Cataluña, la nación que no es nación porque no conoce su historia

Desde hace no mucho tiempo, veo las cosas eterizarse en pequeñas escaleras de humo; descubro que los seres imprecisos y únicos que habitan este mundo son a la verdad normales, estereotipados diría yo, tan fáciles de encuadrar en sus manías, en sus facciones filosófico-políticas, sus digresiones epistemológicas acerca del pensamiento y el confuso razonar humano. Y tomando como cierta la máxima kantiana acerca de la subjetividad del individuo, llega uno a concebir a las masas convencionales como un tratado de psicología minúscula. Que en suma haciendo siempre tales cosas, te encuentras tal respuesta; una cosa bastante natural que poco nos separa de los organismos salvajes y la manera en que tienen los animales de diseccionar su medio inalienable.

Nuestros antepasados, que dirían los darwinistas y naturalistas, han trasferido a nuestra especie ese concepto puramente animal de la supervivencia étnica, que practicaría el nacionalismo alemán en el apogeo nazi. Por razones históricas que no vienen al caso, desde entonces la palabra nacionalismo se ha asociado entre los europeos a esa faceta oscura, a esa cara perversa de nuestro pasado siglo veinte. Aunque no obstante se ha conservado la concepción germánica del nacionalismo, ese alma del pueblo, que los adhiere y ensambla a una misma cosa, a una ley, a una historia, a una raza, a una lengua, ¡ay las lenguas! ¡qué pernicioso factor de separación! ¡Tal vez los catalanes paladearon de la flor del Loto! No obstante, y pese a los delirios de grandeza que algunos albergan, yo diría que los chovinistas y otras clases de patriotas tienen la memoria muy flaca; sólo remontándose unos siglos atrás, cuando para llamar a las cosas había que señalarlas con el dedo, la lengua no era materia de disputa, y no se separaban las naciones, porque no las había; ese alma incorpórea, advenediza, no es inmutable como el sol, ni persigue los veranos y los inviernos, ni el surco de las estrellas vadeando el borde del cielo.

Sin lugar a dudas, los reivindicadores catalanes y vascos creen ciegamente en sus pretensiones de nación; y de la misma suerte, los castellano parlantes, en su derecho a impedírselo. Considerando el punto a que hemos llegado, no ahora, sino hace ya bastantes siglos, la actual pugna por las competencias locales pone de manifiesto la ramplonería del universo artificial, de la insinuación abstracta de esas líneas que hemos trazado en una tierra virgen. No es derecho democrático, sino más bien un prurito detestable que se ha propuesto engañarnos a todos, en las travesuras lingüísticas de la demagogia política. Persiguiendo fines no universales, sino exclusivos de su entidad y pensamiento, pretenden abordar un camino atravesado en sus despotricadas mentes, pero que por un valor nostálgico, introspectivo, neo-modernista, al que se afierran, acaban trastornando la gnosis del mundo político, tan grotesca ya desde su raíz, mas ahora todavía más confusa y ensortijada.

No puedo aventurarme a emitir una opinión sobre el fin último y universal al que se intenta llegar, dando rienda suelta al antojo de unas libertades tergiversadas, que puestas todas en orden vienen a parar en la obviedad del sofisma. Pero como en los intereses políticos no interviene la filosofía, envejecida madre de las ciencias y por lo tanto, inevitablemente olvidada, el único fin único y universal que se constituye es el bienestar de todos, satisfacer el desdichado capricho del empecinado; una voluntad espinosa que nació para dar problemas, para entablar cuestiones entre conservadores y progresistas, para dar en suma un motivo más de colisión a los profesores y catedráticos, educadores del pueblo, como llaman irónicamente a esos docentes proselitistas, aunque yo les llamaría de otra forma.

Como siempre ha de decidirse la cuestión en el hemiciclo, aunque ya se está hablando de livianas reformas, tiznes blancuzcos que embellezcan el ofensivo Estatuto, del que ya se han pronunciado los socialistas menos ortodoxos. La ideología vigente de esos individuos trajeados (cuyas bocas se rigen por el código de la perfidia verbal) es el cambio, el movilismo, el talante zapaterista, frente a una España vestida de tradiciones, inmovilismo y falta de carácter, al menos, escasa de ese optimismo altruista que venera la izquierda española. Probablemente, como siempre pasa, alguno permanezca fiel al panorama centralista, por ese mismo valor nostálgico, introspectivo, que sienten los catalanes hacia sí mismos. No obstante, el sentimentalismo castellano, calificado por los ignorantes de franquista, ha de dar lugar al sentimentalismo catalán, una patria que revive en el clima obsceno de Europa, rescatando de entre el polvo y las telarañas, las glorias del medioevo. Pese a que no me guste esta actitud querellante del tripartito, es inevitable reconocer que Cataluña no es una comunidad como las demás; que tiene una cultura, un carácter, una lengua (bellísima lengua, por cierto) y que no debe dársele a estas alturas ningún valor al decreto de Nueva Planta. Mas, ¿es ese el motivo por el que debemos doblegarnos? Si Cataluña es una nación, bien que lo sea... Yo no voy a lanzar una nueva definición del término. Son una nación y son españoles. Como oí decir a un poeta amigo mío, ¡fíjate si son españoles, que sin ellos no existiría España!

¿A qué viene pues este memorándum de nombres y linajes? Ya decía el inmortal Galdós, por boca de su héroe de Trafalgar, que nos une un parentesco taxativo, insoslayable, con el propio Adán. Y yo añado de mí mismo, que nos basta que nos una la sangre del paisano, para que no nos sigamos aferrándonos a un trozo de tierra, a un pedazo de patria, a una parte del lenguaje humano, a un fragmentario análisis de la Historia. El ser humano no vive en un siglo ni en otro, ni es de acá o de allá, porque todo cuanto pueda apresar en su conocimiento ya es una forma de vida en su elipsis; y quien estudia la historia, ya no es español, ni vascongado, ni catalán, ni árabe, ni mozárabe; resulta infantil en semejante universo cernirse sobre un terreno y plantar la bandera. ¡Como si algo fuera nuestro! ¡Como si la muerte no nos hiciera olvidar al propio país de los lotófagos! La paradoja de ser un animal inteligente ya es bastante para elevar hasta el cielo nuestro indefinible asombro.
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