Le Bistrot Maurice (minicuento)

Añoraba el atardecer de Montmartre. El vespertino susurro de sus angostas callejuelas. El «Bistrot Maurice» se conserva igual que hace veinte años, cuando lo contemplé por última vez. Apenas han arreglado la vieja puertezuela chirriante de la entrada. Pensaría que nada ha cambiado, ni el hortera tapizado de sus sillas, ni el hedor catódico que procede del toilette, sino fuera por los ya desaparecidos rizos de su dueño, quien me recuerda aquel inolvidable día en que conocí a Juliette, mi primera mujer. Ella tomaba un café, mientras leía informes. Sus resplandecientes ojos azules asomaban entre las carpetas que amontonaba sobre su mesa. Maurice sabía que era abogada, y vivía para su trabajo. Me citó con ella. Su tierno nerviosismo me sedujo. Me encadenó la manera en que arrojaba la pluma sobre los papeles. No pude resistir su sonrisa, tímidamente despiadada.

Por aquel entonces yo merodeaba pusilánime por la ciudad, en busca de la idea oportuna para escribir una historia. Amaba a Juliette. Dos meses más tarde le diagnosticaron esquizofrenia irreversible, el mismo día en que comencé mi primera novela. Necesitaba silencio, y ella no hacía más que gruñir, desquiciarse y lanzarme muebles cuando me veía. Quemó todas mis notas. Decidí huir de aquella casa, y coger un avión en dirección a Miami. Quería olvidar aquella pesadilla. Durante el viaje, en una brusca turbulencia, una esbelta azafata derramó agua hirviendo sobre mis pantalones. Levanté la cabeza en ademán de gritar, y el carmín que resaltaba sus labios invadió mi mirada. Me devolvió la felicidad. Sus piernas eran interminables.

La delirante melena rubia de la azafata me fascinó durante tres semanas. El tiempo suficiente para poner en camino un bebé, casarme con ella y firmar dos hipotecas. Me arruinó. Un día descubrí que era calva y desmirriada, su peluca le acompañaba desde que superó una leucemia. Esto ocurrió antes de que un accidente aéreo le costase una pierna ortopédica y cuatro dedos extraviados. Mi hijo resultó asmático, rechoncho y torpe. Me ignoraba. Ni siquiera terminó el instituto. Eran ambos repugnantes.

Nadie me habla hoy. Estoy muerto. Vi mi propio rostro en una necrológica. Me suicidé, decidí hacerlo yo mismo, antes de que aquella pérfida azafata hemipléjica me descuartizara. Y quise regresar, con mi cadáver, a Montmartre. Frente a mí, ahora, los recuerdos de la primera cita con Juliette. Sé que nunca debí cruzar la chirriante puerta del «Bistrot Maurice».
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