La guillotina resuena

"Quien daña el saber, homicida es de sí mismo" (Calderón de la Barca)

Hoy se firma la sentencia. De muerte. Ni siquiera suicidio. Nada hacen los chiquillos más que vivir. Hoy se hace efectiva la diabólica perversión de la política. La despótica pulsión de la ignorancia. La ignorancia que ya se ve alumbrada bajo las siglas más mortuorias que mi consciencia lamenta conocer en primera persona: la LOGSE. La soportamos, la sufrimos, la vamos superando, a duras penas, algunos. Otros, la evocan, como sacerdotes al Altísimo, siendo presas de su testamento, sin saberlo, o quererlo saber. Quizás no hayan tenido esa suerte, la suerte de cruzarse con textos de filosofía, la suerte de coincidir con miles de libros aguardando a ser leídos en una biblioteca, la suerte de escuchar la emisora, la suerte de navegar mundos ingentes de sabiduría en letra impresa. Quizás sólo sean malheridos ambulantes, vagabundos de la desdicha educativa de la última década, reflejo del pliego generacional sobre el que recae la pérfida inmundicia de ciertos humanos –humanos sólo por conveniencia léxica, pues no aparente—. Nuestros acreedores.

La sombra de los mayores se deshace al tornar la esquina. La heredamos. >Esclavos ya. Esa ambigüedad que proyectaron indignamente sobre nuestro boceto, se universaliza sagazmente hoy. Ni títere, ni cabeza. Ni cabeza. Esto es, no quedará cabeza alguna. Nada que pueda protestar. Nada con capacidad para pensar. Nada dotado de neuronas. Nada, pues. Y si alguna cabeza sobreviviese a la criba, y osase inmiscuirse en tales diatribas librescas, que sea entonces maldecida, marginada, y se tome por demencial agresor del orden –de su orden, el de la progenie—. Y lo que temíamos, lo que deseaban otros, está hoy materializado en la Cámara, sin reacción alguna, con total complacencia, ante nuestras bocas abiertas —abiertas no por sorpresa, más bien por cansino sueño—. P.I.L., promoción por imperativo legal. Más siglas, conocidas ya. P.A., progreso adecuado. Diversificación. Adaptación curricular. Psicopedagogos. Educación para la ciudadanía (¿izquierdista?, ¿ciudadanía facha?, ¿dialogante?, ¿bobalicona?). Apéndices temáticos, programaciones… Nos olvidamos de algo. Casi nada, apenas importante. Su nombre no resuena. ¿Y la instrucción académica? ¿Y la inteligencia? ¿Y los libros? En el maremagnum de siglas, términos cavernícolas, conceptos retóricos, categorías aeroespaciales, informes ordinarios de gordos jefazos, semántica obtusa –sino opaca—, en los angares de lo inconcluso, rayano la persuasión de lo siniestro, hemos dejado olvidado un singular detalle. Detalle cacofónico, ya que sirve para algo –a diferencia de la constelación arquitectónica de definiciones antes recitadas—. Y anacrónico, claro. ¿A qué vienen ahora los conocimientos? Eso no reporta más que sacrificio, y en los programas de televisión, en los plenarios parlamentarios, en los concursos de musicanimalitos, sólo hacen falta palmito y doctrina patatera. La inteligencia cotiza a la baja. No es más que un dislate arcaico. La sabiduría es un estorbo para gobernar, y para obedecer, esto es, ser gobernado. Lo ha sido siempre. Mas ahora todo se ha difuminado, a la vez que dinamitado. La lectura de Niebla no es importante ya. Ni la de Miau. Ni lo son sus venerables autores. Tan sólo importa un tal Ronaldinho, ajeno él a su furor. Importa un invertebrable título de serie televisiva, que todo lo sugiere –Aquí no hay quien viva—, importan las figuras cinematográficas, el saldo del móvil, la popularidad del guapete ligue dominical.

Palmadas retumbaban esta mañana en la Carrera de San Jerónimo. Lo hemos visto en la televisión. Otros momentos más tenebrosos desafiaron ya la quietud de los leones de la puerta. Nada rugía en el plenario. Sobre los escaños de piel tan sólo permanecen majestuosas efigies de asalariados de urna. Felices con su pagaré. Que planean con regocijo el inhóspito terruño donde yacerán los escombros de lo que antaño fue imperio. Un partido votó en contra. De nada sirvió lo que hicieron sus miembros. Como siempre. El resto asiste pletórico al momento. Y por eso aplauden. Algunos de ellos, aplauden callados. Otros sonríen, no saben hacer cosa distinta. Y los más inteligentes, nada hacen. Para no ser fotografiados. Para no ser aros en las dianas de nadie. Así que callan, y suspiran con tranquilidad en su interior. Y luego huyen despavoridos. Hace un rato, se suspendió un debate en la asamblea nacional a falta de diputados que rellenaran sus asientos recién digitalizados. No quedaba ningún miembro del Gobierno, ni de la oposición, ni de partido alguno. Un puñado de hombres, esperaban la suspensión de su jornada laboral, la que todos pagamos, por falta de quórum. Y se canceló la sesión, para otro día. Al fin y al cabo, ellos ya tienen nómina; sus hijos y sus nietos, por extraños tormentos genealógicos grabados en el ilustre apellido de parlamentario, también la tendrán asegurada. Qué importan los demás. Los políticos sólo hacen cubrir el expediente previsto en su ficha administrativa. Y aplaudir de vez en cuando. Y perpetuarse. Y con ellos, se reproducen también las barbaries. La de hoy, la que aplauden estos señores, es tan sólo el segundo alumbramiento del gen diseñado en el laboratorio electoral. Éste, el de esta mañana, el definitivo.

Comienzan ya a observarse los efectos del primero, el de la LOGSE. En los jóvenes. Se escuchan sus hilarantes atropellos sintácticos, se leen en los exámenes sus magistrales teorizaciones sobre el botellón, se tropieza uno en la calle con sus narcotizados deseos, se puede advertir su cósmica inmadurez, se palpan sus hueros chismoseos hormonales, se perciben en la sociedad las malogradas consecuencias de su desarrollo psicomotriz –vayamos a saber por qué, fingirán preguntarse los pecaminosos héroes de este parasitario universo—. Lo nuestro. Y por tanto, prevenidos en Moncloa, antes de que otra casual irrupción terrorista aterrice en vísperas de elecciones –cuyo origen seguimos desconociendo, recuerdo aquí—, bien estaría que asegurasen sus parcelas de voto en los próximos años. Así no harán falta ya atentados. Tan sólo urnas. Una vez desprovistos de inteligencia, los votantes caerán como mosquitos en la fulgurante caza de pantallas mediáticas y ondas electromagnéticas. Y ante todo este incalificable atropello, unas estoicas vocecillas que gritaban hace unas semanas en algún lugar de Madrid. Y que en ello quedaron hoy. Aparentemente, nadie se oponía esta mañana a la ley. Algunos universitarios íbamos a clase. Algunos escolares fumaban en los baños. Los obstinados profesores acariciaban sus gargantas para no sufrir más, en silencio. Los altos gentíos administrativos, en sus despachos. Los miembros del P.A.S, barriendo y sellando (nuestras vidas). Los sindicatos, instituciones, asociaciones, y demás organizaciones educativas, aliviando lo mejor posible sus quebraderos de cabeza; ya hicieron lo posible. Y de nada sirvió. Como todo. Como nada, pues. Como siempre. Descabezadas las siguientes generaciones, sólo queda esperar a morir. Mientras nos consideran fieles votantes. Esa obsesiva pretensión de que todos seamos algarrobos andantes, narcotizados y relativizados, sin otra labor que obedecer con una papeleta en la mano al pirado gobernante de turno, hoy la percibimos como estampa prenavideña. En paz y sincronía. Sin estridencias. Entre el fulgor de la batalla política dominante, ya sea lucha antiterrorista, nombramientos sospechosos de dirigentes de importantes organismos, apropiación de capitales difusos, debates histriónicos de parlamentarios, repartos de transferencias comunitarias, premios y celebraciones diversas en el mundo del intelectualismo, leyes tabaquistas, defunciones sentidas –como la de Julián Marías—, y conmemoraciones quijotescas, que pronto quedarán obsoletas, o fulminadas.

La llaga se hace hoy eterna. El precipicio se extiende tras ella. El barniz lo maquilla. Y lo hace pegajoso. Una nueva ley afianzará los peores presagios. Las siglas dan nombre a la desgracia. Siglas otra vez, como el resto de veces. Siglas que disfrazan el previsible infierno. La rúbrica: en el Parlamento, en la casa de vanidosos reyezuelos de la ignorancia. Por y para políticos, de ellos sale, y para ellos se hace. Para la papeleta. Para la ignorancia. Nada cambia. Como siempre. Esta vez, en el televisor, sólo hacen dramatizarlo. Y vociferarlo. Así pues, no bastó con ver a nuestra generación pervertida tras la insumisión, para conseguir sonrojarles, y apelar a los supuestos remordimientos –por humanos que parecen ser— que ciertos políticos puedan tener. No. Sólo hicimos enorgullecerles en sus púlpitos. El bocado es más suculento. Y con ese peso cargaremos, y cargarán los futuros ciudadanos cuando no estemos, ahora inocentes niños. A quince de diciembre, en pleno invierno, con ventiscas insaciables que recorren las callejuelas violetas, todo se esfuma. Los últimos deseos de que sólo fueran temporales ilusiones bajo la espuma tosca de la pantomima, se escapan ante nosotros mismos. Sus conejillos de indias. Su heroico triunfo. Sus vulnerables marionetas. Que heredamos un mundo penoso, conformándonos con la idea de que otros heredarán el nuestro bastante peor. Las cabezas se almacenarán en los hornos, junto a los libros. La guillotina rodará. Frenéticamente, sin pausas. La LOCE, o LOGSE en su segunda fase, reinará sobre nuestros cuerpos, de camino a las urnas. Con la papeleta y una mano que empuje, basta. El resto es desechable. Con certeza, sólo sabemos que es bueno o malo aquello que conduce realmente al conocimiento, o aquello que puede impedir que conozcamos: Spinoza. Las cabezas, y lo que dentro alberguen, son sólo vestigios provisionales. Como el conocimiento. Como la libertad. Que aguardan su esquela. Que aguardan su espantoso final: en la arena, el filo de una ley siega las cabezas, bajo una plétora de aplausos en los palcos. O votar. O morir, pues.
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