Suntuosos manjares

Y llegó el día. Un cachivache rectangular recién instalado impide el tránsito humano, ocupando casi al completo el pasillo de la planta baja de la facultad. Sus escasos dos metros cúbicos son perceptibles desde ambos extremos del tubular distribuidor de aulas. No por sus colores, los cuáles alternan un azul verdoso con un tibio gris rosado, todo angelical. Pálidos, cautivadores, delirantemente bellos. Como tentación celestial para las estridentes paredes azulejadas del edificio, que hastían a un asno, si por allí pasara repetidamente. El cubito se asemeja a un oasis. Cuando un estudiante se tambalea de puerta en puerta a lo largo de su hecatombe matutina y, exhausto ya, se tropieza con semejante garito acartonado, sus convalecientes neuronas no pueden sino entusiasmarse con la idea de extraviarse en una isla, al divisar sus colores. Su imaginación comienza a desdibujar estampas de parajes exóticos, de playas desérticas, de fragmentos gráficos sobre paraísos inhabitados, cuyo cielo se piensa igual de azul que el estandarte frente a él. Su vista no puede regresar al suelo, haciendo como al ahuyentar el pecado, y proseguir aletargado con el ceremonial de cada mañana. No puede. No podemos. ¿Qué estudiante, preceptor, o empleado puede resistirse a su tacto, al menos, a la contemplación del estandarte tridimensional? El deseo es la esencia del ser humano, dijo el maestro Spinoza. Nuestro deseo surge en ese instante mismo de girar la mirada hacia el aquirofanado pasillo –perdonen la petulancia, lectores pacientes— y encontrar una nota de afonía que despierte de una vez el letargo cotidiano. La mente comienza sin más a desvariar. Y no vuelve en toda la mañana.

El exótico cajetín no es sino la ínfima parte de la realidad tras la que se sumerge la pretensión placentera. Su imagen atractiva es ficción. Como todo lo sublime, como todo lo bello. El verdadero sentido de la caseta es repartir la prensa diaria a los inocentes mozalbetes que por allí transitan. No teletransportan cuerpos a paraísos. Desilusión. Casi suicidio, si se vuelve la mirada al alicatado del aula más próxima. Las letras que completan el latrocinio académico son las siguientes: El País. Es explícito. Nuestros magos encorbatados, que se dedican a intercambiar retórica educativa día sí y día también, en sus juntas, en sus despachos, en sus salas, permiten al diario más importante de este país –y en proporción de ventas, el más trolero— repartirse todas las mañanas, a apreciados lectores, dubitativos en política, durante un trimestre completo. Basta con inscribirse en una lista, con la excusa de recibir un premio en un sorteo, si toca al numerito afortunado –el que no existe, claro—. Y cada mañana, allí, parapetada, la cola neurálgica de toda la facultad. Y no sólo en este edificio, probablemente ocurra lo mismo fuera, a lo largo de cada magistral rincón de esta ciudad, y dudo además, que la promoción no tome forma en otras localidades. Al fin y al cabo, todos los universitarios españoles estamos en el censo, y por ende, en la lista electoral. Ergo todos merecemos publicidad.

¿Me pregunto que ocurriría si, por casualidad, se repartiera otro periódico cualquiera en el mismo estandarte farolero? Desconozco el convenio regulador de semejante invasión sectaria. Pero no puedo frenar mi curiosidad, por descubrir cuáles serán los números o cifras de la campaña panfletaria. ¿Quién sufraga la edición de esos mismos periódicos? La Universidad, por supuesto. Y es pública. Conclusión: los ciudadanos. Somos nosotros mismos, como habitantes –ya sea emancipados, o dependientes a través de nuestro padre o tutor— los que con ignorancia pasiva estamos contemplando como una empresa privada –sólo busca beneficio económico—, hurta un espacio en el pasillo de nuestra facultad, coloca a dos jóvenes allí perpetuos toda la mañana, despliega publicidad gratuita a las impolutas y provechosas personalidades de cada estudiante, exhibiendo sus proclamas electoralistas, y, como farsa universal, se lleva dinero por ello de nuestros propios bolsillos. A cambio de una pequeña suma que será el aguinaldo que reciba el erario público por la ocupación del suelo. Para remate del colmo, los paseantes empapelados fardan entre clase y clase de estar informados, al día, y leer algo más que la sección deportiva. De El País. ¿Cómo se llama esto? Ni Maquiavelo lo imaginó.

De todas las artes, el cine es, para nosotros, la más importante. Lo dijo el mentor de la propaganda bolchevique –esto también es pleonasmo—. No hace falta más que leer, todo está en los libros, todo se escribió. Todo lo escribieron. Los mismos. La misma doctrina que aparece cada mañana en el editorial, en la portada, en las columnas, en sus púlpitos. Los de la empresa que promueve sus panfletos. Y nosotros, quienes somos capaces de pensar de vez en cuando, debemos callar. Son fantasías. Dirá el señor rector, con suerte, si lo sabe. Así que la efusión colorida de cada mañana, ese sacrilegio intransitable que ocupa el pasillo central, no es sino una caseta publicitaria enquistada en suelo académico –académico antaño, pues actualmente, y a la vista de los hechos, es más acertado denominarle baldosa doctrinaria al escenario que ocupa la facultad— de una empresa privada, que costearemos cada uno de los displicentes españoles sin darnos cuenta.

Ahora nos queda el resto del trimestre, observando a esbeltos estudiantes paseando su pedantería progre, a periódicos pegados, por los mismos pasillos, por las mismos pupitres, por las mismas escaleras, de las que esperábamos huir al sólo divisar aquél estandarte azulino. Y sólo vemos papel amarillo. Cutre, falseado, pactado, gratuito. El destino baraja las cartas, nosotros las jugamos (Josef Stalin dixit). Más aún si las cartas tienen forma de sutil papel arrugado. Y lo regalan. En la Universidad. Hoy, templo de ignorancia. Mas la ignorancia no se desperdicia. Es papeleta electoral: es maná.
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1 comentarios:

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Anónimo
admin
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