Entre la moral pública y el fanatismo religioso

Son inauditas las conclusiones de la moral pública, siempre alterando el modo, siempre rumiando la manera de impedir todo esfuerzo intelectual y sometiendo a los insurgentes de la minoría a tolerar el insano entorno de los medios, sin poder abrir el pico. Desde que la obscenidad y el sexo irracional espoleó las mentes de la dirigencia, habituada a no dispensar de nada a un pueblo veleta, se desdice el paradójico esfuerzo por inculcar valores tan básicos como el culto a la belleza y la honestidad humana. Me sorprende que ningún sociólogo haya reparado en el asunto; no puede ofrecerse el vinagre en copa dorada y el vino en una vasija horadada por los años. Pero como no quiero dármelas de moralista, que es innegable que me estimarían como tal, por no entrar en más linajudos detalles, prescindiré de toda persuasión ética para probar mi tesis.

Si el hombre aspira a algo más que a sobrevivir, y se jacta sin duda de haber dado nombre a la poesía y desarrollo a la ciencia, resultaría ahora gracioso que toda la voluntad y energía de antaño se haya dejado ignorar como cosa baladí. Que aunque mal que nos pese, hombres que hoy consideraríamos absurdos, extravagantes y desenfrenados, otrora fueron grandes genios, quizás incomprendidos por esa intolerancia que sabemos detallar tan prolíjamente, pero eso no les privó de ser genios y haber hecho un gran servicio a la humanidad. Ellos fueron los bueyes que trillaron, y nosotros recogemos la cosecha de sus frenesíes dogmáticos; los elevamos a los altares, desengranamos bien toda su sapiencia, y al cabo de tanta discusión disparatada, llegamos a la conclusión de que nos es imposible estar de acuerdo con aquél en materia de moral. Y careciendo de otra razón que lo justifique, apuntamos que aquel genio, aquel hombre que pugnó por el conocimiento y el progreso humanos, era, en cuanto a sus divagaciones filosóficas, un antiguo, un facha, un hijo de su época. Pero, no obstante, bien que usurpamos sus teorías, bien que las rehacemos; enmendamos lo que creemos deteriorado y lo teñimos del color que más nos gusta acusando que han envejecido y que es necesario entenderlo desde otro punto de vista o mejor aún reinterpretarlo bajo otros criterios, más de persona cuerda, más de persona evolucionada, más modernos.

Trasladando esto al aspecto moral; habitualmente lo que se interpola entre la carne y el espíritu es la religión. Pero como ese valor anda hoy muy desusado, y convence a tantos individuos como pueda hacerlo yo, tendremos que echar mano forzosamente de la sociología. Estudiando la estructura humana y examinando la praxis que ha tenido el cultivo del cuerpo frente al del espíritu, el placer carnal (no necesariamente sexual) frente al intelectual, descubrimos que durante la historia estos han caminado a distintas alturas y que ahora, no sé si por azar o por una voluntad probada, el carnal ha aventajado por fin al intelectual, dejándolo postrado en el suelo y sin posibilidad de levantarse. Todos los medios de comunicación incentivan este proceso hacia la libertad del cuerpo, hacia la coronación de este fragmento del hombre como único guía y dictador de todos los designios de la voluntad. Y si tiene varios otros, no nacidos de la propia naturaleza irracional, la coerción de los psicólogos y charlatanes se encarga de borrarlos. Cuando de pura chiripa a un presentador o a un actor de series, le sale un movimiento o comentario voluptuoso, no se procura enmendar el dilema con paliativos, puesto que ya han estado acostumbrándonos durante meses a la regularidad del erotismo grosero y la indulgencia de las normas éticas. Ya nos han trasladado a la nueva tradición, cuando hace apenas treinta años no se sospechaba ni por asomo tal “avance” del progreso humano en el arte de la libertad. Curiosamente, conforme avanza el siglo, más se reivindica el derecho del hombre a autodestruirse, de pura nulidad, de pura fragilidad al no estimarse en lo que vale. El porqué de esto sólo estriba en que llevamos un avance excesivamente difuso, que han pasado veintiún siglos desde el inicio del mundo civilizado y la civilización está cansada de probarlo todo.

Por el contrario, cada vez que en EE.UU surge algún caso polémico, los europeos, heridos en su amor propio, no pueden comprender que unos individuos más allá del Atlántico juzguen de un modo o manera distinta a nuestros panegíricos de la libertad sexual —¿o mejor debería decir anarquía?— Para desgracia de los progresistas, allá existe un mundo que avanza en otro sentido o según algunos que se estanca, o que retrocede. Pero en eso consiste la paradoja del tiempo, que mientras unos lo toman como excusa para sus trapicheos en el intríngulis la ética, los otros ratifican que se puede ser moralmente correcto aún en estos siglos de evolución y desarrollo. Ellos tal vez hayan sido más fieles a la usanza de sus padres, no tomándose a broma las cosas del espíritu, al menos, teóricamente. Que no todos lo hacen, es innegable; que está impregnado de cierto “fanatismo” —perdóneme el lector las comillas, si es progresista— ya sea religioso, ya ultra-conservador, qué duda cable. Pero al menos ese puritanismo es una facción existente, no dejada de lado, que toma en cuenta los arcaísmos de sus antepasados, que respeta el conservadurismo de sus padres, de sus genios, que no construyen nuevas éticas por que no satisfagan su sed de lujuria, sino que las dejan como están y allá cada cual como pueda.

No alcanzo a vislumbrar ese prurito de persuadir al individuo libre, único y universal que su ansia primera ha de ser el cuidado de un cuerpo, que nace, se reproduce y muere, cuando tenemos un aparato tan excepcional, catalogado antropológicamente como un producto más de la evolución humana. En el supuesto de que eso sea así, ¿no debemos ocuparnos de sacar el más maduro, abundante, dulcísimo fruto de nuestra ánima inmortal? ¿por qué ahora utilizamos la técnica, la razón y el buen juicio en negar su propia utilidad? ¿se está dispuesto a negar la eficacia del amor y declarar como virtud el placer desenfrenado? ¿por qué sometemos la voluntad a vivir en la ignorancia más extrema? ¡Nebuloso enigma! Algo yace en el oscuro antro de lo íntimo, una vaga insatisfacción por el esfuerzo, una discretísima deserción hacia la locura, hacia la mediocridad más absoluta. Pero los políticos, muy sumisos ellos, le dan todos los caprichos a una fiera indomada y extravagante, cuyo abrigo es la indolencia y cuya esperanza es un mero autoengaño de quien no quiere aceptar que la ignorancia todavía nos corroe, y que los porvenires y metas trazados por los sutilizadores no son del todo fiables.
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