Los otros siempre son los malos

Lo llaman libertad de expresión, que es lo mismo que decir que todo el mundo tiene derecho a lisonjear al gobierno; esa locución comúnmente deteriorada, como casi todo el diccionario sustantivo, empieza a utilizarse como pretexto para responder al ataque subversivo de los predicadores de la malentendida ultraderecha. Que engañan, que alarman, que profetizan infortunios y jeremiadas; todo una sombra en comparación con el futuro adverso que nos aguarda; por algo esos engañadores, esos alarmistas, esos falsos profetas, son periodistas, vigilantes de la opinión, y participan de esa innata facultad de infundir el miedo cuando existe una buena razón para tenerlo. Representan a la oposición, un obstáculo ideológico al fogoso adoctrinamiento de masas; por ello, una y otra vez, los insultan, los clasifican, los calumnian, levantan contra ellos esos dardos publicitarios que quedan tan bien en los titulares de la prensa izquierdista. Algo habrá de putrefacción, de corrupta pestilencia, en esa implacable sátira contra el jefe del ejecutivo, razona el ciudadano medio o el medio ciudadano.

Cuando el facundo político, de indudable tendencia hacia el marxismo, sube a la tribuna y pronuncia un afectado discurso, —o más bien diríamos una amalgama de subordinadas inconexas y reiteraciones absurdas— todo lo que se le ocurre acude a incrustarse, como por voluntad de una fuerza suma, en los resortes de una corriente proterva, insana, enemiga del pueblo, más o menos aérea, que llena toda la sala como una peste. Emiten sus proclamas a modo de una vulgar caza de brujas, acusando a unos y a otros, más bien crucificando ciertas metodologías e ideologías arcaicas, extrañamente encarnadas en unos caballeros que nada tienen de políticos y mucho menos de caballeros. El quid de la cuestión es que son unos aguafiestas, que por algún desbarajuste de la democracia, ocupan unos cuantos escaños, están presentes en los debates y hasta se blasonan de defender los intereses de la nación. Son inmovilistas para todo; mientras el país se tambalea, ellos abogan por estarse quietos y aplacar el traqueteo de la barca; mientras está inmóvil, ellos persisten en prolongar esa firmeza mientras les sea posible. En suma, que nunca están de acuerdo con nadie, le ponen peros hasta la más exigua preposición, quizás por algún desarreglo mental o porque disfrutan aletargando el progreso de la sociedad.

La izquierda no concibe que la democracia genere tal arquetipo de individuos; la única solución es que regresen a la ortodoxia del partido, que dejen hablar a su líder espiritual, un caudillo bastante verboso y sonriente, adicto a las bulas ideológicas; su doctrina consiste en la propagación de una forma de vida muy simple: sé de izquierdas, sé progresista, y ya tienes ganado el cielo. No hay más en su credo y su catecismo, que si apoyar a los americanos es pecado de herejía, dar tu voto a la oposición ya es venderse al Diablo. Al fin y al cabo, el debate político consiste en una perpetua e irrelevante confrontación de pareceres; unos tiran hacia un lado, otros tiran hacia el otro, ¡y aún quieren que la cuerda no se rompa! Si nuestros politicastros coaccionaran el libre albedrío, pondrían en tela de juicio todo su panegírico sobre la pluralidad; aunque tal vez encontrarían algún cabo suelto, como que van buscándolo, y a veces lo sacan de donde no lo hay. He aquí puesta sobre la mesa una religión ideológicamente relativista, sin ortodoxia, concesiva, camarada del voto, que se ensaña contra el fervor de los contrarios, con igual o aún mayor fanatismo que ellos.

Según el diccionario de la RAE, la tolerancia tiene esta acepción: 2. Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias. Y el respeto, según los linguistas, significa consideración. Envolviendo ambas denotaciones lo más estrictamente posible, de tal suerte que encajen, entenderíamos tolerancia como considerar las ideas, creencias o prácticas, y bla, bla, bla. Los apologistas de la tolerancia, curiosamente, olvidan ese matiz último de que tiene que ser contrarias a las propias, porque hoy por hoy, aún entre filósofos, existe esa ósmosis de las ideas propias y las colectivas. El político defiende al débil, reivindica en favor suyo, puesta la mirada tanto en su altruismo ególatra como en el galardón que obtendrá como fruto de su estratagema. En esas ocasiones, fuere cual fuere la causa del pretendiente, aunque ella misma lo haya arruinado, se muestra excesivamente tolerante, transigente, hace la vista gorda. Lógicamente, los disidentes serán sus opositores, y por el compromiso que el propio político ha adquirido con la tolerancia, habrá de mostrarse inexorable con las ideas que no son las de él; de modo que se ha llevado la intolerancia al extremo: si no piensas como yo (es decir, que hay que consentirlo todo para beneficiar a nuestros votantes) eres un pobre ciego, enemigo de la libertad, un engañador, un alarmista, un falso profeta. La verdad se hace relativa; la tolerancia también, y por desgracia, aún los términos lingüísticos pasan por el filtro electoralista y benefactor. Difícilmente el socialista verá de otro modo al que se le opone; con la viga del totalitarismo en su propio ojo, todo el que se ponga en su contra será fanático y totalitario. No pueden abrigar la posibilidad de ser persuadidos por su opositor y reconocer un indudable tropiezo (o viceversa) No pretenden gobernar un país por las sendas en que éste desea caminar, prefieren eliminar a los contrarios, aunque sea por vía pacífica. ¡Valiente tolerancia! ¡Relativa pluralidad! He ahí la inolvidable esencia del marxismo, su espíritu que aún yerra entre las multitudes, aunque trasladado de época.
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