En defensa de la literatura. Un elogio de lo antiguo

"Leer no es vivir. Dejad de vivir. Leed" (Fernando Pessoa)

¡Quién me habría dicho a mí que para hablar antes hay que vivir! La verdad está mucho más lejos de lo que nos dicen esos libracos horrendos, malquistos, cargados de días y de páginas... ¿está más lejos? ¿en dónde, pues? ¡Hágaselo usted saber a este pobre, ignorante peregrino, loco escudriñador de los libros e inquisidor de las vidas ya fallecidas! Busco en memoriales, en folletos, en volantes, en pancartas, en noveluchas, en foros de Internet, en poesías cursis, como las que usted escribe, si me apura; recorro de nuevo el camino andado; derribo el edificio, y lo vuelvo a construir; le pregunto a éste y aquél, pero jamás me responden la misma cosa, ni construyo la misma casa, ni desando el mismo camino que anduve. Será que todos andan perdidos buscándose, o que se pierden buscando lo que han andado, es igual. Mas ahora que la hallo a usted, tan mayor y segura de sí, tan curtida y labrada en los locos instantes que supone una sola vida, me asombro, me quito el sombrero, se me cae la baba... ¿Dónde está la verdad, ilustrada señora? ¡Dígamelo de sus propios labios, se lo ruego...!

Temo ofender su afán de desafío, sin duda, considerando primero su afinidad hacia lo empírico, que entre nosotros es la más cierta de las verdades, dicho sea de paso; pero de no ser por usted, por su laudable experiencia, no sé cómo nos habríamos dado cuenta de que Kant, Schopenhauer y Rousseau era cosa de niños. Gracias a usted, señora mía, hemos vislumbrado la ringlera de embustes y ambigüedades que profirieron aquellos entes arcaicos, medievales -si se mira bien, todos lo son-, formales, pensadores, gente sin civilizar, sin evolucionar. Para usted, digámoslo sin vacilación, el siglo XVIII es una época deleznable, inexorable, sin poesía, sin fuego, sin afecto romántico ni psicológico. Tal ejemplo lo observamos en su literatura baladí, tan escasa y al mismo tiempo, tan simple, tan metódica, tan racional. Y me parece encomiable, incluso, que piense usted así (perdón, que sienta usted así).

No sé si sería mucho pedirle que, después de convenir en que estamos de acuerdo, -al menos en parte, como dicen los relativistas- indagásemos juntos en el sentido de eso que usted tanto me reitera, -vivir- según el valor lingüístico que le dé usted al término. He ahí nuestro punto de disensión, el pábulo de nuestra pequeña guerra ideológica. Cuando yo le pregunté su opinión sobre mis ideas, usted me persuadió muy finamente: “Primero viva, y después hable”, a lo que yo respondí que me sería imposible, pues después de vivir yo no estaré en condiciones de hablar, ni tampoco creo que quedara quién me escuchase. Créame, si los filosofastros que tanto usted desprecia hubiesen adoptado esa política, seríamos la humanidad más silenciosa y reservada del mundo. A Dios gracias la curiosidad nace con nosotros en la cuna, pero de ningún modo viene a presenciar nuestro funeral.

Si lo que quiere decir es que no dispongo de tamaños cimientos como usted para aseverar mis teorías, tal vez esté en lo cierto. Yo soy un joven, un polluelo, un imberbe, casto, bienpensante y con prejuicios; obedeciendo a la ley generalizadora, debería hacer lo propio: disfrutar, reír, hacer el amor loco, salir a bailar, mofarme del extraño, insultar al puritano, dejarme llevar, no imponerme cánones de ninguna suerte y mucho menos pensar. Vivir, al cabo, es lo que usted me pide, siendo francos.

Lo reconozco, usted ha vivido más que yo, la edad de su corazón es aún menos frondosa que la mía; ya está usted a salvo de las idealismos, paranoias y demás hábitos que nos inculcan poco a poco los libros, esos libros raros que se escribían antaño, sin hacer distinción; de buena gana usted los echaría a la hoguera, lo sé. Sin ningún remilgo, le daría unas palmaditas en la espalda a don Quijote y le diría: “No sea usted loco, hombre, viva la vida”.
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