Cuánto has progresado... España

Con no mucho acierto y sí sobrado gregarismo, la sociedad de este siglo ha ido implantando sus propios panegiristas y críticos de moral. Los ha colocado en las cátedras, en las columnas de los periódicos, en todo sitio antes respetado por su idiosincrasia ilustrada, para que una sociedad de borregos obedezca ciegamente a todo aquel que lleve un pergamino en la mano o una borla en el sombrero. Se ataca caprichosamente a las sotanas y los alzacuellos, por su perniciosa doctrina y verbosidad, y ahora son los otros, los progresistas, quienes educan al pueblo en el arte de imaginar la utopía y hacerla realidad. (¡contradicciones de la política!) Pero no cualquier utopía, que en esto son muy astutos y cabales, sino en la que ya viene debidamente preparada, digerida, por unos voraces hombres con la conciencia cauterizada, cuyo sólo fin consiste en el establecimiento de un régimen que hasta ahora sólo perdura en los lares de la idea.

Aprovechando ahora que nuestro presidente hace fama de su gran incultura, manifestando a voz en grito que era más ingenuo de lo que nosotros pensábamos, será cosa de pararnos en el camino, volver la vista hacia atrás y contemplar con tristeza las huellas de nuestro pasado. Siempre se ha hecho leña de la época franquista, y naturalmente no me opongo a ello; desde la Constitución del 78 a esta parte, no se ha hecho más que reprochar a la historia su irreversible trascurso, y ahora, en estos años de liberalismo, se ha desquiciado la libertad por doquier, se han hecho reformas supuestamente progresivas, una vez más tomando por pretexto la intransigencia de antaño. Desde los matrimonios heterosexuales al matrimonio homosexual, desde la unidad de España hasta el Estatuto Catalán y el plan Ibarretxe, todo ha ido disgregándose al parecer en medio de la inquietud de unos individuos ajenos, indulgentes, pero, pese a ello, irremediablemente sectarios. Con esos ojos como platos de quien no entiende nada, escuchan sólo la voz que chilla más fuerte, ignorando que en su efusividad es donde lleva precisamente todo la enjundia y no en la esencia, porque en la práctica la libertad llega siempre a ser anarquía.

No confunda el lector los términos; cuando hablamos de anarquía, no nos referimos a falta de orden, que de este hay mucho; pero cuando en un rebaño van todas las ovejas tan juntas, tan enlazadas unas con otras, tal que se dijera que son la misma cosa, no debe el pastor movido por la ilusión y la ternura dejarles que sigan su propio rumbo. Y eso es lo que ha hecho nuestro dirigente, a parte de fraccionar el rebaño, deja que cada carnero se constituya en paladín de su propia milicia, dejando a las ovejas negras automarginarse, y a las más blancas y lanosas, perderse en un valle acechado por los lobos. Mientras tanto, sin demasiada preocupación, él acaricia la lira bajo la sombra de un árbol, componiendo sus bucólicas, perdido en ensoñaciones monstruosas, feminismo, comunismo y otros movimientos pasados de época, pero que tanta vigencia ejercen en las mentes anodinas de los que ven pasar los años bajo la laguna de su prurito político, sin distinguir los resultados patentes. Las estadísticas no hacen más que demostrar que vivimos una época de cambio, que nunca ha habido tanta violencia como hoy en los hogares, pero dicen... son males que lleva el cambio de época; y valiéndose de la coyuntura más bien provocada, utilizan la impensada y modernísima violencia de género, para justificar todo un programa de feminismo obsesivo y revolucionario.

Y señor Zapatero es feminista, como él mismo confiesa; porque persigue ideales, porque le acosa la igualdad, y no descansa tranquilo bajo tal clima de incoherencia; ese es el rumbo de la sociedad, la meta que ha de traer felicidad a unos hombres cansados de oírlo y verlo todo. Sin embargo el machismo arcaico, algo más ideológico que práctico, es el que recibe todos los golpes; pero el machismo ideológico no llevó a la decadente violencia doméstica, ni destruyó miles y miles de matrimonios, y sin embargo el práctico... En lugar de aprender el respeto y la conmiseración de los antiguos, el político progresista los crucifica a base de sátiras y discursos que ellos consideran irrefutables. Pero eso no es que les importe mucho; destruyendo la idea, que es lo que incomoda, no sólo no acaban con el machismo, sino que se desquicia aún más el hombre medio y los casamientos degeneran por arte de birlibirloque. No hay causas, no hay motivos, según ellos; es lo que trae el progreso...

También se jacta de rojo, aduciendo que nada le había enseñado la derecha; nuestros hijos por desgracia no tendrán dónde elegir, porque sin duda la derecha no podrá enseñarles nada, si prosigue el proceso de su extinción. La derecha no podrá enseñar nada, porque está constreñida por el pensamiento propio o prestado de unos individuos que están en el poder. Tal es la libertad del individuo, la libertad de ser progresista; que no hay libertad para la enseñanza de religión, pero sí la hay para entremezclar sutilmente propaganda partidista entre los apuntes de examen; que no hay libertad para tener ideas conservadoras, pero sí para exponer los asientos en los que se basa el progreso. ¡Progreso! ¡Democracia! ¡La mayoría decide libremente lo que es verdad y lo que es mentira! Eso es progreso, eso es democracia. Pero cuando la mayoría es conservadora, y llevan al poder a un exterminador, se pone de manifiesto la paradoja de la política: que sólo el hombre puede ser tan sabio y tan necio como para hacer el bienestar (que no la felicidad) de su patria, o la perdición.

Por tanto, lo que bajo un régimen se nos ha presentado de un color, bajo el opuesto se nos mostrará de otro; tan versátil es la inconsistencia humana, tan fácil de engañar que hasta a veces me da pena reírme de ella. A estas horas en que yo escribo este artículo, aún hay hombres que duermen insatisfechos sobre sus camas, sin saber qué deparará el futuro, sin saber si mañana estarán aquí o si se los habrá llevado el viento. Aún hay viejos amargados que se preguntan qué han hecho para sumirse en el universo artificial y confuso de la humanidad —¿pues no era ya bastante misterio el nacimiento de la vida como para preocuparse por más?— Aún hay hombres, mujeres, paisanos o extranjeros, idealistas y escépticos, violentos y sosegados, inquietos y optimistas, que miran con perplejidad al pasado, y que creen ciegamente en todas esas invenciones, como si el mundo no fuera simple materia, sino un baluarte con sus propios mecanismos de lógica. Vivimos sin pagar alquiler, tenemos el cuarto lleno de escombros, y de pura estupidez no sabemos poner las cosas en orden.
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1 comentarios:

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Anónimo
admin
18:42 ×

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