Etapas del conocimiento. Entre luces y sombras

Es siempre insospechado el influjo que nos empuja a enrolarnos en amargas reflexiones; suele pasarme como a la mayoría de los frustrados: tiento a ciegas la pared, interrogo a todo el mundo, busco con incertidumbre la senda por la que vine, y por último, anonadado ante tanta incógnita sin respuesta, me siento en un rincón oscuro, cierro los ojos y espero a que pase el mal rato. Ha habido épocas en mi corta existencia en que me he cruzado de brazos, irresoluto, sorprendido, a la vez decepcionado de todo lo que constituye un orden, un seguimiento, la línea de una vida más o menos quebradiza; cuando este sino me asalta, dejo de entender el universo como materia uniforme y coherente, y pongo en tela de juicio todos o casi todos los argumentos que, según la gente, constituyen una vida digna. Para acabarlo de aliñar, he de decir que por aquellos años adolescentes andaba yo muy fascinado y atónito con el ideal romántico, el cual yo encarnaba muy fácilmente, y no tenía más que mojar mis dedos en tinta para que nacieran de ellos versos formidables.

Ahora, tras estrictos años de estudio, marcado por la indiferencia que supone ser guardián del conocimiento, tiendo a encasillar esas anomalías abstractas en una determinada clase de individuos, o en funestas épocas de forzosa reflexión. Todo está muy bien aderezado, todo muy bien compuesto en sus propios sepulcros, sin dar lugar a la imaginación de lo inerte; y cuando me place pararme a juzgar esos viejos deliquios, esas desilusiones estrambóticas expresadas sin orden ni concierto, lo hago sin la menor divagación, sin el menor vahído, como si juzgara la melancolía de un ser extraño. La razón de esto raya la obviedad; al principio, la ingenuidad enfrentada con la novedosa inquina y mundanal corrupción, produce ese néctar sabroso, esa lágrima inédita, una adhesión deliciosa a la soledad y las cosas del espíritu. Se encierra uno como un niño en los brazos de su padre, y descubre que el interior del alma es un bello cobijo, y que dentro reina la armonía y el sosiego. Ya sé qué van a decirme; que aún hasta el particular recogimiento penetra la afluencia de lo humano, que las saetas incendiarias del colectivo caen sobre nuestro recinto, arruinándolo, trajinando la inquietud de fuera a la serenidad de dentro. No voy a negarlo, no voy a justificar las razones del eremita. Pero considero que esos dardos que irrumpen en la cohesión del pensamiento sólo avientan más la llama del romántico, elevando su poesía hasta límites portentosos y ahogan la impresión degradante, insostenible de la desesperación mediocre.

Esto no es una ciencia, nunca ha existido como tal, ni se busca ni se encuentra; es sólo la urdimbre, la defensa del interior del hombre contra su cuna original y de la que se siente indigno. Encuentra, incluso sin quererlo, una relativa afinidad hacia la persistencia del universo, con el que se identifica, como piezas de un mismo puzzle, tratando a los demás como simples husmeadores que hacen más agradable el resguardo de su intimidad. No obstante, no es ineludible pecar de panteísta cósmico, si se contrasta la frivolidad de lo protervo con el carácter sacro de que participa todo retraimiento; de otro modo, le parecería aún más prosaica la situación: un solo individuo que sucumbe ante la locuacidad del vulgo, observado ciegamente por el universo inexorable.

Por tanto, ya lejos de toda introspección, cuando me veo ahora inquieto, estresado por un cúmulo de ideas espurias y la falta de notoriedad, me rindo, evocando esa desdicha fantaseada por la lírica. Porque he pasado de la pueril ingenuidad, al más provecto desengaño y al fin, me he dado a la indiferencia. Como si los años veloces y las épocas se reviviesen en lo estrecho de nuestros días y nos revelasen siquiera una sílaba, un minúsculo monema de aquello que otrora se vivió; como si nuestros antepasados en tácito acuerdo, nos dosificaran esa píldora de sinsabor que ellos probaron antes, y se burlaran de nosotros ordenados en coral jerarquía. A veces en la calma del instante, dadas ciertas circunstancias irrepetibles, vuelve ese fantasma inquisidor, perverso en toda su política, que pone el aguijón sobre ese punto fatídico, ya enclaustrado en los anales de la Historia, pero con un carácter y una naturaleza inveterada, haciéndonos sentir el borrascoso clima que vivieron aquellos otros hombres, tan ingenuos como nosotros; y nosotros, ignorantes, decimos que el mundo avanza, cuando en realidad se nos presenta bajo distintos axiomas y cada vez con un disfraz distinto; ora nos transmite la desilusión barroca, enredándonos en la hojarasca ideológica de sus coetáneos; ora es el racionalismo del Siglo de las Luces, y nos da por ensayar teorías e ingeniar métodos que pongan fin a tal o cual desventura; ora es el Romanticismo, involucrándonos en todo su carisma funesto y apasionado. En esas tres épocas subsiste la conjunción humana, cada vez de diversa forma, pero siempre sucediendo a un siglo de desencanto otro de plena certidumbre. Y sin que uno fuera el primero, no hubiera sido posible el otro, así sucede el dogmático devenir de los hombres.

Pero no ignoro que hay algunos ajenos a estas clasificaciones, y con la mira muy alta y el orgullo desorbitado, emiten cuando les viene en gana, ora un aforismo mal aprendido, ora una cita inverosímil de su cosecha, que muchas veces la uno contradice al otro, pero que vienen bien para un punto de conveniencia. Tales individuos no temen nunca anegarse en ninguna situación imposible, porque especulan que su remedio radica en su propia mente ambigua, y no en que tal circunstancia participa de una índole que lo derrumbe categóricamente. Luego que vienen mil desengaños y se desempaquetan mil nuevas quimeras, embrollan aún más su ordinaria nulidad y hasta creyéndose a veces que son grandes pensadores de las muchas incoherencias que albergan. Cuando se les pregunta sobre algo concreto, responden siempre con evasivas y patentes pruebas del poco saber que tienen, como si lo examinásemos a él, y no a la respuesta en cuestión; son polemistas por naturaleza, aunque no conocen a ciencia cierta ni de qué ni el porqué discuten.

Cuando un hombre de este género se topa por pura casualidad con un apasionado romántico, el cual ruega una explicación a su desgracia, interrogando a la Providencia, luego viene el otro muy astutamente, bañado en esa mediocridad del que no ha vivido, y emprende toda una retahíla de remiendos como si de un brocado se tratase. Toma como designio máximo la fuerza de voluntad, un nervio que los románticos desconocen; le viene con prédicas, y el otro le responde con réplicas; intenta corregir su pensamiento, y el otro lo enreda aún más; en mala hora quiso enseñarle a un romántico su gramática parda, él que disfruta emergiendo de los problemas, y el otro parece que su placer sea el aferrarse a ellos.

Otro caso que se da es cuando el enamorado se sienta a la sombra de un árbol, toma la lira y ensalza en dulces tonadillas su amor inconcluso; el estricto racionalista, que llega muy estirado y enmendador de compromisos, le interroga sobre la causa de su dolor. El joven Macías detiene su música, observa desairado a la curiosidad impertinente del paseante, y luego sigue cantando con mayor gravedad, como si no le oyera. Su compañero lo vuelve a detener, e insiste en que le explique la fuente de su dolor, desdeñando todo atavío de palabras y divagaciones líricas; como el amante se hace el sordo, o bien no le entiende, aquél saca una libreta y un bolígrafo, y por la letrilla de las canciones, intenta descubrir el enigma. El enamorado suelta la lira, picado por la curiosidad de ver qué había escrito en la libreta; observa que ahora que su compañero intenta resolver un problema de matemáticas. Se asusta de aquel hombre, todavía desconocido, no entiende que su sensacional concierto haya generado todos aquellos desarreglos melódicos, aquellas notas conceptistas y repulsivas. Se va triste de que no le entiendan, lo deja sólo con su problema matemático y sigue componiendo por el camino su tonadilla amorosa.

Algo así sucede a día de hoy, por lo menos, a nivel emocional; unos hombres pasan de unos siglos a otros, sin ninguna conciencia de ello, y otros, que ya evalúan sus variaciones anímicas, empiezan a comprender esa actitud dogmática de la naturaleza humana; el porqué de los resquemores, el odio, la envida, la desesperación, tropiezos inveterados que aún no dejan de cometerse y a veces consiguen anteponerse a la propia ley. Los unos, caminando a ciegas o como sonámbulos, acostumbran a equivocar los términos, y al cabo de tanta divagación obsesiva, acuden a un psicólogo para que abrevie su desaliento a una mala píldora u otras palabras zalameras que le aumenten la autoestima. El pobre hombre, no sabiendo lo que hacer con ese manojo de pensamientos, acaba resignándose al culto maniático a la medicina. Otro caso aparece en la política; hombres ramplones y atolondrados, que en su juventud les dio por leer a Marx, y que tan admirados quedaron de ello, que no leyeron más; ahora que ostentan un pensamiento más o menos conocido, con sus oportunas reformas, no hacen más que atacar a mansalva a los del partido contrario y defender a los políticos de su afición. Y el rumbo actual de la sociedad, por desgracia, es ese ritualismo artificial que se afianza con la tecnología; no pensar más, resignarnos a lo que está hecho, seguir coreando los mismos gritos, inventar otros análogos, pero que no se salgan del mismo lugar. Mecanismos disfrazados de novedad. Una sucesión de épocas que se han estancado antes de llegar al fin.
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