Cómo evitar las discusiones inútiles. Trolls y propagandistas

Ya se regodean esos zánganos, ociosos portadores del pensamiento ajeno, que ni ellos cultivaron, pero que acatan como por un sublime rayo que los ilumina y les muestra la verdad sobre la ciencia política. Podrá verlos el absorto lector en las columnas de los periódicos, en los foros de la red, en todas partes donde se cueza algo morboso y que sin duda alguna no contribuya al avance cultural. Podrá verlos felicitándose después de sostener un aguerrido debate, recargado de demagogias, o en el paseo llevando un periódico significativo bajo el brazo. Se llaman gente tolerante, gente objetiva, gente solidaria; no es fácil que pasen inadvertidos porque una y otra vez su lengua los delata y aun cuando intentan apresarla y arrastrarla hacia mejores vicios, ella siempre se les desgobierna y acaba hablando de aquello que por naturaleza engendra rencillas y tergiversa perogrulladas.

Yo, ya sea por casualidad, ya por obstinación, los he encontrado en los más variopintos lugares, y me he topado con decenas de ellos que pretendían hacer de mi mente un blanco para sus flechas incendiarias; por suerte, he sabido retirarme a tiempo, poner como excusa la lectura de tal o cual libro, o mejor aún, la insistencia de asuntos más importantes que requerían mi atención. Pero aunque siempre intento evitar tales confrontaciones, no pasa un ardid al ojo de mi pluma, sin que ésta lo tilde, lo inquiera, hasta desvelar la pequeñez de su trama y los cimientos inestables en los que se basa; me he exigido, como por voluntad del deber, convencer a esos coetáneos míos, a esos hombres tan abiertos y tolerantes, a esas tediosas cacatúas cuyo discurso no tiene límites y pocas veces puede pasar desapercibido. He impugnado sus tesis, he echado mano de todas las armas de persuasión y de toda la mayéutica socrática a fin de hacerles entrar en razón; nada he obtenido, ni siquiera se han movido un ápice de la posición que tomaron. Una y otra vez, el implacable, infranqueable muro de la lógica humana vuelve a levantarse sobre mí, a empequeñecerme, a hacerme ver que goza de más robustez que mis flacos nervios y mi poco aguante deliberativo. Aún resulta más difícil dar coces contra un muro que contra un aguijón. Tal vez algo signifique este conato a nivel social, pero por mí aunque trascienda hasta las mismas salas de la Cámara Baja, no he de tomar como dogma la locura del panegírico o el aplauso de una facción puramente artificial y sectaria.

En una ocasión, por tratar de algunas cuestiones en torno al relativismo, cómo no, me tacharon de intolerante, lo cual me parece una majadería, porque puestos a entablar un orden en los coetáneos entresijos mentales, siempre se debe saber qué es desechable y qué podemos tomar como digno. Por lo visto hoy por hoy carece de mérito la segregación de los ingredientes, y se prefiere filtrarlos todos en la misma olla, alegando que cualquier escrutinio significaría un acto categórico de discriminación. Al menos en el oscuro pasadizo de mi alma, puedo tomarme la licencia de no tomar ningún partido, ninguna facción, y mucho menos las que penetran desde afuera. Porque, no sé si desafortunadamente, el individuo no vive en una isla solitaria, no tiene casi tiempo de ocuparse del cultivo de su admiración, y se ve constreñido a adaptarse al intelectualismo rancio y machacón de los políticos. Haciendo el énfasis en el colectivo, y al minuto siguiente renegando de él en favor de sus acólitos, el hombre hastiado siente una tendencia perpetua a cerrar los ojos, a maniatar también la lengua y en ocasiones a obstruir el paso del sonido a los tímpanos.

Pese a ese odio que siento hacia la escuela política, y pese (también hay que decirlo) al amor que le profeso, a veces la lectura de un libro rancio o el fervor por escribir una página de cuento, me han alejado de mis reflexiones ideológicas. A veces me veo arrastrado por esa fuerza motriz que nos hace reparar en lo bello e ignorar lo nulo; de pasar las noches con la cabeza llena de pájaros (pájaros con corbata y americana, se entiende) o soñando con los discursos electoralistas, me embriago en la lectura intestina de un libro más o menos locomotor, que me traslade a las regiones desorbitadas del pensamiento humano. Nada más sencillo, nada más abrupto ni más humano; la sustitución de lo execrable por la esencia balsámica de una cosa, curiosamente, no falseada.

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