Suntuosos manjares (II parte)

Y, lógicamente, llegó también el siguiente día. En la universidad de hoy, todo es posible. Caminaba mi mente, durante los primeras horas del pasado viernes, entre un inmóvil espesor de absurdos conceptos incluidos en la arquitectura microeconómica que me ocupa estudiar este cuatrimestre. Mis pies se dirigían a clase de matemáticas, con la total desaprobación de mis pestañas entreabiertas, cuyo acérrimo aliado se enmarcaba en la densa y fantasmagórica niebla que impedía abrir los ojos para ver algo más lejano a la baldosa del suelo que pisaba –en algunos tramos de la calle, escasamente se diferenciaban con claridad las dos palmas de las manos, en lo que era una magnífica estampa de la climatología castellana durante el invierno, pero en otoño—. No hallé el edificio de mi facultad hasta no chocar mi nariz con sus muros de ladrillo carmín, los cuáles intercambiaban el sideral paisaje invisible, que catapultaba la imaginación a mundos inhabitados, en el pésimo (y veraz) yugo académico cotidiano. Una vez recuperada del exabrupto nasal y emocional, recobré aliento, y busqué quejosa la puerta de entrada a mi aula. Tampoco la advertí esta vez. Todo se conjuraba para impedirme el acceso a mi fatídica clase de programación lineal. Debería haber optado por dar media vuelta, huyendo de la realidad en busca de la leyenda de niebla que dejaba atrás. De repente, me topé con una marabunta humana que se agolpaba justo delante de la doble puerta de acceso. Era imposible divisar dicha puerta, estaba completamente taponada por la manada estudiantil –los viernes escasamente acuden a la facultad cuatro aburridos e ilógicos personajes que se dedican a estudiar en el interior del edificio, como es mi caso—. No daba crédito a la concurrencia allí postrada, la cuál agitada hasta la más irracional demencia, se arrastraba por el suelo, demandaba, agarraba y arrancaba catalépticamente papeles de periódico de las manos de dos chicas, fascinadas por su recíproca capacidad de atracción y conciliación humana.

Con la intención de hacerme pasar por común mortal de vez en cuando, mi curiosidad me acercó al montón de supuestos estudiantes que allí había. Entre empujones, puntapiés y despeinados golpes, me hice con un ejemplar del periódico que repartían las dos absortas chicas. Cuando me puse a salvo de agarrones, unos metros más adelante, se me ocurrió pensar dos cosas. Recordé un momento de mi infancia, cuando las palomas garabateaban en la arena del Campo Grande, y se acumulaban, entre semejantes aletazos, alrededor del risueño viejo que les lanzaba migas de pan y trocitos de suculento y pueril barquillo. A continuación, mi memoria se tornó en la ocurrencia de maravillarme por la esperada noticia, que era el contemplar a decenas de jóvenes reclamando un periódico que leer. La lectura de algo, en fin. Letra impresa, al menos. Creí haberme elevado a otro mundo de admiración cultural, cuando, por cosas del olfato sociológico, se me entrepuso la idea de abrir el conjunto de papeles numerados que se extendían en mis congeladas manos. El dichoso periódico, vamos. Descubrí cuál: El País. Se desvaneció mi segundo pensamiento. Advenimiento cultural, obviamente, no. No era esa la razón.

Impelida a ejecutar el mismo acto que aquellos que me rodeaban cargados de periódicos similares al mío, lo abrí tan pronto recuperé la sensibilidad de mis helados dedos, una vez en el interior del aula. Estaba impaciente en descubrir cuál sería el resultado deportivo que movía a todos los estudiantes congregados a reservarse ejemplares, la fotografía del protagonista del estreno televisivo de la temporada en el pésimo canal inmaculado del Todopoderoso panzudo, o, quizás –echándole imaginación—, el cupón descuento para adquirir el nuevo modelo de perfume cósmico ultra seductor, sino, un mini frasquito-probador de regalo para fascinar a las tapias pituitarias de los adolescentes exquisitos. Atónita me quedé. Paralizada. Mis pesquisas de desplomaron. Mis confabulaciones hipotéticas se evaporaron, como se hubiera evaporado el perfume en la tórrida muchedumbre de una lonja. Ni el más certero brujo hubiera acertado lo que en su interior se incluía. Un desplegable comercial colgaba de la página central del periódico: promoción publicitaria. Eso sí. Hasta ahí. Unas fosforitas letras, en disposición jeroglífica –como mandan las vanguardias telecomunicativas—, se adueñaban de la mirada. Era una resplandeciente muestra de preservativos, en bolsita reducida, con instrucciones y recomendaciones explicitadas y con catálogo de variedades patentadas impreso. Condones de regalo para los afortunados jóvenes acaparadores. Qué maravilla. Miré a mi alrededor. Decenas de papeles se amontonaban residualmente sobre las mesas del aula, mientras los bolsillos de mis compañeros rebosaban de lotes de preservativos gratuitos. Yo tenía mi lote, perteneciente a mi panfleto periodístico. Afortunada una servidora, para no ser menos. Era una escena fascinante. Hubiera faltado la profesora de matemáticas con un paquetito de condones en su maletín, y el respectivo periódico-expendedor, claro. El País espeta condones promocionales a los universitarios occidentales de estos tiempos. Así es. Así fue el viernes.

No hartos de noticias que ocultar, primicias gubernativas que expender, verdades que enmarañar, o personajes que desprestigiar, alzar y puntear, el diario El País se dedicó, el viernes, a regalar preservativos a los jóvenes economistas del mañana, que, desgraciadamente –para nuestro demérito— sólo somos ahora un perfil electoral al que dirigir cohetes de propaganda demencialmente nauseabunda. El problema llega cuando ni siquiera se admite que sea en la Universidad donde nos formen para encubrir agendas presupuestarias del Gobierno de turno, o sellar Declaraciones de Renta de prolíficos contribuyentes, o vender pensiones en el mejor de los casos —incluso engordar listas del INEM, ya no medirlas o hacer estadística con ellas—. No. Eso sería perder el tiempo, en ese caso, seríamos útiles humanos y serviciales trabajadores dotados de quehacer. Se permite, pues, taponar la puerta de acceso a nuestras respectivas aulas con condensaciones de hormonas estimuladas que acudían en manada al reparto de lotes de condones endosados tras las nutritivas hojas del periódico respectivo.

El mensaje es claro y conciso: jóvenes y jóvenas, españolitos y españolitas, inmaduros y vulnerables, sin capacidad para desentrañar un ápice de realidad o diferenciarla de un mito clásico –si es que conocemos escasamente la existencia de algún mito griego—, muchachitos del mañana, lleven sus simplistas voluntades a estudiar a las facultades; cada día les llegará una nueva sorpresa revestida de espurio progresismo y, en consecuencia, atractiva higiene electoral –que no sexual—. Escuché los comentarios de algunos compañeros universitarios que regresaban al aula lamentándose al no haber conseguido un suplemento: “El País es guay, cada día mola más; qué pasada, como se lo montan en este periódico; qué fraude, sólo daban uno por persona, habrá que comprarlo otro día.” Mis oídos no superarían el impacto de aquellas palabras hasta varias horas más tarde. Repuesta ya, a la salida de clase me acerqué a un ejemplar de El País en versión corriente de kiosco callejero. Comprobé que en su interior aparecía el mismo suplemento juvenil, pero en esta ocasión no traía regalito. El lote regocijante era, simplemente, un presente estudiantil, y en concreto, de carácter pre-economista vallisoletano. Mas, a partir del viernes, ya sabemos todos los futuros economistas qué prensa seleccionar. La humilde servidora que escribe, lo tiene claro, afortunadamente. El resto de exultantes jóvenes coleccionistas de preservativos no tanto. Es díficil que algunos destinen sus ahorros a leer prensa –teniendo en cuenta que supieran leer algo más que la marca de cerveza—. A partir del viernes, no hay inconveniente. Recibir El País sale provechísimo, y el resto está servido. El partido al que votar, el cuál obedece al mismo Todopoderoso barrigudo dueño del panfleto expendedor –recuerdo ahora que en la pasada campaña electoral también regalaba lotes de preservativos en sus casetas feriantes situadas en los accesos de institutos—, es una tarea fácil una vez estipulada la inmensa cuota de sementales receptores juveniles.

Esta vez tocó condones. Manjares terrenales: placenteros lotes promocionales que ocupan aulas estudiantiles. Hubiera sido mucho más recomendable que hubieran dedicado tiempo y esfuerzo en repartir esos lotes por África entera, al fin y al cabo los preservativos allí son vitales: muerte disfrazada de siglas –AIDS, o SIDA, o como fuere—. Latrocinio. Hete aquí: en África no votan. Los pobrecitos negritos damnificados por la mayor catástrofe humana de los últimos siglos no están censados en nuestro país. Allá ellos, dirán en La Casa. El País trabaja exclusivamente por sus futuros contribuyentes: nosotros, jóvenes. Con muestrarios gratuitos de preservativos repartidos a potenciales votantes. Ignorantes, y con condón; mucho más saludable. Así de cruel. Así de real.
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