Pensar por libre. Una manera de no perder el tiempo

Hace tiempo que no cojo la pluma, que no yerro por los lares absurdos de la idea, y sin embargo, pienso que mi mente anda tan joven como si acabara de retornar la primavera. No sé si algo han tenido que ver esos cielos nublados y los potentes monólogos del trueno; siempre me quedará la duda de si la naturaleza presume en mí una cierta complicidad con lo borrascoso. Aunque trato de asimilar el motivo de éste mi taciturno renacer, de mi austera calma, no concibo más de lo que veo, ni paso horas disertando sobre los pormenores. Respiro tranquilo tras haber dado por imposible lo trivial y ceñirme al cómodo ejercicio de la naturalidad. Basta de ligerezas disparatadas y de discrepancias simplonas; basta el tiempo de echar pábulo a la ceguera de los ilusos; la vida continúa, el tiempo transcurre, las ocasiones empiezan a ser perecederas y las tertulias degradantes.

Cuando llevamos el diálogo al extremo, disonando en la parafernalia continuista y obsesiva del mundo, se empotra en el pensamiento una deleznable promiscuidad de géneros. Yo también participé en un tiempo del placer de creerse libre de prejuicios, el placer de ser abierto, y en mi idealismo racionalista me creía su esencial y único defensor; por ello tenía esa manía de escucharlo todo, leerlo todo, entenderlo todo, fuese bueno o malo, sin entender que, sin un examen previo, mis objetivas pesquisas podían llegar a dañarme el oído, a castigarme los ojos, a corromperme el cerebro, a convertir, en definitiva, mi criterio en algo maleable. Pero el desinterés es atractivo, cuando se basa en la hipocresía, y es arduamente difícil escapar a sus lazos. Inevitablemente, se pasará un tiempo atado a vicios vergonzosos, perversiones que antes detestaba, pero que por el placer de ser tolerante vienen a convertirse en una sagrada testarudez, que degrada el pensamiento, que lo atolondra, que lo embrutece. Pasa uno a ocupar un eslabón en las filas de los mediocres, los anodinos, los grises, que no se inclinan por una opción ni por la otra; se viene a ser si se quiere un excelente moralista, pero un mal romántico, un político orador de elevados discursos, pero un pésimo escritor de ideas.

Es insultante para la dignidad humana, si es que aún es moderno creer en ella, que se la estafe de forma tan atroz; el pensamiento, la ficción, único reducto del placer, goza de muy escasa popularidad entre las masas adoquinadas. Valiéndose de la ineludible, aunque en este caso lamentable, naturaleza humana, se hace lo posible desde afuera para que no haya nada adentro. Se desvalija la casa, acusando que está llena de basura. La basura que sacan resultan ser tesoros de humanidad que había conquistado cada uno en secreto. No sólo se ocupa y se le impone su régimen canallesco, sino que se aniquila todo gramo de ímpetu que pudiera preexistir en ella. Hablamos de sentido común, convirtiéndolo en referencia absoluta, pero ignoramos que lo más abundante es la anomalía, el fenómeno de lo mediano. La humanidad, funestamente, casi nunca merece ese título.

Sucede que después, por ser tan moderno, por ser tan permisivo, por ser tan vario, se estanca uno en la modernidad, en la permisividad y en la variedad. Se jacta de esas tres hipotéticas virtudes, siempre haciendo una mirada irónica hacia el pasado, un pasado que curiosamente cada vez está más lejos. Hácense la ilusión de que progresamos, y en realidad, no somos los hombres quienes nos movemos, es el suelo el que camina debajo de nosotros, por el puro espejismo de una sociedad que vive anclada en el pasado. No que practique las costumbres de los patriarcas, sino que juzga su progreso con respecto a ellas. Es la obsesión del hombre, que vive bajo los rigores del tiempo y del que no se puede librar de ningún modo. Peor que olvidar lo que se ha hecho, es mezclarlo con lo que han hecho los demás en el mismo periodo de tiempo; al cabo viene a ser un todo incorregible, uniforme, utilizable por todos, pese a la abismal diferencia que existe entre los hombres. Se predica el relativismo por lo práctico, en vez de por la admirable ironía de la paradoja. Así, cualquier mixtura del mentís con el amén sería un avance. Así, cualquier cosa sería progreso.
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