Por qué la soledad es necesaria para los escritores

Poco puede hacerse cuando, apesadumbrada el alma por mil rigores, las cosas que antes le parecían a uno normales, se vuelven mediocres y baldías; aún los enunciados que por fortuna sigo escribiendo, vuélvense vulgares, letárgicos, carentes de ese lirismo que antaño padecía mi pluma ligera como una enfermedad. Hay ocasiones en que parece moribunda, y que en lugar de garabatear en tinta, derrama un líquido gangoso, dibujando tal mancha sobre el inmaculado folio que sin forzar mucho la vista logro verme reflejado en ella. Otras veces hay que, cansado de mi propia entelequia, de mi denigrante divagación, yo mismo renuncio al discurso, o relato, o lo que fuere, sin pensar siquiera en qué habrá sido del frenesí poético que debiera estar vinculado a esa página, a ese momento. Pero siempre, de un modo u otro, pierdo la inspiración, quedando postrado sobre el escritorio, dándome indignado a la cavilación.

Hay muchos lugares en los que se puede perder un escritor; igual que en sus años mozos surcaba los mares y escalaba titánicas murallas a la busca de las musas, cuando se resiente, cuando se sumerge en las lagunas fosforescentes de la confusión, ahora no tiene un motivo por el que aventurarse, y la propia gana de volver a ser el mismo, lo llena de turbación y lo hacer huir avergonzado. No ha habido pocos (entre ellos yo) que por distanciarse del concierto de la soledad, se enredan infelices entre los espinos, dejándose quizás llevar por alguna heroína de dudoso cabildo, que puede llevarlo a rehusar del placer intelectual o a cometer otras simplezas mayores. Busca uno de nuevo esa luz apaciguadora del silencio, ese taciturno aljibe de la reflexión madura, que años atrás practiqué con tranquilidad y fruición; si lo busco, es porque desgraciadamente lo perdí, tal vez por las últimas sacudidas mundanales, los modernos estropicios que han ocurrido en mi vida privada y pública. Viene a ser difícil aferrarse a esa soledad, algo así como un náufrago que se afierra al mástil de su barco, después de haberse hundido. Las olas le golpean la cabeza, lo rodean mareas de oscuridad y perversión; el mar sombrío revela el poder de una muerte lenta.

De esta suerte vengo yo a parecer aquí, en la triste escena del océano, donde nadie entiende nada, donde es peliagudo el sentirse solo, pues enseguida asaltan pensamientos etéreos y fuliginosos que antes no poblaban la mente de un hombre honrado. Quien piensa que el imperio de la vida se encuentra en uno mismo, es necesariamente ingenuo, ya farsante, ya maniático, ya lo suficientemente necio como para mofarse de la desconocida desgracia de los otros... ¿no ejercen sobre nosotros una potestad impensada esas compañías ramplonas que contribuyen a estereotipar el espectáculo del mundo? Y si enteradas del insólito pensamiento de uno, intentan quizás adaptarse a las normas de la mayéutica y el diálogo, se manifiestan aún más torpes, más ignorantes, demostrando que si no entienden nada es porque descuidaron la admiración por la existencia en algún momento de sus días. Por tanto, al cabo de tanta discusión, de tanto ramalazo, de tanta tonificación sofística, sorprendidos de la firmeza del verdadero intelectual, empiezan entonces a resquebrajarlo, a derribarlo, a incendiarlo con la sutil bala de la palabra. Arrostrando esa opresión de la morralla, ¡inevitable pugna!, o los unos acaban apresándolo, o el otro, y ahí se distingue la esencia del categórico y el incierto, se entrega al ejercicio de la soledad, afiliando la actitud de la estatua, sólo que dejando escapar un hálito en torno a sí mismo.

En las altas esferas no se percibe todo eso; aún no sé muy bien si perciben algo, si no perciben nada, o si se dedican a travesear con asuntos sublimes de los que no saben la misa la mitad. Pero lo cierto es que, mudando la virtud por lo gregario y lo próspero, se ocupan en crear un seudo-intelectualismo que satisfaga a los escépticos y convenza a los desengañados. No importa mucho por donde vaya el mundo, pues piensan que la estructura humana puede asemejarse incluso a la esencia vetusta, experta, inteligente y polifacética de la naturaleza; y, pese a las vueltas que hemos dado, todavía no nos concatenamos a la mecánica, todavía somos individuos libres, pero que cada vez hacemos menos uso de la libertad. La libertad es un término muy mal entendido, aún en el hondo corazón humano se revive esa vieja utopía de haz lo que quieras, que inventó François Rebelais, y que hoy interpretó el filósofo, o sofista, Fernando Savater. Partiendo de que la voluntad es un instrumento dócil, algo no aprobado por Kant, todo consiste no en saber lo que se debe hacer, sino qué se quiere hacer; y lo que se quiere hacer, inciertamente, es lo bueno.

Así, las nuevas generaciones se han ocupado de satisfacer la voluntad, no coaccionarla, no coartarla; y pasando por alto la moral, en interpretación de Freud, se ha formado una sociedad paradójica, a un tiempo fácil y difícil de desglosar. Porque todos son de conjeturas análogas, aunque hacen matices distintos; resulta inconcebible pensar que no se hayan puesto todos de acuerdo. ¿No será que poderes ultraterrenos se ocupan de dirigir y censurar, instruir y juzgar? Y las masas incongruentes, embrutecidas, sin entender nunca nada de nada, filosofan sobre el mundo, las relaciones humanas, y otras palabras comodín. Esto, por cierto, no ocurre sólo en las democracias, que también se establecían usos sociales en las monarquías absolutas. Aunque no siempre se ha estudiado, siempre ha existido una sociología, una conducta inexplicable, animal, abúlica, de dejarse llevar por la voz de la manada...

De ahí surge el conato de calmar el alma humana, a base de absurdas técnicas orientales, remedio de este relativo, improvisado trastorno de las multitudes, que buscan desesperadas la infinita colectividad. De esto ya hablaría el filósofo, y también traductor, Manuel García Morente, en su Ensayo sobre la vida privada, una obra atípica y oportuna, quizás más atípica y oportuna a medida que avanzamos en el siglo.

Por lo que a mí me respecta, esa continua lluvia de jaras, a veces me ha entrado el deseo de rodearme de gentes y otras muchas de alejarme del sendero de las pisadas humanas. Las más veces me parece más interesante poder desproveerme de ese instinto de raza, ese instinto de todo, englobado por el universo, y considerarme a mí mismo, en la medida de lo posible, un taciturno espectador, o mejor diría lector, o aún mejor, narrador omnisciente, impreciso, embelesado, que pretende encuadrar en la misma glosa todo lo que no entiende, no sumándose a los absurdos proyectos humanos, sino juzgándolos desde la objetividad de un hombre corriente, hoy día insólito, un hombre que no vive por vivir y no muere por morir... Pero, ¡ay! es obvio que la paz no se consigue sin lucha, y la lucha consiste en conquistar la intimidad del propio individuo.
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1 comentarios:

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Marta
admin
18:11 ×

En mi opinión, insuperable, Samuel. "...desde la objetividad de un hombre corriente, hoy día insólito, un hombre que no vive por vivir y no muere por morir..."

Congrats bro Marta you got PERTAMAX...! hehehehe...
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