Para qué sirven las utopías. Un brindis

La bóveda de cristal conminaba derrumbarse sobre los hombres y destruirlos. Pero ellos seguían en la vanidad de sus negocios; las señoras seguían acicalándose el pelo y sonrojando las mejillas; los hombres, como si no pasara nada inaudito, charlaban de burdas cuestiones, comentaban discursos, departían sobre filosofías y secuelas políticas, citando a veces a algún articulista que habían leído, como si todos aquellos erudiciones inconexas tuvieran algo de importancia. Si se acerca uno taimado, alevoso, a uno de esos círculos intelectuales y propone un dilema existencial hasta entonces impensado, los caballeros tornan la cabeza, hacen el gesto propio de comprender algo, balbucean alguna frase digna, que les pueda sacar del apuro, y luego, ora por puerilidad, ora por pedantería, trasladan el hilo de la discusión a su obsesiva controversia de pareceres. No obstante en lo hondo de sus miradas, confusas expresiones del alma, se percibe la frialdad, casi la indignación, de que este hombrecillo flaco, macilento y descosido, este pobre soñador que cuando habla parece que llora, este charlatán que disparata y escapa por todas las tangentes posibles, se atreva a proponerles un asunto disímil, extraño a sus habituales embelecos.

Él los creía reconocidos intelectuales, pero al inquirir un poco en sus superficies grotescas, se da cuenta de que no tienen nada que ofrecer. Los ha visto en las cafeterías, en las escuelas, en las cátedras, por todas partes; hay muchos charlatanes; muchos botarates que se llaman poetas; muchos parados que se llaman políticos; muchos simples que hacen alarde de sabios; cuando uno enciende la televisión, ahí parece uno de ellos; si por suerte este día le apetece más la radio, es la misma voz baladí la que retumba en sus oídos. Abre los libros, y allí están, frente a él, hablando sobre cosas que no entienden, o que creen entender, pero que vulgarmente convierten en una perorata vacía, elocuente, intratable, que parece formar parte de ese todo ininteligible e inmanejable de la vida, que nos ofrecen en pequeñas porciones y suelen empezar con un: en la vida hay que ser... ¡Qué aforismos! ¡Menudo adagio! El infinitesimal compendio de deberes vitales aflora en las más vastas lenguas, no sólo en la de los curas, porque ahora descubrimos que la toga negra y el alzacuellos no eran los culpables, ni tampoco la religión y sus prácticas, sino los diablejos que dormían dentro, y que ahora andan por ahí, sueltos, errantes, cometiendo entuertos y desfalcos; porque los lobos siempre se esconden bajo los hábitos del prestigio y cuando el prestigio corre, allá van ellos con él.

«¿Es que usted se aburre de la vida, señor mío?», podría interrogarme alguno que me califica de escéptico. «¿Y acaso usted no?», respondería, sonriendo. Uno no critica porque no tenga otra cosa que hacer, sino porque conoce y trata cada día a millares de majaderos que obran y creen hacer lo correcto, porfiados en la vanidad común de satisfacer el deseo, ese deseo irreconocible, cuyas señas creemos comprender y que traducimos en campanudas sentencias, al parecer por separado muy propias y oportunas, pero que aunándolas todas, carecen de sentido y raciocinio, y hasta se dijera que si fuéramos fieles a tal estructura el mundo no podría mantenerse en pie. «¿No cree usted en la paz mundial?», le tientan a uno los políticos. «¡Oh hombre! ¿acaso puedo creer siquiera en la íntima paz que cobija mi corazón?». La historia no tendrá el fin que nosotros pensamos; ella juega con nosotros, nos vierte en la distribución de sus años, en el arreglo de sus horas y sus minutos, preparando con anterioridad lo que nosotros creemos esgrimir con tanta pericia. Pero yo hace tiempo, en mi corta edad, que dejé de creer en utopías y espejismos pueriles; no me alucina un mundo en paz, me aburre blandir la espada de la charlatanería por una causa insostenible, ingenua y ridícula. Mientras haya hombres sobre la tierra, habrá guerras, habrá injusticia, habrá insatisfacción, en lo personal y en lo colectivo, porque la causa trasciende a la mera superficie del oro reluciente o el sistema demagógico que nos oprime.

¿Debemos, pues, proclamar el escepticismo político como sistema? ¿El anarquismo? ¿O mejor aún, el nihilismo? ¡Todavía pensamos que debemos hacer algo! ¡Ah! ¡Naderías! ¡Utopismos! Escépticos sí, pero utópicos al cabo. ¡El caos en un sistema igualmente depravado! Creemos por el ruido liberal de su esencia que va a asombrar en algo a un mundo cansado de verlo todo. El dilema radica en que no tenemos idea de lo que significa la palabra orden, y que el drama humano se eleva más allá de las nubes, más allá del sol vetusto, sobre las formas inverosímiles, sobre las vanidades y los frenesíes insubstanciales, una odisea ancorada en nuestros orígenes, pues ya hemos perdido la prosecución de los hechos históricos, empezando en la misma prehistoria y degenerando hasta hoy en este nebuloso, diabólico enredo, augurio del último declive humano.

Hemos sido testigos de la derrota del Imperio, cómo hundidos en el caos y el desorden, el todo se desgranaba en revoluciones y revoltijos, cada cual iba a donde quería y se minaba la autoridad de los césares. Con el esfuerzo de muchos imperios y muchas caídas de imperios, parece que se desgasta nuestro planeta de contemplar tanta estupidez y tantas utopías frustradas. Mientras tanto, hombres y mujeres, atendiendo al dionisíaco carpe diem, comen y beben como condenados, sabiendo que mañana morirán, sin molestarse en reflexionar, como si ya tuviéramos pagado el alquiler planetario y no tuviéramos que preocuparnos. ¿Acaso no es cierto que la máquina del mundo amenaza con pararse eternamente? Pero sus últimos gemidos sonarán fragosos, como los de una fiera herida de muerte.
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