cambian, y se requiere más libertad para los hombres. ¡Hipocresías! ¿Quién dice que los tiempos cambian? ¿Acaso la tierra ha dejado de girar? ¿No tiene el día sus horas, sus minutos y sus segundos? Los tiempos no cambian, los cambia el hombre; la nebulosa cuyo influjo creemos afecta a todos los habitantes es tan variable como lo son los hombres que duermen debajo de ella; el conjunto de ellos forma el transvase de las épocas, el resurgimiento de los disparates y la invención de otros nuevos, porque la modernidad constituye un avance generacional, que bajo dictados estúpidos hacen más grande la bola y complican aún más lo que ya era suficiente complicado. O tempora, o mores! que dijera el Cicerón inmortal, es el ansia de regresar a ese pasado remoto en que la ausencia de ciertos males y la ejecución de otros disímiles hacían la vida menos nefasta, que no del todo buena... ¿Y ahora? ¿Qué haremos? El nudo ya está bien liado, y lo poco que tiene de coherente, de análogo al buen juicio, lo es para las mentes idealistas que vegetan dentro de él. ¡Si acaso pudiéramos regresar al pasado!
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