Automatismos trucados

Otoño. Comienza octubre. Los automatismos arrancan de forma absurda otro año más. De algún modo, esta vez, intentamos huir de despóticos temores planeando el próximo eclipse solar de esta semana que se abre. Evito pronunciar el día exacto –lunes—. Es mejor así. No soporto ya este conjunto de símbolos que todo hace presagiar. Pero por mucho que se interponga la luna, no logrará ocultar en el calendario ese inoportuno día que es mañana. Aún no sé por qué demonios inventó algún demente los calendarios. Ni los relojes. Si acaso el eclipse pudiera anular al completo ciertas mitologías, y no sólo ocultar un minuto de luz exterior, tendría valor en estas líneas.

Mañana es vacío. Incertidumbre. No será como eran los mañanas hasta el día de ayer. Todo lo disecciona el tiempo que nos arrastra entre fintas. Me resisto a abandonar lo que ya se ha convertido en costumbre durante estos últimos meses. Como ritual cotidiano. Abrir la ventana. Recoger con mis ojos todo cuanto puedo aspirar a ver en la calle a través de la franja libre que los tiestos y la persiana me permiten. Recorrer inconsciente los escasos diez metros que separan mi sombra de las teclas del ordenador. Nada evita mi distracción. Los libros, la pantalla que muestra una desquiciante hoja blanca, el lapicero de punta irregular, el papel de notas, la bombilla harta ya de mi abuso nocturno, y, por supuesto, el minidisco de música girando. Hoy Dylan. Bob. Hoy escribir. Leer. Imaginar un instante. Pensar. Viajar en ideas. Alimentar líneas en el editor de textos. Perder los minutos. Verlos pasar. Burlarse de la fecha como perdida su autoridad.

Sin embargo, hoy será punto final. No habrá continuación, pues. Nada será ya como estos días pasados. Hoy termina. El tiempo es sucesión de finales y principios. Universidad es principio. Eso es lo que mañana dedicará mi consciencia –o los vestigios de ella—. Olvidaré mis notas, mis versos trucados, mis bolas de papel. Olvidaré la papelera también; olvidaré la escritura, en fin. Extraviaré mis libros en el fondo de la estantería, como juguetes de adulto en el trastero. Desaparecerá mi risueño lapicero bajo la diabólica carpeta. Los bocetos anidados en mi mente se verán perseguidos por la estampida de nombres de asignaturas ridículas. El silencio que rebota en mi escritorio sucumbirá ante las carcajadas de bromas hilarantes, bajo la retórica vana del orador enviado de turno.

Se preguntará pues, el cortés lector, por qué he elegido yo estudiar allí si tan feliz soy sin ello. Pues bien, ni la más remota idea tengo ahora. No lo sé. O prefiero no saberlo. Quizá, la corriente, esa que nadie osa cuestionar y a todos nos alberga alguna vez, conmigo pudo algún tiempo pasado. Hoy, me lo pregunto. También sé hoy, que poco vale ese ínclito lugar si no es por una hoja malograda y onerosa. Una firma, eso sí, es lo que hay en él estampada. Y esa firma, a veces –sólo a veces, sólo en ciertos casos para personas mortales— consume cinco años en el interior de un bloque enladrillado soportando gravosas milongas. Para nada más sirve. La sabiduría no se halla entre ladrillos o pupitres, sino entre libros y viajes. Pero esa firma, esa hoja rubricada que algunos merecemos, se me antepone cada otoño. ¿Dónde está mi lugar mañana, en una cálida biblioteca junto a cumbres de papel limpio esperando sus pulcros dibujos de letra, o en un frío edificio lleno de salas desquiciantes que exhalan ruido? ¿Por qué debo renunciar a la escritura matinal, a ese rincón de ideas enlazadas en papel que perfora mundos, para sucumbir al sufrimiento de seis horas diarias en un árido pupitre cuyo sentido es alojar mi existencia en una cola de burócratas?

Lo tituló hace años un amable sabio: Universidad, fábrica de parados. Piensa ahora una desconocida: ¡Oh Universidad, construyes un mundo sin papel! Facultad o escritura, aulas o libros, vagabundos servidores o sabios librepensadores. Necedad o inteligencia. La inteligencia alumbra libertad, y mañana la inteligencia estará trucada. La universidad es la arquitectura de cadenas. Universidad: máquina de ignorancia. De ignorancia cruel. De esclavitud.
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