Estridencias anómalas

El texto fluye ameno. Como si nada supiese del mundo. Con virulencia persistente, tambalea una vez tras otra sobre el papel. El desasosiego que su ingenuidad me transmite no es comparable a cualquier otra tarea diaria. Tan pronto la primera palabra surge de los posos alojados en la mente, como vuelve tras de sí aquella idea que nunca se alcanza a plasmar. Mas no siempre ocurre así. El mecanismo de conjetura, diseño, precisión, presión de teclas, lectura vez tras vez de las mismas inertes líneas, disección y posterior censura, no es un ritual fácil para el novato ojeador de tinta por muy aparente que ello parezca al principio. Apenas es comprensible, pasado un tiempo. La demencia de su respectivo autor es una exquisita y sugerente excusa para proseguir con la labor. Irrecuperable queda el autor. Y tan traumática como esencial permanece su tarea. Incluso en esos momentos en los que la mano, rígida y constreñida, atraganta cualquier brote de locuacidad o cualquier ocurrente colgajo de imaginación. Como rayo que fulmina, ejerce el propio yo, a su pensada y proyectada idea que en sólo él reside. No es sencillo pues, pero la escritura es necesaria. Lo ha sido en el pasado, y ahora lo es también.

Leía hace un tiempo un fragmento que Nabokov extrajo de una carta de Gógol, y que guardo con admiración en mis notas: “Con horror miraba en torno a mí y discernía mi horrible situación. Absolutamente todo lo que había en el mundo se había vuelto ajeno a mí, tanto la vida como la muerte resultaban igual de insoportables, y mi alma no podía explicarse sus propios fenómenos. Yo veía que debía huir de mi propio yo si deseaba seguir vivo y dejar que al menos la sombra de la paz entrase en mi devastada alma.” Esto decía el maestro ruso recién llegado a San Petesburgo procedente de su Ucrania añorada. Y casi dos centurias más tarde no caen en desecho sus sabias palabras. Es evidente que toda una compleja maraña de resortes se teje en la cabeza del escritor. Y que es él mismo, único creador, arquitecto, juez y pujador de sus textos capaz de validarlos o destruirlos bajo la más cruel de las paternidades. Austera. Todo gira en la mente, el universo que rodea cualquier papel reside allí.

Llegó el día en el que nada más quedaba que apreciar, que no fuera lo que en esa mente acontecía. El día es hoy. Se convierte la tinta, y con ella toda su peregrinación previa, en lo único merecido. Y, consecuentemente, la propia consciencia en el travieso y diabólico bufón que corretea permisiblemente por esos pliegues. Debo, definitivamente, escapar de su garfio, ignorar sus suplicas de conmiseración, sus turbios deseos de profundidades vacuas, sus intersticios conjugados en trampas, sus exclamaciones de apetito residual, sus conjuras de clemencia dramática, que sólo hacen alumbrar frustración, desesperación y paranoia. Esas estridencias que reverberan en los pliegues de la imaginación, son la mortaja de un oficio que no reluce, cuya apariencia todo lo blinda, todo lo ciega. Nace y muere en el mismo momento, en el semejante paraje, en el propio individuo, en la justa pronunciación de una sílaba: yo. La abismal noción del yo, es el alfa y omega de cualquier escrito. El escritor ejerce de enemigo del escritor. Es su genio constructor y su guillotina destructora. Ahí reside la fascinación que la anómala elección de escribir me sugiere. Quizá sea esa anécdota del viaje continuo que el escritor padece su más repetida muestra a lo largo de la historia. Cierto es que la huida a través de países o de ciudades no tiene sentido, pues el verdadero peligro lo alberga uno en su propio cuerpo, en el laboratorio de sus propias ideas, en la caverna de sus textos, de sus versos o de sus diálogos, en su mente. Y, obviamente, por mucha persecución que se finja a lo largo de los viajes de la vida de cualquier famoso autor que conozcamos, acompaña en la maleta, el truhán más cruel de la tinta, esto es, el yo escritor, el mismo ser que escribe, complace, maldice, borra y enloquece en su interior.

Observo ahora mi alrededor, y me veo a mí, con esfuerzo, plasmada en él. No encuentro motivo, sino el placer por conocer, para abandonarlo y viajar a otros lares. Sé que es necesario que alguien describa el mundo en estos tiempos, y estoy dispuesta a asumir ese arriesgado oficio, con demérito y sacrificio. Me río. Qué puedo hacer sino. Spinoza dijo que no nos entristeciéramos o nos entusiasmáramos con las acciones humanas. No tomo la risa como regocijo, sino como pasatiempo involuntario. Me río de todo, ya. Y mi condición natural, la que un don nadie inventó dándole convencional nombre de edad, no debería permitírmelo. Pero la verdadera realidad, no me da otra opción. O me río del mundo, o el mundo se ríe de mí. O ambas. O escribo. Desde luego, intentaré no huir de mi vida, sólo de mí. De ese que tanto desea el fracaso. Pese a todo, no hay mucha gente dispuesta a escoger el desafío que supone escribir. Cada vez menos. Mejor no perder tiempo en el laberinto de la sombra que mi propio papel proyecta. Y que mi mente, jugando sigilosamente, hace retrucar con cada idea. Mejor apremiar ese falso viaje, ese precipicio que es para el autor su escritura. Que es para el yo: escribir.
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