Una crítica precoz a la Ley Orgánica de Educación

Pasadas ya las huelgas contra la nueva Ley Orgánica de Educación (LOE), los alumnos regresaron a las aulas con ánimo de más descanso y menos estudio. Pocos o muy pocos de ellos tenían hasta el momento un criterio formado acerca de las reformas que supone la nueva ley; algo habían oído de oídas, como mucho alguno había visto los informativos, pero de ningún modo le importaban a nadie las razones que pudieran llevarles a perder unas cuantas clases. Cuando se inmiscuye una pausa escolar, siempre hay lugar para la rebelión, siempre nace el activismo en las amodorradas mentes del estudiante. De pronto todos, quienes conocían el documento y quienes no, se pusieron en contra de la LOE. Si la causa de la reivindicación hubiera sido reforzar la escasa jornada lectiva, igualmente se habría hecho huelga, convocada o sin convocar. Todo sea por no ir a clase.

Al margen de las patentes incoherencias juveniles, el gobierno desconoce (tal vez voluntariamente) hasta qué punto redunda la LOE en los centros educativos y de qué manera irrumpen en la vida social. En años anteriores he observado que muchos profesores criticaban el proyecto vigente, la LOGSE, alegando que sus bases eran permisivas, flexibles, incapaces de garantizar la correcta evolución del alumnado en conocimientos y modos de trabajo. La dificultad radica en que durante los cursos de secundaria se valoraba en exceso los procedimientos, restando más importancia a los conceptos, cosa que no siempre agradaba al profesorado. Ahora, la cosa viene a más; no sólo se legitima el paso de curso del alumno con tres asignaturas suspendidas, sino que se anula radicalmente esa prueba de acceso a la universidad tan conocida por todos, la selectividad. En el “Informe Pisa 2003” de la OCDE, los estudiantes españoles quedamos por debajo de la media de cuarenta países, y por si fuera poco, ahora se pretende agravar esta situación propugnando una reforma al margen de las críticas de los institutos y los sindicatos. El gobierno parece no reparar en estos pormenores, pues aunque hizo alarde de su talante al recibir a los manifestantes, ha mantenido desde el principio una posición unilateral, como ya ha hecho en otras ocasiones. Este diálogo de postura inexorable no ha servido más que para caldear los ánimos entre las distintas entidades políticas.

Tal vez si indagamos en algunas de las novedades que introdujo el gobierno socialista, lleguemos a explicar las causas del descontento de la población más conservadora. Por lo visto, el tema más peliagudo ha sido la enseñanza de Religión Católica, relegada oficialmente a horarios marginales con el objeto de desincentivar su estudio. Esta medida claramente anticlerical ha crispado los nervios de la Conferencia Episcopal, cuyas relaciones con el Estado han pasado a ser mucho más que embarazosas. Aunque ZP defendió a capa y espada el derecho de los padres a que sus hijos estudien religión, la verdad se oculta detrás de sus disposiciones electoralistas. El hecho de relegar una asignatura maría a fuera del horario lectivo es otra forma de eliminarla; pocos de los alumnos más fervorosos de esta religión aceptarían estas condiciones excluyentes; conociendo al alumno medio y la influencia que ejerce sobre sus padres, para ZP sería asombroso que después de unos cuantos años no disminuyeran los alumnos que cursan Religión Católica. Ni él mismo lo creería.

Por otra parte, esa otra medida que garantiza la consolidación del laicismo, anuncia los futuros obstáculos que tendrán los padres para la educación moral de sus hijos. Hablo de la nueva asignatura impuesta, sin consenso ninguno, llamada “Educación para la Ciudadanía” en Bachillerato, y “Filosofía y Ciudadanía” en la ESO. A primera vista, no podemos imaginar por qué se nos sustituye una maría voluntaria por otra obligatoria; aunque fácilmente podremos suponer la predilección subjetiva que siente el actual gobierno por el adoctrinamiento de masas. Sería una ingenuidad pensar que esta materia se impone con algún otro fin que inculcar la moral laicista indiscriminadamente a alumnos católicos y no católicos. Con esta situación de clara hostilidad, ¿podemos pensar que será fácil para un católico conservar sus convicciones mientras se le inculcan ciertas ideologías? Puede que sí, o puede que no; pero de lo que no hay duda es que sufrirá una presión ideológica muy indigna de la democracia. Durante el franquismo eran los no católicos quienes tenían que soportar la presión dictatorial; ahora son los católicos quienes tienen que sufrirla, con la diferencia de que aquéllo era una dictadura, y esto no, o al menos, no pasa por serlo.

No es que la LOE sea el principio de una decadencia educativa, sino la consagración de ésta, que ya venía gestándose desde 1990. Desde entonces, ya sea por ineptitud de nuestros dirigentes, ya por inconsciencia de qué es lo mejor para el pueblo, (y esto es aún más peligroso) venimos siendo un juguete de fácil manejo a merced de las absurdas reformas educativas. Si se continúa en esta línea, empeorando lo que ya estaba mal, ya podremos ir luego sonrientes a echar nuestra papeleta en la urna, si es que votamos. El panorama se presenta bastante lamentable para unos jóvenes que empezamos a descubrir la incompetencia de las decisiones políticas. No obstante, recordamos las palabras del siempre irónico Groucho Marx: "La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnostico falso y aplicar después los remedios equivocados."
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